Requiescat in pace

Salgo de la peluquería donde han quedado desahogadas unas cuantas cuitas. Apenas he pegado dos pasos cuando me he encontrado a Mercedes Rafa con quienes se desparraman lazos y afectos aunque no nos frecuentemos y termino acompañándolos con un cortado en el desayuno que están a punto de traerles. El momento se expande hasta los tres cuartos de hora en los que cuadramos la sinopsis de tantas estaciones sin vernos y el repaso exhaustivo de los nuestros con el habitual «tenemos que quedar» de postre. Decido entrar de una vez por todas en la sucursal para que me destripen por qué cuando me acerco a un cajero me advierte que tengo el carné caducado si cuenta con validez hasta 2034, Dios mediante. Me explican que se trata de una actualización que debería haber hecho a través de internet. ¡Ah! Entonces no me diga más.

     Ya puesto decido afrontar la sesión andarina y, en cuanto la emprendo, se pone a llover. Me remonto a los años adolescentes en que al salir de clase nos pirraba a Juanlu y a mí empaparnos y cruzar los jardines transportados por el olor a tierra mojada. La espesa arboleda que sale al paso me devuelve al presente y más cuando en el calendario se avista el 29 un mes después de sumergirnos en el abismo dentro del que seguimos dando brazadas para intentar salir a flote. Y va a costar.

     No había más que ver Mestalla. 44.000 almas cuyo reguero continúa allí. La grada sirvió de cobijo a una comitiva incesante de damnificados que terapéuticamente necesitaban sentir la compañía de los suyos, de los más próximos, de los que han sufrido la desconsideración de quienes sólo debían estar pendientes de cómo veían dadas. Ha sido y será la concentración más impresionante en recuerdo de aquellos que ya no disfrutarán de esos ratos que depara la vida y en apoyo de tantos otros a los que les costará un mundo rehacer la suya. En el sentido réquiem no tuvo cabida un presidente de la Generalitat que ha visitado una décima parte de las poblaciones afectadas. ¿No le da que pensar?

El libro de estilo

El domingo de la visita real a Paiporta venía conduciendo cuando por La Mancha empezó a tronar el soniquete de los mensajes: «¡Pon La 1, pon La 1!». Por la radio comprendí el pasmo, pero no fue hasta que alcancé la meta cuando buceé en lo ocurrido, imágenes nunca vistas en torno a la Jefatura del Estado muy por encima de las registradas en episodios registrados en el País Vasco y Catalunya. Tela marinera.

     Pero no fue por la cadena estatal por la que capté la verdadera dimensión, sino que alguien hizo mención a À Punt y allí que fui a recuperar lo ofrecido. Y es en la autonómica donde el despliegue cubría todos los ángulos, lo natural que en tantas épocas anduvo desnaturalizado. Se oían las consignas contra Sánchez y se distinguían los artilugios lanzados al séquito, pero para mi pasmo no se silenciaron los gritos contra el presidente de la Generalitat. La culpa la tengo yo porque apenas me detengo en las generalistas. Luego he visto que la movilización del canal a la zona en alerta fue desde el mismo día de autos a primerísima hora puesto que la meteoróloga anunció el viernes que «la previsión para el martes es de una dana de gran impacto y en algún punto se superarán los 500 litros como en 2019 en la Vega Baja». Tiene bemoles.

     Con la tele propia en este plan no supuso sorpresa alguna que la comida secreta fuera para propiciar el relevo en la cúpula de la cadena. Ni que tras haber soltado Mazón en un acto «ya sabéis que en Valencia hay dos tipos de gala, las que presenta Maribel Vilaplana y las demás», la susodicha acudiera con la decisión tomada. Sí, porque esta galantería pertenece al libro de estilo de Zaplana, capaz de decir en público «este diario es como el New York Times» para sonrojo y vergüenza ajena de los responsables del medio e intentar luego acabar con la cabecera. La respuesta de la comunicadora y la revelación de que en ningún momento el ínclito mostró inquietud por lo que ocurría fuera echa aún más leña al fuego. Para él, ya se sabe. Lo importante es lo importante.

Esperanza de vida

De vez en cuando el Instituto Nacional de Estadística suelta unos datos que te dejan patidifuso. Los últimos vienen a cuento de la esperanza de vida. Me he agarrado a ellos para respirar. Tres semanas de sobrecogedor impacto inicial, posterior angustia, dolor, mucho dolor y un volumen asfixiante de vergüenza ante la respuesta dada y la asunción de responsabilidades perpetradas dejan huella en todo bicho viviente. Bueno, en todo, no.

