Cientos de turistas se vieron abocados a pasar más de una noche en el aeropuerto de Palma como consecuencia de los retrasos y cancelaciones provocados por el reciente temporal. Entre los afectados, grupos de franceses con unos cuantos menores que venían de pasar el asueto cerca de Porto Cristo se quedaron colgados y confiaban en salir al día siguiente no sabían si vía Ginebra. Ginebra ciudad, claro. Elgian y Denisa son dos jóvenes alemanes que, tras haber estado a gusto en un hotel del Arenal, ignoro si han tenido suerte o si deambulan aún por la terminal. «Esto es un caos» sueltan al culpar del desastre a Vueling. A los franceses les tocó Easyjet mientras que Ryanair aprovechó el desconcierto para meterle el dedo en el ojo a Óscar Puente, todo un deporte nacional. Es tanta la plebe que se mueve sobre todo en este mes que cualquier contratiempo desestabiliza a una legión. Los avisos, las restricciones, la lluvia de tasas se multiplica incluso por rincones insospechados. No una capital ni un destino clásico ni la Acrópolis donde ya se ha echado el freno porque el personal toma el Partenón como si contara con escaleras mecánicas desechadas por aquel orden dórico sin visión de futuro, sino un barrio, el de Gràcia ha inaugurado sus fiestas con pintadas de «Tourist go home». ¡Qué gozada! Hay que ver cómo nos lo pasamos. Aunque con cierto pudor voy a ello. Ando en un pueblo que no tiene ni güifi. La propietaria de la casa echó cuentas por ver cuánta gente vive de contínuo y a duras penas llegó a cuatro docenas. No se oye una mosca pese a que revolotean en tropel. Una vecina con gallinas surte de huevos. La jornada dura lo que dan de sí dos, tres libros. Para los paseos por la pinada al caer la tarde no hace falta audio guía y con abrir la boca en Fuente El Olmo basta para refrescarse. Al día siguiente de llegar sin pegar ojo por la humedad en el litoral hubo que taparse. Coloreada y seductora la Superluna de Esturión, diríase que fabricada aquí en el taller que todo lo arregla, reluce que te cagas. Lo sé. Un asco.