Luis Díaz es un jugador del Liverpool que ha sufrido el secuestro del padre por la guerrilla colombiana. Especialistas de los servicios de seguridad aconsejaron que no se moviera y Klopp lo liberó para que estuviese en casa. Mientras tanto el país cafetero hirvió. El habilidoso extremo es un ídolo. La familia de clase trabajadora es muy querida al igual que el hijo nada ostentoso en su comportamiento, al contrario que esas estrellitas que coleccionan ferraris. El clamor fue tal que los raptores dijeron desconocer el parentesco, recularon y anticiparon que lo soltarían. El hijo de Mané metió un gol ante el Luton y, como no estaba en lo que estaba, la mirada extraviada hacia el otro lado del océano lo empujó a hacerlo con el hombro.
Al haber cubierto sus interioridades puedo decir que a la mayoría de protagonistas de vestuarios, palcos y alrededores no hay por dónde cogerla. De hecho me atizo duramente por gustarme y sufrir tanto frente a esta distopía. Jorge Valdano, cómo no, hace prosa poética con lo más granado que por ahí campa y, sin embargo, cuando fue alto ejecutivo bajó en el descanso a acosar al colegiado y mostró la puerta de salida a un entrenador que no fue un cualquiera por encontrarse, entre otras razones, alejado del dandismo. El fútbol no tiene quien le escriba.
Y no tiene porque lo hace todo quisque, aunque una historia como esta se vuelve irresistible ya que, nada más producirse la liberación, Luis Díaz viajó a Barranquilla para enfrentarse a Brasil a la que su selección no le ganaba ni por casualidad. El estadio rebosaba realismo mágico. Los nietos de Pelé se adelantaron en el minuto 3 y el protagonista se vaciaba en incursiones que no llegaban a ningún lado. Pero en el 74 la enchufó y las cámaras enfocaron al padre sostenido por vecinos de localidad para no caer redondo. En 4 minutos, de otro cabezazo que no es especialidad de la casa, hizo el definitivo y solo respiré cuando «el hombre de la grada» parpadeó medio muerto que andaba. Habría pagado por ver la reacción de los secuestradores.