En esta ocasión preparé a conciencia el sorteo de los sorteos. Lo primero que hice fue empaparme a fondo el estudio publicado por una de las universidades de referencia cuya conclusión es que el 70% de los ganadores de la cita con la lotería termina arruinado en cinco años. La investigación alerta de que el impacto de verse abrumados al tocarles el dineral que les ha tocado conduce a que un alto porcentaje de afortunados sea incapaz de gestionar el patrimonio con cabeza y se vea abocado a deudas imposibles de afrontar. Conforme fueron cayendo las bolas profundicé en los pormenores que ofrece el análisis lo que me reportó una calma creciente de la que no hicieron gala ni los premiados ni siquiera los que repartieron la suerte, que se les notaba fuera de sí a los pobres.
Otro de los componentes que relajó la sesión fue que el 03695, al que el ChatGPT4 vaticinó muy seguro como primer premio y que por supuesto se agotó en cuanto se supo, solo acertó uno de los números en el sitio que no era. Que la Inteligencia Artificial clave el resultado sí que da «yuyu» y acabaría además con los consabidos rituales de pasar el décimo por la barriga de una embarazada, la espalda de un jorobado o ese ceremonial que se cascan los más exquisitos consistente en quemar todo lo jugado el año anterior con la llama de una vela naranja y, mientras se funde, formular mentalmente «que tus cenizas vuelvan a mí en forma de premio». No es por nada, pero algo así solo está a la altura de una inteligencia natural.
Con las tablas postreras me di a la droga dura empapándome de los casos de décimos compartidos que acabaron en los tribunales. Ojo, los jueces han castigado en los últimos años con penas de prisión engaños entre amigos y conocidos que ocultan boletos agraciados. No obstante, pese a las precauciones adoptadas, afronté la recta final sumido en gran incertidumbre hasta que, tras hacerse esperar, salió de una vez el Gordo y constaté que no tenía ni la pedrea. ¡Uf! Qué descanso.