Me da que no es mal momento para darse a la comedia. ¿Desesperadamente? «Le prénom» se estrenó en 2012 y es una peli con la que uno se reconcilia con el género a pesar de sacar lo mejor y lo peor de lo que llevamos dentro. Y verse retratado cuando se descorcha la botella y salen disparadas nuestras miserias a la luz tiene su aquel. Sobre todo si, tras la perturbación, recuperamos la sensatez.
Los protagonistas van llegando a casa de Babou, apodada de este modo, profe de francés en un instituto de Vincennes, y de Pierre, su marido, que imparte literatura en la Sorbona. Vincent, el hermano de la anfitriona, es agente inmobiliario, un «bon vivant», amante de la coña, que mantiene un «tour de force» con el cuñado dada la erudición y la estrechez de cintura de este. Durante el aperitivo se le ocurre soltar, en ausencia de Anna, que han decidido el nombre del chiquillo que esperan: «Empieza por A». Los amigos, que lo son desde la infancia incluído Claude, trombón solista de la Filarmónica de Radio Francia, inician un bombardeo en busca del acertijo. No sé cuántos dirían. Cuando el cachondo estimó que los tenía a tiro disparó: «No, no, no… Se llamará Adolphe». «¡Pero cómo vas a llamar a tu hijo así!». El menda adujo que, al conocerse, el ejemplar con tal título de Henri-Benjamin Constant fue el primero que la pareja intercambió y de ahí la elección, ortografía al margen. «¡Para un libro que se lee en su vida -replicó el cuñado- y tiene que ser ese!». Ni siquiera. En ausencia del resto fue el primero que divisó y urdió el plan que desató la ira. Después de confesar la broma no evitó que salieran a relucir cuentas pendientes y que la cita acabase como el rosario de la aurora.
Con las relaciones recompuestas resultó que los especialistas erraron y nació niña. Por intensa que sea la exaltación pontificando sobre opciones que se las traen mientras nos tiramos los trastos a la cabeza, el desarrollo de la vida y de los acontecimientos son imprevisibles por mucho que, ojú, la criatura se llame amnistía.