Nada más anunciar Puigdemont que en unos días desvelaría qué hará con su cuerpo serrano de cara a la cita electoral de mayo saltó la alerta por el regreso… de la «hormiga loca» y los primeros nidos se localizaron en plaza Catalunya. Se les denomina de ese modo porque corren de un lado para otro como atolondradas sin dirección previsible. Ellas también.
En 2019 se avistaron colonias de Anoplolepis gracilipes, género al que pertenecen. La situación no logró erradicarse hasta tres años después sin impedir que estén de vuelta y con peores perspectivas según los expertos: «El área que han tomado es muy grande y parece intratable si no se dispone de voluntad para ello, es decir, presupuesto, por lo tanto se da casi por perdida la guerra puesto que la falta de control y los retrasos en la respuesta imposibilitan frenar la expansión». Estarán locas, pero no son tontas. Intuyen que en el ciclo en que se acaba de entrar nadie va preocuparse por mucho que sean capaces de desplazar a otros grupos de hormigas, incluídas las nativas.
Al mermar la biodiversidad, la conocida igualmente como hormiga zancona amenaza diferentes sectores desde el agrícola al turístico. Claro que gracias al apreciable artilugio antenal que posee no es fácil que se le escapara la reflexión del secretario general de Junt, Jordi Turull, asegurando que «volvería a hacer el 1 de octubre y lo haría mejor» como si estuviera al alcance de cualquiera hacerlo peor. Ahí es cuando los insectos modificadores de ambiente pensarían que todo el monte es orégano. Y no digamos al escuchar a un diputado de la misma formación exigir al gobierno que pida perdón por el asesinato de Puig Antich. Aunque tengan la amnistía botando no pueden evitar asomar la patita.
Para el Centro de Investigación Ecológica de la Autónoma, «la mayor parte de especies contra las que luchamos las hemos introducido consciente o inconscientemente. somos los causantes del problema que queremos arreglar». Igual Puigdemont se lo toma como algo personal.