Al ayuntamiento de Aspe no le ha quedado más remedio que cerrar cautelarmente el local donde unos días antes se había detenido a una veintena de gachós ante el anuncio de la celebración de una nueva pelea de gallos. Aunque podía parecer todo un presagio, la sesión en torno a la ley de amnistía se llevó a cabo con un número nada despreciable de espolones bien afilados en danza.
Siguiendo con la especie, ese sostén del dueto progresista radicado en Waterloo para quien inmigración y delincuencia caminan de la mano ha dejado claro nada más arrancar la legislatura que lo suyo es llevar cada requisitoria hasta una situación límite. No da la impresión de que vaya a detener la argucia con el caramelo que le ha caído encima. La incógnita está en saber cuánto aguantará el gallo más gallo del corral la envolvente. De seguir esto por el camino que va, ¿se despertará una mañana con su cresta roja y, antes de que se decolore, volverá a disolver las Cortes y aprovechará para decir que el Gobierno no está dispuesto ya a lo que hasta ahora lo estaba al igual que la medida de gracia era anticonstitucional por los cuatro costados menos cuando el recuento se puso flamenco a sardanazo limpio? Con el consistorio de Aspe que no cuenten para ningún paso más. Él, con el incordio de la Gallera El Chato, va bien servido.
Ignacio de Loyola avisó a la concurrencia sobre no hacer mudanza en tiempos de aflicción. Pero el momentazo se las trae. Tanto que no está de sobra recurrir uno tras otro a los clásicos. Para el siempre templado Iñaki Gabilondo la situación tiene miga: «El barullo formidable que se está produciendo hace prácticamente imposible llegar a poner en común algo. La democracia es discrepancia y enfrentamiento de posiciones. Para eso se inventó. Pero hay territorios que han de reservarse en pos del acuerdo y casi, casi no existen. De ahí que esto sea un manicomio». Hasta tal punto que extraña que García-Castellón pase de la pelea de gallos en Aspe. Para que luego digan que le entra a todo.
Mes: enero 2024
Facciones compartidas
Vengo acompañando desde la lejanía a Wael al Dahdouh, periodista palestino en el que se ha cebado el desastre que le rodea. La última imagen que se ha visto de él corresponde a una en la que, con el chaleco de «press» que no se quita ni para dormir, agarra la mano del tercero de sus vástagos muerto a los que hay que sumar los de la mujer y un nieto en una aniquilación insoportable de digerir, mientras con el otro brazo estrecha a una hija que aún se mantiene en pie con un semblante en el que se dibuja el ánimo destrozado. El del padre da horror. Mira ido el cadáver conteniendo el deseo de gritar a los cuatro vientos que los están matando en vida, pero ha de seguir informando. Y lo hace.
La jornada en que murió el grueso de la familia recibió el mazazo cuando fue a cubrir un incidente y continuó con la tarea pese a lo que acababa de descubrir. Las cámaras no perdieron su rastro mientras caminaba hacia una zona donde los cuerpos que no cabían en la morgue se encontraban en el suelo, imágenes que en su día conmocionaron a todo bicho viviente. Lo más reciente ha sido que Dahdouh ha dejado por primera vez la Franja de Gaza camino de Catar vía Egipto a fin de restañar las heridas sufridas con drones israelíes en un ataque ocurrido allá por diciembre en el que el camarógrafo de Al Jazeera que iba con él se despidió para los restos.
Con estos trozos de metralla en la psique cojo por primera vez a mi nieto Nicolás venido a este mundo en la madrugada de Reyes y la descarga de emotividad no impide que algo se rompa por dentro. Lo miro, lo abrazo, saboreo sus movimientos al igual que el hipo y cómo se estira en ese milagro de la naturaleza que te permite descubrir facciones compartidas por los seres más cercanos, algo que ocurre de forma idéntica en Jerusalén y en cualquier punto del globo salvo que un estropicio las borre del mapa. Cuando se le plantea que si una retirada a tiempo Wael pregunta que cuál es la otra opción, «¿Sentarnos en nuestras casas?». Y lleva razón. Para eso ya están los organismos competentes.
La dos caras de la moneda
Antonio Garamendi ha dejado caer que la negociación para la reducción de la jornada laboral que ha planteado el Ejecutivo debería tratarse en el ámbito de la negociación colectiva entre patronal y sindicatos en función de la productividad de cada sector y ha denunciado que el afán regulador del Gobierno puede acarrear una deriva intervencionista de la economía: «Si acudes a una mesa donde se encuentra marcado el resultado, ¿dónde está el diálogo social? Es como si vas al campo de fútbol y ya te dicen cuál es el final». Por favor no politicemos la cuestión.
