Lo soltó a bocajarro el escritor Martín Caparrós nada más explotar el bombazoDonald Trump: «El mundo está feo». De modo que, junto a un buen puñado de agnósticos, me acerqué a José Carlos Rovira, el amante de los libros que medio empadronó por estos lares a Benedetti, en el trance en que sus discípulos universitarios le han deparado un reconocimiento al que no ha podido resistirse y le dije: «A lo que hemos venido en estas horas tremendas es a protegernos a tu lado». Levantando el entrecejo rociado de escepticismo vino a decir «se hará lo que se pueda».
Otro orfebre de letras uruguayo, de nombre Fernando Cabrera, compuso guitarra en mano «El tiempo está después»: «La primavera en aquel barrio se llama soledad/Se llama gritos de ternura pidiendo para entrar/Y en el apuro está lloviendo/ Ya no se apretarán/Mis lágrimas en tus bolsillos… El tiempo está después/El tiempo». En época de recogimiento por la pandemia esta era una de las canciones favoritas de Jorge Olcina. A lo que se ve los climatólogos desconectan poco. Este nuestro merece un monumento. Viene llamando la atención desde que se puso pantalón largo. Angels Barceló le ha dado cuartelillo y no se ha dejado nada atrás: «No tenemos una adecuada educación para el riesgo. Hay que meter horas para que los chavales sepan cómo reaccionar en estos casos y eso se transfiera a sus familias/Aunque hayan sido las adecuadas, urge revisar las alertas porque existe desatención en torno a ellas/El cambio climático es una evidencia mediterránea/Habrá que modificar las leyes, definir nuevas zonas inundables y tener en cuenta que la facción política posee mucho peso en los cambios territoriales y urbanísticos/Está en su mano modificar infraestructuras y prohibir determinadas actuaciones». Eso es lo malo.
Lo que era difícil imaginar es que habiendo apostado contra viento y marea por esa actividad en concreto y destinado recursos que preserven las técnicas que atesora, a la hora de la verdad fueran incapaces de agarrar el toro por los cuernos.