Regreso al destino

La buena estrella quiso que tuviera al lado a Pepe Expósito desde Ingreso hasta sexto de Bachiller. Era la responsabilidad hecha crío. Consciente de mi gran tendencia a cazar moscas, me pegué como una lapa. A la salida del cole merendábamos en su casa y antes de meternos en faena cogía la guitarra. Al canalla se le daba bien todo. Estando en tercero, los melenudos de Liverpool sacaron el «Abbey Road» con el adolescente rasgando «Here comes the sun» que, al estar compuesta por Harrison, apenas si se le dio bola. Hoy es de las canciones del grupo con más descargas y mi favorita desde entonces. Uno se embriagaba entre aquellas paredes por el olor a champú de huevo y a laca que emanaba de la pelu que regentaba su madre allí mismo. Él adoraba a esa atractiva mujer y al caérseme también la baba cortaba en seco entonando «venga, hagamos comentarios de texto». No iba a poner en el picú «Mrs. Robinson».
Una serie de profes nos metieron igualmente «speed» en vena. Eran tiempos de efervescencia y ellos, militantes clandestinos. La suerte estaba echada y había superado un trecho tan vital de la mano de alguien por obra y gracia de la primera letra del apellido. Luego cada uno fue a por sus sueños y ambos acabamos poniendo distancia con la tierra de origen. Camino de ella con el primogénito de un mes hicimos a medio camino parada y fonda en casa de Pepe y de Ana. Fue una manera de compartir un acontecimiento de la dimensión que adquiere, en palabras de George, el Sol cuando la primavera explota.
Mi norte y mi guía en aquellos cursos se convirtió en un reputado oncólogo, estuvo al frente de un gran hospital público y llevó la planificación y gestión del plan integral de su especialidad en el mayor de los territorios de una España al fin más que presentable. En «Las ciudades invisibles» Italo Calvino dice que a veces están tan encima que no las vemos y previene acerca de que «al llegar a cada nuevo destino el pasajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía». Pero lo tenemos.

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