El caso es que el Madrid, el Barça y el Atleti son los que más cargas de profundidad sueltan contra el colectivo arbitral, los que más repercusión obtienen y quienes más mella hacen en el statu quo porque qué más da que se queje el Almería. El preboste de la patronal ha lanzado la piedra pero no ha querido profundizar no fuera a ser que alguien le recordara los dardos que él ha tirado sobre la subida del salario mínimo y la manera tan rotunda de oponerse que ha tenido con sus 400.000 talegos anuales por lo que no iban a ser becarios ni escalafones circundantes los que pusiesen a parir algo de mejora en el terreno de juego, aunque aquel que tanto se queja de la manera de proceder en asuntos que afectan a la mayoría de la afición se quede en fuera de juego dada su proverbial visión de la jugada.
Mi padre siempre estuvo con el pluriempleo a cuestas y yo me juré que nunca caería de modo que no se me ha olvidado cuando mi hijo adolescente me endiñó, una mañana festiva a mediados de los 90, que él pretendía «trabajar para vivir, no vivir para trabajar», convertido en lema de toda una generación con la diferencia respecto a la de sus progenitores de que, a los que curran, no les da. La prueba manifiesta es que desde investigadores hasta a especialistas en enfermería y en lo que se tercie no les queda otra que buscarse la vida en el quinto pino, fuera de nuestras fronteras. Y si recurren al var ya saben lo que dictamina: que se la sigan buscando.
Una vuelta a las andadas
Santiago Abascal ha remodelado la cúpula de su barcaza y ha dado cancha en ella a los sobresalientes periféricos a fin de echar el candado y cercenar las voces discrepantes que ven en el traspaso de fondos millonarios de Vox a la Fundación Disenso, presidida por el mismo que viste y calza, un seguro para una jubilación holgada. O sea, alcanzar la orilla a través de un chiringuito más de la rica colección que atesora el baranda.
De cara a las gallegas el pepé implora a su socio que se abstenga de concurrir para que los restos no pongan en peligro la mayoría absoluta de su bastión por antonomasia recogido de la estela dejada por don Manuel antes de ser desalojado de la Xunta y de comparar por aquel entonces a Franco con Napoleón con tal de concluir que «el franquismo ha sentado las bases para una España con más orden» en el afán de respaldar a Mayor Oreja dado que el hombre se había puesto en evidencia al negarse a condenar el régimen del Caudillo. Aún con todo eso, uno de los mayores reconocimientos que el partido se llevó durante sucesivos ciclos fue el de que, al aglutinar en su seno desde liberales por decirlo de algún modo hasta nostálgicos poco temerosos de Dios, los presentes nos ahorrábamos la irrupción de la atribilaria tropa danzando a sus anchas. Parece lógico, pues, que hoy se le atragante la alianza y que su política de pactos no despierte gran entusiasmo.
En las últimas horas unas hordas encabezadas por Monasterio y por el parlamentario Ortega Smith se han manifestado contra la celebración de una obra de teatro, cuyo local ha debido ser protegido por furgones policiales de cara a poder representarse. Juan Mayorga, que está al frente de La Abadía, ha elegido dirigirse al público para darle las «gracias por estar aquí», para señalar que los que acuden a la sala son quienes han de «juzgar lo que han visto y escuchado» y para recordar que «antes que con discursos la libertad se defiende ejerciéndola». Vamos, las bases que indudablemente sentó el franquismo.
Retiros a porfía
Me embebo con las imágenes de nuestro dúo de prebostes por antonomasia que han reunido al grueso del Gobierno, por un lado, y a la dirección del partido, por otro, el mismo fin de semana y ambos en un contorno toledano. Para que luego digan que no coinciden en nada.
Cuando veo a Feijóo acompañado de los suyos no puedo evitar sufrir cada vez más por Gamarra. Desde que el capitán de la nave decidió relevarla del puesto de mando en la portavocía del Congreso Cuca hace lo posible y lo imposible por salir en las instantáneas lo más cerca del que manda. Repasando algunos de los selfies del último encuentro a uno le asiste el temor de que en el próximo esfuerzo gráfico para no perder comba se descoyunte quedando para la posteridad con esa sonrisa forzada propia de quien quiere trasladar a toda costa que ella sigue tan contenta. Va a juego con la del jefe que aún no sabe por qué no es él quien conduce al gabinete que es para lo que emigró a Madrid. Intentando resituarse aseguró que el retiro espiritual servirá para rearmar de forma «reflexiva y sosegada» al equipo de cara a las diferentes líneas de ataque sin cuartel contra Sánchez para causarle el mayor desgaste, por lo que este no sabe de lo que se libra si la reflexión no llega a ser sosegada. Encima el gachó del «Manual de resistencia», que no da puntada sin hilo, le ha puesto voz al Ejecutivo con Alegría. Tanta que Pilar, a la hora de detallar que la reunión sirvió para dar impulso al proyecto de estos cuatro años, no tuvo problemas en decir que está basado en «tres pilares», valga la redundancia, por lo que no quiero ni pensar en el respingo que daría Cuca.
