Recuerdo que un día, meses antes de la mascletá, leí una reseña en una publicación de estas a las que nunca me asomo en la que se resalta el perfil de Alberto González como el de una pareja sólida y discreta de la presidenta madrileña, aunque unas líneas más abajo señala que la relación se inició a finales de 2020 propiciada por Tomás Díaz Ayuso motivo por el cual pensé: ojú porque lo de este también había pasado desapercibido hasta consagrarse como el hermanísimo. Si no que se lo pregunten a Pablo Casado.
Y ya conocen los avatares por los que el prudente Alberto ha venido pasando en su afán de solidificar el estatus que según todos los indicios reporta sentido a su vida. Después de poner carita de cordero degollado y proponer pagar más de 380.000 euros para evitar la cárcel por sus engaños a Hacienda y, al ser pareja de la presidenta de la Comunidad, pretender evitar «un efecto deformador de las garantías procesales», lo último que ha saltado a la palestra es que se hizo pasar por directivo de un grupo sanitario para coronar la defraudación y, al mismo tiempo, ha admitido que reformó sin licencia una de las dos casas donde vive con la ínclita quien, por supuesto, desconoce todo de semejante fregao. Qué va a saber la pobre.
En esas mismas páginas hacen mención a un encuentro con Bertín en el programa «En mi casa es la tuya» donde Ayuso en junio del 21, al mes de ser reelegida abrumadoramente, se negó a rodar en su residencia, las cámaras se instalaron en las oficinas de Miguel Ángel Rodríguez y el galán que la entrevistó zanjó la cuestión diciendo que no hemos podido hacerlo allí porque «la presi tiene el típico apartamento de soltera». Así es. Tanto que, dentro de la efervescencia del momento, ella se sintió vulnerable y, en contra de la costumbre, dibujó los rasgos de su prototipo de hombre: «No aguanto el exceso de cuidado, me va el fofisano tipo Russell Crowe, ese tipo de hombres me gusta. Gente que disfruta de la vida y te hacen ser mejor persona». Pues sí, el amor es ciego. O no.