Una terapia de choque

Alvy Singer acaba de conocer a Annie Hall en una pista de tenis a la que han sido guiados por una pareja amiga. Tras salir del vestuario, semejante par de neuróticos coinciden y despliegan un rico manual de torpezas que a punto está de conseguir que no se vayan juntos. Ella, que maneja algo alocada el volante, más que aparcar emboca el utilitario. Tras bajar, el judío pelirrojo resopla: «¡Por fin! Me alegra pisar tierra firme». Reiteran sus inseguridades en la acera, no saben qué idear para alargar el encuentro, es una Annie irresistible ataviada a lo garçon quien ofrece subir a tomar una copa a lo que el galán responde: «Sí, hay tiempo, únicamente tengo una cita con el psicoanalista». «¡Oooh! ¿Vas al psicoanalista?». «Solo hace quince años». «¿¡Quince años!?». «Sí, le concederé otro y luego me iré a Lourdes».
     Al caer el guión en manos de los productores estos reprocharon al cineasta que se hubiese desviado del sesgo disparatado anterior repleto de chistes y que se metiera en honduras. Sin renunciar a un buen salpicón de gags, el ingenioso hidalgo de Brooklyn dio un giro para sacarse de la manga esta deliciosa compota neurasténica dando paso a una sucesión de obsesiones bien condimentadas que reclutó un ejército de seguidores. Los estrenos se convirtieron en citas ineludibles aguardadas con ansia. De todo eso y de más habló un cautivado David Trueba con el ínclito en la oficina donde Woody curra. Siempre soñé con haber sido yo quien estuviese ahí, pero al más polifacético de la saga no se lo tendré en cuenta dado lo majo que es. Además mi inglés y mi tenis lo máximo que dan es para soñar más bien dormido.
     Cuando no rueda, el neoyorquino de 88 manda un artículo al New Yorker o piensa en meterle mano a la novela pendiente mientras le da vueltas a otra peli. Después del contraste en vena previo al Tac y antes del ingreso previsto, me he metido una buena terapia de choque a base de «Manhattan», «Sueños de un seductor»… confiando en que dé resultado antes de asistir a su siguiente estreno. Nos lo debemos.

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