La niña de nuestros ojos

Durante una estancia por Argentina en 2005, Aznar concedió una entrevista en la que sentenció que «España está en riesgo de balcanización» y consideró que, tras un año de legislatura, el de Zapatero era «el peor gobierno de la democracia». Casi dos décadas después Feijóo ha alertado acerca de que nos aguarda un «horizonte similar a los Balcanes» refrendando de este modo el caudal de ideas propias que atesora, lo que no hace falta ni señalar en todo un aspirante a llevar las riendas de una gran comunidad. Vamos, es de cajón.
Como lo es, al escuchar el amplio abanico de reflexiones, que desde tiempo inmemorial contamos con los mejores adalides de la derecha europea y no es mi intención quedarme corto. El caso es que he soñado con Merkel, dado que ya no tengo dieciocho años. Sí, esa niña que creció en un pueblecito de Alemania oriental en el que, por si el régimen hacía ademán de captarla, los padres la instruían para que dijera que era incapaz de mantener un secreto, que lo bosaba todo cuando en realidad a tímida no le ganaba nadie. De moza se doctoró en el Instituto de Física de la Academia Central de Berlín y a diario debía coger el cercanías en Friedrichstrasse, la estación conocida como «Palacio de las Lágrimas» convertida en paso fronterizo y desde la que ella escuchaba los trenes que partían a destinos que le estaban vetados.
Dio un volantazo a su vida con la reunificación y entró al gabinete en el cupo mínimo que Kohl otorgó al Este. Los aires de libertad propiciaron cantarle las cuarenta al régimen del que procedía y de paso a la Stasi a la que no le regaló medalla alguna, sin por ello levantar muros contra nadie en la convicción de que la democracia hay que regarla entre todos para no perderla. Y cuando pillaron al canciller en un renuncio reconoció sus otros méritos pero expuso que no tapaban los fallos. Igualmente se la jugó al abrir las puertas a miles de refugiados porque en alguien criada donde ella se crió suponía un desgarro inasumible para gente de bien hacer lo contrario. ¿Que soñar no cuesta nada? Ya, ya, claro.

Deja un comentario