Ya saben que el acento sobre el mensaje de estas fiestas realizado desde Zarzuela se puso en que ha sido uno de los menos vistos de la serie. Pero qué esperaban. Demasiadas veces los medios nos quedamos en la superficie, que es lo que menor esfuerzo requiere aunque en realidad apenas tenga chicha. En un territorio en el que la palabra del año ha sido polarización por encima incluso de amnistía, sale a la hora que sale un señor que más que neutral ha de ser neutro, que en esa dinámica de darse en el cielo de la boca entre un bloque y el otro se ha llevado lo suyo por designar a tal candidato para que intente componer el gobierno que ha compuesto y va a ponerse la gente como loca a ver qué dice el Borbón. Reconozco que esta vez no lo vi aunque sé perfectamente lo que dijo. En cambio del que sí me empapé aunque no pensaba seguirlo fue del que hizo en los premios asturianos de alto copete. Y tengo que decir que me pareció un discurso con enjundia expuesto con una soltura impropia de la dinastía en el que Felipe VI apostó por aquellos que se entregan en pos de la igualdad y por todos los avances científicos que apuntan a salvar a quienes más chungo lo tienen. Lo recuerdo porque al poco le tocó estar en el encuadre de la toma de posesión de Milei cuando este aseguró que «los planes contra la pobreza generan más pobreza» y no movió una pestaña no fuera a ser que Abascal y Ortega Smith largaran fiesta.
El resto del plantel cuenta con elementos de sobra para resultar más distraído y concitar la atención. Sánchez ha despedido el año con los Alcántara recalcándoles lo que «hemos reído, llorado, disfrutado y sufrido con vosotros» y no consta que ni Duato ni Imanol le dijeran «igual que nosotros contigo». Dado que en la acción de gobierno y de oposición no hay tregua que valga, María Jesús Montero, la vice más flamenca, ha aprovechado unas fechas cargadas de buenas intenciones para asegurar en plan jondo que «el referéndum no tiene encaje constitucional». La de actuaciones que le esperan a Zapatero.
Mes: diciembre 2023
El que avisa no es traidor
Pese a haber hecho papeles de tipo duro, de revolucionario del IRA y de supervillano en Batman, Liam Neeson siempre me ha parecido tierno, no puedo evitarlo. Hasta el punto que cuando Natasha, su mujer e hija de Vanessa Redgrave, murió hará quince años, no sabía qué sería de él y cada plano de las siguientes actuaciones me los pasaba a la búsqueda de algún rasgo que delatara su estado de ánimo. Cada espectador es un mundo. Dado que pocas semanas después del fatal suceso haciendo esquí comenzó el rodaje de Furia de titanesen la que hacía de Zeus con la toma de los cielos me dije este hombre, dentro de la desgracia, tiene los astros de su parte. No debe haber nada mejor para apartar todo lo que se lleva dentro.
Esa sensación de buena gente ya me la producía antes de que Spielberg lo convirtiera en Oskar Schindler, el empresario de filiación nazi que utilizó la expansión con nuevas sedes de su factoría para salvar a una buena hornada de judíos y que cuando uno se acerca a día de hoy a los lugares donde ocurrienon los hechos aún se le eriza todo lo erizable. Liam nunca pensó en dedicarse a interpretar, pero a los once años un maestro le sugirió una obra y, como bebía los vientos por la protagonista, la hizo y cogió carrerilla. Cuatro décadas después, en Love actually, encarna al viudo padrastro de un crío que le pasa lo mismo que le ocurrió a él. Pues sí, de película.
Pero con el estreno del año pasado se estrelló y se llevó una buena somanta de palos. «Una manera nefasta de pasar cien minutos. Al haber tantas de acción con Neeson, no hay ninguna razón para ver esta» remachó el crítico de «SlashFilm», mientras que el de «Los Ángeles Times» concluyó: «La sensación de peligro de la historia es inexistente debido a los ridículamente formulista que es todo, como un panfleto para un thriller. Y Neeson se ve atascado repitiendo patrones». Ni que decir tiene que la coproducción se llama El Mediador. Ya ven: ni Liam, con su trayectoria, es capaz de sacar algo así adelante.
Medidas de choque
En esta ocasión preparé a conciencia el sorteo de los sorteos. Lo primero que hice fue empaparme a fondo el estudio publicado por una de las universidades de referencia cuya conclusión es que el 70% de los ganadores de la cita con la lotería termina arruinado en cinco años. La investigación alerta de que el impacto de verse abrumados al tocarles el dineral que les ha tocado conduce a que un alto porcentaje de afortunados sea incapaz de gestionar el patrimonio con cabeza y se vea abocado a deudas imposibles de afrontar. Conforme fueron cayendo las bolas profundicé en los pormenores que ofrece el análisis lo que me reportó una calma creciente de la que no hicieron gala ni los premiados ni siquiera los que repartieron la suerte, que se les notaba fuera de sí a los pobres.
