Círculo familiar

Voy a buscar para el sorteo del 22 de diciembre el número con la fecha en la que este mes nacieron los gemelos. No hay manera. Y eso que emprendo la persecución antes de que saliese la campaña del sorteo de Navidad, esa que año tras año suele hacernos tilín. En esta ocasión el anuncio se ha rodado por aquí y evoca aquellas vacaciones en las que nuestros padres metían con fórceps en el seita a ciento y la madre para descubrir el nuevo mundo del apartamento en la playa, algo impensable para quienes precisaban del pluriempleo a la hora de sacar a los tres niños adelante. Representaba tal esfuerzo lograr esa meta que cualquiera era el guapo que se le ocurría quejarse del tostón que significaba pasarse pegado a la arena hasta que por fin anochecía, dos horas de digestión incluídas. Eso sí, había mocosos y mocosos. A los enamoradizos se les hacía la jornada más llevadera sobre todo cuando bajaba María Isabel coincidiendo con el agosto en el que lo petaron Los Payos. Y si además se le ocurría devolver la mirada con media sonrisa, el único temor giraba entonces alrededor de que se oyese una voz diciendo que había que irse sabedor de que al día siguiente era volver a empezar. Para tantas horas en torno a la sombrilla, el círculo familiar solía dar de sí lo que daba compuesto por múltiples silencios provenientes de desencuentros con la rama paternal o maternal a los que no había forma de acceder y cuyos misterios tardarían quinquenios en desvelarse. Con lograr que en casa no faltara de nada, el padre se daba por satisfecho convencido de que ahí terminaba su obligación. Hoy los veraneos nunca se sabe adónde te pueden llevar dentro de una masificación tal que no moverte de casa se convierte en uno de los destinos favoritos y los chavales han subido el listón de exigencia mostrándose abiertamente inconformistas con que en la sobremesa se instauren zonas prohibidas. De modo que si ha dado con el número, desea compartirlo y está en condiciones de hacerlo con la familia al completo ya le ha tocado la lotería.

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