     Desde el momento actual hasta 2050, el número de centenarios en la zona mediterránea que habitamos se incrementará alrededor de un 400%. En enero de 2018, en todo el estado existían 11.204 mayores de cien años, una rareza casi, cifra que a mitad de la centuria alcanzará los cien mil afortunados -siempre que se encuentren razonablemente bien- con tres velas que apagar a su alcance. Las claves no esconden ningún secreto. Atesoramos unos medios a nuestro alcance con los que nunca se había contado en la historia de la humanidad proporcionando una calidad de vida al respetable impensable hasta no hace tanto. No sabemos lo que tenemos al disponer de esa asistencia del sistema público de salud con una cobertura universal y gratuita, cosa que en otros países más potentes y avanzados como es Estados Unidos -no quiero señalar- puedes pasarlas canutas si las necesidades del enfermo pasan a contingencias mayores. Los avances médicos se sitúan a la última y en el envejecimiento no ya es que se sea más activo es que el personal no para: anda, corre, nada, hace yoga… Quién nos lo iba a decir cuando amanecíamos con la resaca a cuestas.

     De ahí el sentimiento que azota al enfrentarse a los caídos en la riada que, a sus setenta/ochenta años, se encontraban en plenas facultades físicas y mentales con la visión puesta en viajar, leer, disfrutar con los nietos, bregar con lo que bregaban sacándole jugo a todo el arsenal de sacrificios acumulados. Si más allá de 2050 Mazón se convierte en centenario, felicidades anticipadas. Que lo disfrute.     

Hablemos de ejemplaridad

Rubén e Izan estaban agarrados a su padre cuando a las seis de la tarde del fatídico martes se fue la luz en la Mas del Jutge, pedanía de Torrent. Una corriente endiablada de dos metros arrasó la vivienda y los tres fueron a la deriva hasta que los críos se desengancharon. Estaban en casa de la abuela, que es donde habían comido y es ella misma quien relata lo sucedido remachándolo con el sentimiento que la ahoga tras rescatarse los cuerpos: «Eran mi vida entera». Marchena, su pueblo a seiscientos kilómetros de distancia, se ha cubierto de luto por la sufriente paisana. Ya ha hecho más que alguno que yo me sé. Que una buena tropa en realidad.

     ¿Cómo se recompone uno tras un destrozo de tal magnitud? ¿A quién se recurre para enfrentarse a este agobio? Teniendo en cuenta que las ciencias se especializan me adentro en la filosofía que es la que se ocupa del cuadro completo, de algo que no se repite nunca, de la persona y de cómo debe ser. Así que me agarro a Javier Gomá, el filósofo mundano capaz de diseccionar un roto y un descosido dentro de lo que la vida nos depara con la sutileza de un orfebre y lo encuentro mirando lo sucedido: «La imputación de la responsabilidad al otro es habitual en momentos de sufrimiento. Si a eso le sumas que, en esta época tan telegénica, muchos políticos progresan por la habilidad en el medio pero no por tener una gran experiencia de gestión, y menos en situaciones excepcionales, entonces la rabia y la ira adquieren mayor fundamento. Y si a eso añades el espectáculo propiciado por pensar más en la rentabilidad electoral que en el asunto principal, la indignación se dispara».

     A lo largo de una década Gomá conformó su «Tetralogía de la ejemplaridad», cuya tercera entrega gira en torno a la «Ejemplaridad pública». Solo con cuarto y mitad de este que los próceres en los que están pensado se inyectaran en vena serían otros. Pero, en medio de la aterradora tormenta que se llevó por delante a tantos seres, prefieren centrarse en quién poner al frente de la tele para dar relucientes.

De costa a costa

Nadie ha dimitido, nadie. Más de doscientos adioses para los restos, el sistema de alertas zarandeado por la descoordinación, una reacción acalorada sobre el desalojo promulgado por las universidades catalogada de exagerada en los centros de decisión, un paisaje repleto de desolación a renglón seguido y nadie, absolutamente nadie ha dimitido ni lo va a hacer según todos los indicios. Cubiertos de indignidad, el caso es sobrevivir como sea.

     En los primeros días del pasado octubre el huracán Milton avanzaba hacia una colisión potencialmente catastrófica a lo largo de la costa de Florida. Las fuertes precipitaciones fueron extendiéndose el miércoles 9, cuatro después de que el gobernador, Ron DeSantis, declarase el estado de emergencia. Se desplegaron advertencias, dispositivos y medios de todos los colores, con las clases suspendidas y los recintos escolares convertidos en refugios. El lunes, unos 15 millones de habitantes se encontraban bajo vigilancia de inundaciones, el presidente Biden aprobó un pronunciamiento de emergencia y DeSantis ordenó al Departamento de Transportes y a la División de Gestión de Emergencias de Florida que coordinaran recursos. Los peajes de carreteras fueron suprimidos y las autoridades emitieron órdenes de desalojo para 11 condados con una población total de 6 millones. Tras Rita en 2005, Milton se convirtió en un ciclón tropical devastador y el segundo más intenso del Atlántico jamás registrado en esa latitud. Costó la vida a 30 ciudadanos en Estados Unidos y a tres en México.

