La artista está sobre el escenario. Ha costado lo suyo traerla, tanto que se montó al carro de la programación a última hora. Silvia Pérez Cruz va a su aire, tiene su tempo, envuelta como se encuentra en la inmensidad de «Toda la vida, un día». Es un último trabajo el suyo de una laboriosidad suprema, complejo y arriesgado para alguien con un ramillete de melodías populares y de versiones a la espalda con las que tendría el reconocimiento asegurado. Pero no sería ella. Y ha elaborado un cargamento sensorial fuera de todo registro. El público asiste perplejo, sobrecogido en medio de un silencio sepulcral. No ha hecho un disco. Ha dejado un tratado de percepciones para los restos.
Lo que nadie podía esperar por el cariz del concierto es que de postre formara un corro y que, con sus músicos o sin ellos, se cogiera entre otros de la mano de Federico y de Cohen para adentrarnos en los remotos años veinte cuando el andaluz universal cinceló Nueva York como si fuera la Gran Vía poniéndose del lado de los negros, de los desarrapados, de quienes hiciera falta saliendo también del armario bañado en metáforas dentro de ese «Pequeño vals vienés» que baila en cada estrofa: «Te quiero, te quiero, te quiero/con la butaca y el libro muerto/por el melancólico pasillo/en el oscuro desván del lirio/en nuestra cama de luna y en la danza que sueña la tortuga. ¡Ay, ay, ay! Toma este vals de quebrada cintura».
La sala asiste prendada a la fragilidad de esa voz que cuando la saca no hay quien se resista. Una pareja se eleva en el proscenio propulsada por un estallido de colores difícil de describir. Los espectadores son caballos alados en una misteriosa noria que contiene luz, tinieblas, dolor y pasión. No es manco el poso con el que se pone rumbo a la calle para advertir que las estrellas brillaban menos antes de la cita. Hay muchos factores que juegan a bordo. De dónde venimos y a dónde vamos. El cielo anda rasgado con un aire a como lo divisó el poeta un siglo atrás. Y el tiempo, por más soleado que se muestre, es desapacible.