Otro de los componentes que relajó la sesión fue que el 03695, al que el ChatGPT4 vaticinó muy seguro como primer premio y que por supuesto se agotó en cuanto se supo, solo acertó uno de los números en el sitio que no era. Que la Inteligencia Artificial clave el resultado sí que da «yuyu» y acabaría además con los consabidos rituales de pasar el décimo por la barriga de una embarazada, la espalda de un jorobado o ese ceremonial que se cascan los más exquisitos consistente en quemar todo lo jugado el año anterior con la llama de una vela naranja y, mientras se funde, formular mentalmente «que tus cenizas vuelvan a mí en forma de premio». No es por nada, pero algo así solo está a la altura de una inteligencia natural.
Con las tablas postreras me di a la droga dura empapándome de los casos de décimos compartidos que acabaron en los tribunales. Ojo, los jueces han castigado en los últimos años con penas de prisión engaños entre amigos y conocidos que ocultan boletos agraciados. No obstante, pese a las precauciones adoptadas, afronté la recta final sumido en gran incertidumbre hasta que, tras hacerse esperar, salió de una vez el Gordo y constaté que no tenía ni la pedrea. ¡Uf! Qué descanso.
Hay que tener poco arte
Hay ciudades imán. Al igual que le ocurre a no pocos, la mía es Madrid. Todo viene de cuando me examinaba a mediados de los setenta. Los finales eran nocturnos y la plebe procedente de otros puntos cardinales se buscaba la vida para poder cenar a las tantas. Yo corría detrás de las espinacas a la crema de Casa Gades en Conde de Xiquena, a la vuelta del Marquina, esa sala en la que a lo largo de los años han ido cayendo funciones con «Arte» por encima de todas donde la maestría del tridente Flotats, Pou, Hipólito logró que me tirara por los suelos y eso que el teatro siempre se me ha resistido un pelín.
De esta forma, tal como ocurre en tu ciudad de origen, vas formándote una ruta. El despegue de la mía transcurre en torno al barrio de Las Letras, plaza de Santa Ana p´arriba y p´abajo. La primera incursión, el viernes anterior al 23-F con quien poco después me daría el «sí» en Guadalest, tuvo como pórtico «La velada de Benicarló» de Azaña hilada por la sensibilidad de José Luis Gómez en el Bellas Artes, dado que a ella la representación entre candilejas lógicamente le priva. Por completar el escenario y cambiar el paso también hemos cogido Alcalá de Henares de campamento base para seguir las huellas de Cervantes, escuchar flamenco del bueno en el Corral de Comedias y succionar más rincones dejándonos caer por la plaza Mayor de Chinchón en honor a Sacristány a nuestra amiga Consuelo o los jardines de Aranjuez hasta rematar la faena con el festival de verduras en Casa José.
De modo que me resulta difícil dejar de echarle una ojeada al villancico dedicado a ese paraje. Y sí, puedo resistir el pie del que cojea hasta que la cancioncilla entona «¡siéntete libre!». Igualmente me topo con que la consejera de Sanidad de la Comunidad en cuestión asevera: «No voy a decir que fumar sea bueno, pero hay que velar también por la libertad». Desde antes de la pandemia no hemos podido dar nuestro salto habitual y noto que lo que no consiga la chulapa no lo consigue nadie. En este caso, que Madrid se me haga bola.
El frío es abrasador
Parece que estoy allí. Veo el relieve aterido de quienes esperamos que se ponga verde. El frío es abrasador. A mitad del paso de cebra, me atrapa el abrazo destemplado del dire de la revista deportiva que me ha dado la alternativa hace nada. Tiembla, no suelto ese corpachón incapaz de sostenerse hasta que sobrecogido, espantado me da la noticia remarcada por tanta rabia: «¡Han matado al presidente!».
En la víspera la mujer le preguntó a Carrero si las movilizaciones por el juicio del «Proceso 1001» no eran un peligro: «Querida, me ha dicho Arias que está todo controlado». De ahí que el comando etarra llevase tiempo haciendo un túnel y sacando cables por Claudio Coello a escasos metros de la embajada norteamericana. Un día antes de volar por los aires tuvo otro desencuentro con Kissinger del que este salió echando las muelas y al que, según distintos testigos, le hicieron llegar una nota: «Esta noche no duerma en Madrid». Tras el magnicidio, la policía no acordonó la zona, el cráter se convirtió en una distracción y tampoco hubo «operación jaula», lo que azoró a Carmen, hija del asesinado: «Parece extraño ver carreteras sin vigilancia y fronteras abiertas».
