No descubro nada si digo que hay plebe comprando vuelos con seguro de cancelación para el 14 de enero con tal de librarse de formar parte de una mesa electoral. Pero, ojo, pese al ambiente de dana que tenemos encima, Sánchez ha sentenciado que habrá gobierno progresista otros cuatros años. ¿Y dónde lo ha dicho? Naturalmente en Galicia, lugar en el que no se ha conformado con eso sino que ha advertido que «vamos a estar con el socialismo gallego para darnos el gusto de acabar con el mando del pepé». O sea que ha ungido a Feijóo al frente de la oposición y ha aventurado que, cuando posiblemente este ponga pies en polvorosa y se vuelva a su tierra con autonómicas hacia junio, pretende brindarle vidilla con otra fuerte dosis de sanchismo. Conociéndose debe pensar que es mejor que se desenganche poco a poco.
Hay que ser muy torero para con la de guapos episodios nacionales que estamos reviviendo dar por hecha la investidura. Las intervenciones de Alfonso Guerra, con publicidad a la salida de su libro incluida, han conseguido el fruto apetecido. Tras aseverar que la concesión de la amnistía sería destruir el régimen del 78, los adalides de la medida de gracia han querido que sea uno de los que estuvo por allí en aquellas calendas, Xavier Trias, quien responda en consonancia y lo ha hecho con una patada en la boca: «Creo que el pesoe estaba detrás del golpe de Estado del 23-F». Tela. Hasta ahora a lo máximo que habíamos llegado es a la incertidumbre sobre el papel del monarca en la jugada, pero semejante maledicencia abre una vía revisionista inexplorada que cualquiera sabe dónde puede acabar. Incluso en Pujol si no fuera porque cuenta con el beneplácito para salir indemne por los cuatro costados de todos los fregados.
Se nos viene, pues, un otoño caliente. Hay pollos, aunque de otra índole a los protagonizados tiempo atrás por los sindicatos. El escenario no puede ser más tremendista, endiablado y complicado de gestionar. En fin, el que le va al ínclito.