Sucesión de vivencias

Brilla el sol. Y no solo hoy, sino a las pocas horas una luz cegadora en las cercanías de donde sucedió lo ocurrido tomó cuerpo y, aunque mejor así, perfora el ánimo. ¿¡Por qué este resplandor a continuación de que la furia se desatara!? El contraste es doloroso. Los esqueletos permanecen quebrados y las cabezas con mayor motivo. Por las alamedas arrasadas, los vivos andan muertos y estos más vivos que nunca. Las fuerzas derrochadas por los afectados tienen fecha de caducidad. La esperanza ha embarrancado.

     Cuatro décadas atrás y por unos cuantos años nos trasladamos a vivir a Valencia y fuimos a caer en lo que la gente aún conocía por Paseo de Valencia al Mar. Pensando en quienes se les ha escurrido entre los dedos toda una sucesión de vivencias convertidas hoy en galería de los pasos perdidos, cuesta un mundo echar mano del álbum  y reencontrarse con los cuarentones que vendrán el domingo a casa transmutados en nanos, con las excursiones junto a amigos en dirección a Villanueva de Castellón asentado en la confluencia entre el río Albaida y el Júcar donde respirábamos de las acometidas diarias, cuesta, ya digo, sentirse un privilegiado, pero rememorando aquella sustanciosa estancia en estas horas amargas nos entró la duda de si el bautizo de los mayores ocurrió el primer o el segundo verano y si uno o los dos llegaron hasta la pila andando después de ceder finalmente para no hacer sufrir a las familias respectivas. Fue uno. Creí que habíamos resistido más.

     Para mayor contratiempo, en estas fechas se concentran cinco cumpleaños y el fin de semana tocó a rebato con veintitantos llegando en oleadas. Encuentros cargados de pesadumbre en un clima de doliente celebración. Pese a lo distanciado que residimos, todos estábamos en lo que estábamos. Con el ánimo de los que no lo tienen. Nos conocemos bien y aquella no era la sensación de cualquiera de las citas con mayúsculas. La magnitud de la penumbra dejó las velas en segundo plano. Apenas iluminaron nada.

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