También habrá a quienes les choque que ambos mandatarios primen a las mujeres en los encuadres igual porque es un significativo cambio del XXI. Y luego que en la finca de Quintos de la Mora no estuvo Santos Cerdán porque no es del Consejo de Ministros pero es quien lo lleva todo, mientras que en la otra convivencia uno de los participantes fue Javier Arenas. Y, claro, tampoco es para resaltarlo.
El círculo emocional
Tenía 18 años y una impresentable pelambrera en modo abisinio de la que debía estar orgullosísimo porque, para el padre, no había manera. Corría junio del 74 y a la cita con el subdirector llegó montado en su beache. José María Requena, hombre del sur curtido en el norte que se había hecho con el Nadal, apenas planteó la cuestión cuando obtuvo respuesta: «Mire, yo es que creo que sirvo para esto».
La puerta se le abrió en el momento en que todo estaba por contar en medio de un régimen moribundo con un paisaje plagado de incógnitas y convulsiones. Una noche, cuando la rotativa soltó amarras, tomó las de Villadiego con tres más y el erreocho pegó tantos botes que parecía una atracción cualquiera de feria. A tres kilómetros un artefacto estalló antes de ser colocado y uno de los que lo transportaba acabó despedazado con la cabellera coronando una palmera de los acogedores jardines. Fueron un par de años de una intensidad a prueba de bomba con los que el joven aprendiz creyó estar listo para cortar amarras, cambió en la ciudad a un proyecto al que otros de su quinta se sumaron convencidos de que los nuevos Woodward y Bernstein iban en el paquete pero, en la línea Nixon, el que aquí duró ná y menos fue el prometedor invento de grandes pretensiones. Lo normal entre quienes se creen los reyes del mambo.
Tras un tiempo como Dios a la bartola tiró de contactos y preguntó dónde recuperar la ilusión. Le dijeron: «Jesús Prado». Y en el destino más insospechado dio con un maestro, con la mujer de su vida y pudo llevar a cabo todo un sueño en unas condiciones inexistentes de no haber virado tela de grados al este. El editor que lo hizo posible persevera en la aventura y se ha hecho con El Correo de Andalucía, medio siglo después del paso que dio aquel nada más aparcar la bici, con lo que ha cerrado el círculo emocional de alguien que el día de Reyes miraba alrededor saboreando a esos hijos, a esos nietos y a esos adheridos que no habrían sido de no escribirse la historia con renglones torcidos.
Anhelo por la supervivencia
Salta en el chisme una última hora con el hallazgo en el patio trasero de una casa en Portland de la puerta del avión de Alaska Airlines que se desprendió un par de días antes a más de 3.000 metros de altura con 171 pasajeros y seis tripulantes a bordo. Imagino las caritas en cualquiera de las filas y no digamos ya en las más cercanas al hueco durante el trago interminable que duró el asombro hasta que aquello tomó tierra y los presentes pudieron abandonar la nave sin que el estropicio fuese a mayores. La compañía ha dicho que recompensará a los viajeros es de suponer que con todo menos con otro vuelo.
Dado que encontrarse con alarmas de este tipo impactan al más pintado no les digo ya si, como es el caso, se produce cuando has acabado de ver La sociedad de la nieve sobre el accidente del aparato siniestrado en los Andes en el que 16 criaturas lograron sobrevivir tras pasar 72 días en unas condiciones atroces. Mientras los partidos representativos que nos han tocado en suerte han deliberado sobre cómo maravillárselas con los decretos anticrisis del Gobierno, en no pocos hogares el debate ha girado en torno a qué hacer con la peli de Bayona. Ni que decir tiene que yo no estaba por la labor. Cada vez que se planteaba más ganas de ver una de Cary Grant. Pero, al igual que en el cruce de interpelaciones partidistas camino del encuentro parlamentario, los argumentos proclives a la cinta lastraban la moral hasta el punto de lograr lo imposible. Bien es verdad que a la media hora propuse dejarla y, ante la escasa respuesta, afortunadamente se mantuvo la proyección. Roberto Canessa, superviviente y estudiante de Medicina de 19 años por aquel entonces, ha confesado que se trata de «una versión muy ligera de lo que ocurrió en realidad. Fue mucho peor y, de haberse trasladado tal cual, el público no lo habría resistido». No hace falta jurarlo. Con ingredientes muy cuidados, el director recubre con sutileza la tremenda historia en la montaña para hacerla digerible y cincela el sentido canto a la vida que es este monumento.