     Aquí, con el drama de los desaparecidos vigente, el objetivo se centra en la reconstrucción. ¿Podrán dormir tranquilos los moradores de las poblaciones afectadas sabiendo que va a  quedar en manos de los mismos de eficiencia sobradamente demostrada? Y no nos engañemos. Si vamos más allá podemos encontrarnos con que una barbaridad vote a los responsables de los episodios registrados. De modo que de no estar dispuesto a soportar tanta ignominia diga se acabó y, en fin, dimita.   

La anhelada protección

Lo soltó a bocajarro el escritor Martín Caparrós nada más explotar el bombazoDonald Trump: «El mundo está feo». De modo que, junto a un buen puñado de agnósticos, me acerqué a José Carlos Rovira, el amante de los libros que medio empadronó por estos lares a Benedetti, en el trance en que sus discípulos universitarios le han deparado un reconocimiento al que no ha podido resistirse y le dije: «A lo que hemos venido en estas horas tremendas es a protegernos a tu lado». Levantando el entrecejo rociado de escepticismo vino a decir «se hará lo que se pueda».

     Otro orfebre de letras uruguayo, de nombre Fernando Cabrera, compuso guitarra en mano «El tiempo está después»: «La primavera en aquel barrio se llama soledad/Se llama gritos de ternura pidiendo para entrar/Y en el apuro está lloviendo/ Ya no se apretarán/Mis lágrimas en tus bolsillos… El tiempo está después/El tiempo». En época de recogimiento por la pandemia esta era una de las canciones favoritas de Jorge Olcina. A lo que se ve los climatólogos desconectan poco. Este nuestro merece un monumento. Viene llamando la atención desde que se puso pantalón largo. Angels Barceló le ha dado cuartelillo y no se ha dejado nada atrás: «No tenemos una adecuada educación para el riesgo. Hay que meter horas para que los chavales sepan cómo reaccionar en estos casos y eso se transfiera a sus familias/Aunque hayan sido las adecuadas, urge revisar las alertas porque existe desatención en torno a ellas/El cambio climático es una evidencia mediterránea/Habrá que modificar las leyes, definir nuevas zonas inundables y tener en cuenta que la facción política posee mucho peso en los cambios territoriales y urbanísticos/Está en su mano modificar infraestructuras y prohibir determinadas actuaciones». Eso es lo malo.

     Lo que era difícil imaginar es que habiendo apostado contra viento y marea por esa actividad en concreto y destinado recursos que preserven las técnicas que atesora, a la hora de la verdad fueran incapaces de agarrar el toro por los cuernos.

Sucesión de vivencias

Brilla el sol. Y no solo hoy, sino a las pocas horas una luz cegadora en las cercanías de donde sucedió lo ocurrido tomó cuerpo y, aunque mejor así, perfora el ánimo. ¿¡Por qué este resplandor a continuación de que la furia se desatara!? El contraste es doloroso. Los esqueletos permanecen quebrados y las cabezas con mayor motivo. Por las alamedas arrasadas, los vivos andan muertos y estos más vivos que nunca. Las fuerzas derrochadas por los afectados tienen fecha de caducidad. La esperanza ha embarrancado.

     Cuatro décadas atrás y por unos cuantos años nos trasladamos a vivir a Valencia y fuimos a caer en lo que la gente aún conocía por Paseo de Valencia al Mar. Pensando en quienes se les ha escurrido entre los dedos toda una sucesión de vivencias convertidas hoy en galería de los pasos perdidos, cuesta un mundo echar mano del álbum  y reencontrarse con los cuarentones que vendrán el domingo a casa transmutados en nanos, con las excursiones junto a amigos en dirección a Villanueva de Castellón asentado en la confluencia entre el río Albaida y el Júcar donde respirábamos de las acometidas diarias, cuesta, ya digo, sentirse un privilegiado, pero rememorando aquella sustanciosa estancia en estas horas amargas nos entró la duda de si el bautizo de los mayores ocurrió el primer o el segundo verano y si uno o los dos llegaron hasta la pila andando después de ceder finalmente para no hacer sufrir a las familias respectivas. Fue uno. Creí que habíamos resistido más.

     Para mayor contratiempo, en estas fechas se concentran cinco cumpleaños y el fin de semana tocó a rebato con veintitantos llegando en oleadas. Encuentros cargados de pesadumbre en un clima de doliente celebración. Pese a lo distanciado que residimos, todos estábamos en lo que estábamos. Con el ánimo de los que no lo tienen. Nos conocemos bien y aquella no era la sensación de cualquiera de las citas con mayúsculas. La magnitud de la penumbra dejó las velas en segundo plano. Apenas iluminaron nada.