El servicio secreto francés localizó a Ezkerra y Wilson, líderes del comando, en París y ofreció la posibilidad de detenerlos. El embajador Cortina declinó, desoyó indicaciones de López Rodó y se plantó en Madrid donde pasó al frente de Exteriores en sustitución del jefe. De la toma de posesión de Arias quedó una instantánea en la que el presidente y Carmen Polo ríen a carcajada limpia mientras Franco sentenció: «Es virtud del hombre político la de convertir males en bienes, no en vano reza el adagio popular que no hay mal que por bien no venga». No pude seguir la reacción de quien me acercó al huecograbado conforme acaecieron aportaciones a lo perpetrado el 20D, pero tenemos a Abascal y a los suyos para detectar cómo impactan las excelencias de su régimen favorito alineadas al desnudo. Y sí. Es comprensible que se pongan como se ponen.
Paella con cuchara
Fueron los primeros párrafos que saltaron el dispositivo de seguridad para que no se conociera nada sobre de «Tierra firme» antes de ser presentado en sociedad: «Hay un pequeño ritual familiar que intento respetar, no importa en qué parte del mundo me encuentre: por la mañana, a través de nuestro grupo de Whatsapp, les envío un enlace a mis hijas. Puede ser una noticia de ciencia o de cultura, o una canción que he escuchado». Confidencia que complementa con otra no menos elevada: «Para mí un día perfecto consiste en levantarme tarde, hacer algo de ejercicio con Begoña y comer con mi familia una paella, una fabada, un salmorejo… Soy muy de cuchara». Es comprensible que se quisiera mantener el secretismo.
Pedro Sánchez se echó a la calle para hablar de su libro y de lo que le echen. Con el soporte que le dan quienes quieren verlo colgado de los pies, se acercó a los dominios postreros de Pedro Piqueras con quien no tuvo el detalle de darle el nombre de quién sustituirá a Calviño, algo que gran parte de la basca de esta profesión habría comprendido porque se trata de un gran tipo, pero el firmante de la obra en curso está en otras componendas que sólo anidan por su mente como la de ponerse en manos de Jorge Javier para que este arrancara la función: «Hemos tardado diez años en conocernos. Ningún hombre me ha durado tanto».
Tras hacer de la necesidad virtud, el aliado de Jorge Javier se ha mostrado desinhibido, provocando carcajadas incluso cuando Sumar salió a colación y haciendo bromas el propio Pedro con el mediador en cuanto la posibilidad se puso a tiro, horas antes de poner rumbo a Estrasburgo donde repasará los seis meses de Presidencia española de Consejo de la Unión mientras que a Feijóo se le agria la comisura con el socio que se ha buscado para combatir la amnistía en tanto que los grupos de izquierda no saben qué hacer para destrozarse mejor. Ni que decir tiene que quien ha vuelto ha sido «Crónicas marcianas». Nosotros nos lo hemos buscado.
La cirugía necesaria
Acabo de hacerlo por primera vez. Entrar en el quirófano, claro. Usted no tiene por qué saberlo, pero el hipocondríaco de Woody parecería a mi lado Indiana Jones. Y, sin embargo, no sé cómo se las han apañado estos fenómenos que segundos antes de pasar a la acción, con todo el instrumental desenfundado, estuve hablando con el cirujano y previamente anduve un ratito con los ojos de par en par. Posiblemente por si ya no volvía a abrirlos.
Ante mí tengo el decálogo de instrucciones que llevar a cabo en el que implícitamente figura no seguir el inminente round sobre la ley de amnistía siendo el primero hasta que la norma quede aprobada de forma definitiva en el Congreso cuando entre la primavera si es que entra. Dolorido que estoy y con sus señorías entre estacazos vienen y estacazos van no es lo más recomendable para limpiar y secar heridas. Ni que decir tiene que si antes me afectaba, por razones obvias ahora me sacude una barbaridad cuando avisto cómo en diferentes parlamentos periféricos se interpela a los responsables por el deterioro al que es arrastrado el sistema sanitario. He tenido citas en el centro de salud y en todas las plantas del hospital. Por una vez sé de lo que hablo. Si estas mismas goteras me pillan residiendo en Connecticut hace tiempo que habría alcanzado en el mejor de los casos el séptimo cielo. En aquella gran potencia solo tienen garantizado llegar a centenarios figuras insignes como Henry Kissinger, tan diplomáticamente malvado el hombre. Y aquí, que da gusto ver cómo se atiende a gente de toda clase y condición con posibles y sin ellos, vamos y nos ponemos flamencos. Hay más de los beneficiados que no merecen amnistía.