El lado oscuro
Me asalta en directo una voz inconfundible. No se trata de otra que de la deFernando Fernán-Gómez y no es de ultratumba. Es la que heredó el hijo de María Dolores Pradera que anda por el estudio con tal de divulgar el homenaje que se rendirá a su madre para arrancar el año en el centenario del nacimiento y en el que no faltará una nómina sublime de artistas. Uno de ellos será Víctor Manuel con quien interpretó No sé por qué te quiero que es la canción a la que el conductor del programa se dispone a dar paso provocando que deje de lado cualquier atisbo de prisa para disfrutarla sin agobio alguno: «No sé por qué te quiero/será que tengo alma de bolero/tú siempre buscas lo que no tengo/te busco en todos y no te encuentro/digo tu nombre cuando no debo». Como resultaba difícil resistirse, los Reyes llegan a tiempo de dejar un par de asientos de los últimos con vida.
El respingo de naturaleza opuesta llega al conocerse que el edil de Cultura de Vox le ha metido las tijeras en Orihuela a la Fundación Miguel Hernández. La razón de fondo queda expuesta por el cronista al relatar qué supone la existencia de la Casa Museo y cuánto irradia: «Un espacio emocional y simbólico para miles de visitantes y una referencia ideológica de poesía combatiente, honesta y honda implícita en el universal nombre del poeta». El socio lo ha corregido por la sencilla razón de que están ahí y lo que les queda. Parece coherente pues que, al contar con mando en plaza, esta caterva busque a su modo agotar con los espectáculos que ofrecen.
Busco refugio en Emilio Lledó quien, de su biblioteca, el libro que no prestará es el que contiene una dedicatoria de su mujer Montse en mayo del 51, ayer mismo: «¡..tanto impulso que corre a mi destino desemboca en tu mundo..!». Es ese territorio al que recurro demasiado a menudo para succionar reflexiones como la que el maestro acaba de dejar: «Una cultura no degenerada tiene que tender siempre a la igualdad, a la bondad, a la justicia y al sentido común». Quienes lo tengan, claro.
El retorno del mito
Ha vuelto Nadal y lo ha hecho en las Antípodas, no en vano es el 672 del mundo por mor de su prolongado exilio de las pistas. La expectación habita entre nosotros. Los presentes se han deshecho en palmas desde la aparición hasta que ha esprintado para el peloteo y mi hermana allá en su casa ha aparcado el cocido que no hervirá hasta que el último golpe dicte sentencia. El almuerzo puede esperar.
Lo crudo es el desgaste mental que debe suponer una reaparición así tras esa travesía del desierto de proporciones mayúsculas. El suceso tiene lugar en Brisbane, el sitio en el que aunque sirviese para poco Santana se llevó por delante a Newcombe en la final navideña de la Davis del 67. Toda ayuda es poca y reforzar la muñeca con la de Manolo podría ser lo que conduce a que, en uno de los acercamientos iniciales a la red, la dejada a la otra esquina adquiriese la impronta del golpe aquel que enganchó a los críos de pantalón corto a darle al tenis en los emplazamientos más inauditos cuando el estatus del país daba para poca cancha reglamentaria.
Quién nos lo iba a decir pero después de que el primer punto del partido fuera suyo, lo que es una de sus señas de identidad, el revés cruzado, comparece chachi. Los digitales siguen las evoluciones por encima de las encuestas que delatan la temperatura una vez descorchada la amnistía, de la Superliga que no sale ni con fórceps y del cochazo que Cristiano regala a la madre por su cumple. Pese a que estemos de celebración, el protagonista del retorno más deseado se toma la conquista del primer set con desmedida contención. Sabe que el reto estriba en que las buenas sensaciones no sean flor de un día.
Poco a poco el rival va deshaciéndose sin mostrar desesperación y, aun siendo verdad que es austriaco, también será consciente de que contribuir al regreso del mito le reporta más consideración que en cierta forma acabar con él. En la bola decisiva la colección de fotógrafos desenfunda con el objetivo de Nadal entre ceja y ceja para no perderse su reacción. Y entró, entró.