Tras la resurrección de los cuatro de Liverpool, vía inteligencia artificial aunque ya Lennon advirtió que eran más populares que Jesús, leo a un columnista declamar que los Beatles nunca estuvieron de moda por estos lares y que no entiende tanta fama y admiración. Vamos, que son unos don nadies. Ya se sabe que España es así, señora, y lo que te rondaré morena.
Además del Sgt. Pepper´s y de otras fruslerías previas, le recetaría que se metiera en vena las ocho horas de «Get Back», documental del taumaturgo de «El Señor de los anillos», que recoge el encuentro final y colofón del grupo hasta la coronación en la azotea. A los adolescentes de entonces, que seguían a distancia la ruptura anunciada les repara el sufrimiento aquel comprobar que esos amigos que se lo pasaron bomba desparramaran buenas dosis de afecto y sintonía pese a las discrepancias. En ningún otro momento compaginaron tantas creaciones como las que lograron cocinar en la fría nave industrial en la que se rodó la serie. Daban por terminada la sesión y a la mañana siguiente, antes de tomar el té, se sacaban de la chistera una y otra y otra más. Pone los pelos de punta ver cómo John y Yoko revisan propuestas para el escenario de la despedida a sugerencia de Paul y cómo este en segundo plano va componiendo al piano los acordes incipientes de lo que sería esa canción de nada llamada Le It Be.
Dirá usted: «¡Uf! ¡Cómo se está poniendo este!». Tranquilo, la edad atempera. Tengo enfrente un mupi de Bertín y me gustaría verlo por si descubro lo ocurrente que mi hermana dice que es. No canta el 20N, pero casi. Tuve la ocasión de estar con El Cordobés cuando reapareció en Benidorm, allá por el 79, y me ganó más en la cercanía que en el ruedo. Para despreciar a los Beatles con el peso de su obra en la historia del pop es bueno explorar el contexto, incluido el ego propio. Contemplando algunas de las actuaciones de estos días sobre el andamiaje patrio es como se constata que hay personas que sí son únicas e irrepetibles. Y menos mal, claro.