El caso es que cuando amanecí con la vía de suero y de calmante era 6. Pensé: siendo esta fecha la judicatura no declarará la operación inconstitucional. Cualquiera sabe. Me provocaba temor la anestesia general y pavor que no me la pusieran. Por eso es de admirar lo del Consejo General del Poder Judicial. Pese a la de pinchazos recibidos actúa tan girocho.
… Y todo a plena luz
Hará quince años que sucedió. Sus hermanos ya habían puesto pies en polvorosa y ella iniciaba el despegue hacia un destino más distante aún. La acercamos al aeropuerto con un racimo de bultos rebosante disimulando el ánimo desvaído pese a que alguien cercano dejó caer la víspera «¡pero qué podíais esperar si vosotros también dejásteis vuestra tierra atrás». Ya. Es lo mismo, pero no es igual.
Apuramos la visión de la última de los componentes que permanecía en el nido hasta que traspasó el control de seguridad, el rastro de su silueta se difuminó entre el gentío y dimos media vuelta intentado escabullirnos de nosotros mismos. Introdujimos la llave de contacto, cogimos la circunvalación sin soltarla para no entrar en la ciudad y mucho menos en casa, rodeamos todo lo posible el agobio que acechaba desde el centro mismo de una página por escribir y nos metimos en el cine que tanta compañía nos ha reportado desde el rayo de luz de Marisol hasta el «no te quieres enterar, ye ye, que te quiero de verdad» con el que Conchita Velasco nos metía la alegría en el cuerpo. Y, claro, la seductora sala en la que el revoltoso Totó de Cinema Paradiso encoló sus sueños no podía fallar. Lloramos, reímos y naturalmente salimos nuevos.
Pese a la memoria infame, el nombre de la cinta, que permanece impreso, lo clava. Se trata de Como la vida misma, en la que interviene Binoche, con eso lo digo todo. Y es que tanto tiempo después me he topado con que estaban pasándola por ahí, no he querido privarme y se me han venido a la cabeza las secuencias de aquel sonado tour. La trama estalla en una librería cuando el protagonista se hace pasar por dependiente y, ante la búsqueda dispersa, despacha a Juliette una morterada de sugerencias. La otra brotó al compás de «La hora violeta» de Monserrat Roig mientras que la viajera que nos dejó tocados del ala ha hecho un recorrido vital de aquí te espero en el que sigue inmersa sin prisa por volver. Y que, al igual que tantas historias plenas, no necesita de verificador alguno.
Un histrión con guadaña
Tiene distinción. Le va lo clásico sin por ello desdeñar las nuevas tendencias. Es un liberal con enjundia que ha debido decantarse ante la urna por aquella opción que, tras repasar con sosiego el patio, más pueda aportar a dejar en condiciones razonables este enjambre. Solo le he visto perder el aplomo ante las irrupciones de un elemento, pero qué elemento: Aznar.
La más reciente fue cuando el centinela de las armas de destrucción masiva proclamó que la estrategia que rige nuestros destinos en el recinto interior es «una declaración de guerra». Como yo andaba también apesadumbrado por la disposición que tenemos para infligir daño visceral en este viejo terruño me acerqué a la presentación de la última obra de Rafael Argullol, cuya capacidad de disección serena despliega por un tubo sin darse importancia. Tanto es así que detesta las clasificaciones y advierte que no es novelista ni poeta ni pensador y mucho menos filósofo, «en cuya materia solo se puede ser aprendiz». Recuerda al guardián de las Azores que, a los 33 años de producirse la supuesta anécdota y con la artífice fenecida, no tuvo empacho en revelar que en su primer encuentro Thatcher dijo sobre él: «Por fin un español que se entera de algo».
Relata el autor en el libro cuánto le impresionó el inicio de «El séptimo sello». Ese donde en la anterior Europa medieval un cruzado se juega al ajedrez con la Muerte su alma, a por la que este ha venido. Y cuenta que, tras unas vacaciones en Estocolmo, se le puso al lado el sueco que interpretó a la Muerte aunque no estaba seguro porque aquí no era conocido hasta que el copiloto se acercó a pedirle un autógrafo y al vecino de asiento se le disparó el escalofrío que sólo menguó cuando el del elenco de Bergman se quedó dormido hasta que se incorporó y sentenció «ya hemos llegado…» en referencia a París. Si en un vuelo Argullol se percata a día de hoy que lógicamente a la derecha va Josemari y que se ha posado a la izquierda el espectro sueco de La Muerte seguro que no albergará dudas sobre quién le da más cosa.