Un estudio del beuveá advierte que el turismo empieza a agotar su capacidad de crecer. Apenas comienza, todavía queda la parte mollar de la curva si es que se mantuviese la tendencia y, sin embargo, no he visto más gente que va y viene.
Parece que lo regalan. Los recovecos low cost y la autogestión de los destinos desde el sofá ha girado el mapa. A las tres de la madrugada los aeropuertos de los núcleos más potentes en medio mundo parecen la playa el 15 de agosto. Y luego están los sitios con magnetismo que no dan más de sí. El descompuesto por excelencia es Venecia que en los 50 contaba con ciento sesenta mil parroquianos de los que hoy resisten cien mil menos. Hay que echarle bemoles para residir en el cogollito. Los gestores se repiensan el que los visitantes de un día reserven para acceder y, a base de tarifa, disuadirlos. Lo meritorio es que, con la de trasatlánticos que se posan en la laguna, la Virgen con el Niño permanezcan en Santa María de la Salud y no se hayan ido de crucero.
A tenor del análisis de los expertos, la demanda interna tomará por estos pagos el relevo como principal motor de la actividad. No es extraño. Una vez catados algunos de los parajes icónicos del viejo continente la conclusión es que la planta hotelera de este país les da unas cuantas vueltas. Y del condumio ni hablamos. Hay un yanqui suelto en las redes que no para de ensalzar nuestro modo de vida, loco como anda por una tostada con aceite de oliva. La atracción por la cocina es tal que si ofreces a alguien una ruta para una escapada en un puente por cinco bares de tronío e incluyes tres edificios históricos el resultado será que lo ha degustado todo y que, los monumentos, en otra ocasión.
El gran boom turístico se ha producido con simpáticos controles en las terminales, que hay previsto relajar. No sé si es lo conveniente. El otro día en Manises un setentón temió ser retenido al no entender por qué debía quitarse la faja que protegía la hernia. Y nada. Ni aún así se frena el ansia viajera. Me preocupa… el beuveá.