Salgo cuando acaba de amanecer. El grupo que me antecede y los madrugadores que andan sueltos avanzan con el movimiento típico de la marcha. La clavan. Caminan rápido sin llegar a correr ni perder el contacto con el suelo. O son ellos o soy yo que no me he recuperado del atracón.
Acabo el ejercicio, cojo el coche, me dirijo a repostar y me parece distinguir a Miriam Blasco. Enseguida pienso que voy a tener que ir al médico para compensar la falta de pruebas, pero no es necesario porque quien está allí para lavar el coche es Miriam Blasco. Yo también debería adecentar la carrocería. Me contengo no vaya a ser que con la cantidad de gente que aguarda se líe y me caiga un ippon. A pesar de la humedad y de los muchos grados, los ciclistas son a esta hora los dueños del asfalto. Qué circuito urbano se montaron estos franceses con la subida por Montmartre hasta el mismísimo Sacré-Coeur. Como si no hubiéramos tenido bastante viendo a los y a las de voley playa colocandósela a la Torre Eiffel y a los maratonianos dejándose caer derrengados ante la majestuosidad de la estampa, encima también pensaron en encumbrar al pelotón tomando Pigalle hasta alcanzar la panorámica de la ciudad por antonomasia. No, no va a resultar fácil superar esto.
Tras el adiós se abre otra puerta y al mandamás del comité olímpico de aquí la inevitable pregunta que le cae es qué le parecen los metales obtenidos y su respuesta es que estará con los deportistas obtengan los que obtengan. O sea que, de ser tres, él tan campante. A mi plin, yo duermo en Pikolín, pero la cuestión es que países de nuestro corte se han escapado. Parece como si el plan Ado ideado para el 92 y subsiguientes se hubiese puesto tibio de «relaxing cup of café con leche» y se haya quedado. Vienen cambios y especulan con que Samaranch se ponga al frente del Coi. El hijo, claro. Hay un par de intrépidos haciendo escalada por una vivienda, me quedo absorto y hasta suenan sirenas. ¡Coño, pero si son cacos! Los muy arrojados quieren llevarse algo.