De costa a costa

Nadie ha dimitido, nadie. Más de doscientos adioses para los restos, el sistema de alertas zarandeado por la descoordinación, una reacción acalorada sobre el desalojo promulgado por las universidades catalogada de exagerada en los centros de decisión, un paisaje repleto de desolación a renglón seguido y nadie, absolutamente nadie ha dimitido ni lo va a hacer según todos los indicios. Cubiertos de indignidad, el caso es sobrevivir como sea.

     En los primeros días del pasado octubre el huracán Milton avanzaba hacia una colisión potencialmente catastrófica a lo largo de la costa de Florida. Las fuertes precipitaciones fueron extendiéndose el miércoles 9, cuatro después de que el gobernador, Ron DeSantis, declarase el estado de emergencia. Se desplegaron advertencias, dispositivos y medios de todos los colores, con las clases suspendidas y los recintos escolares convertidos en refugios. El lunes, unos 15 millones de habitantes se encontraban bajo vigilancia de inundaciones, el presidente Biden aprobó un pronunciamiento de emergencia y DeSantis ordenó al Departamento de Transportes y a la División de Gestión de Emergencias de Florida que coordinaran recursos. Los peajes de carreteras fueron suprimidos y las autoridades emitieron órdenes de desalojo para 11 condados con una población total de 6 millones. Tras Rita en 2005, Milton se convirtió en un ciclón tropical devastador y el segundo más intenso del Atlántico jamás registrado en esa latitud. Costó la vida a 30 ciudadanos en Estados Unidos y a tres en México.

     Aquí, con el drama de los desaparecidos vigente, el objetivo se centra en la reconstrucción. ¿Podrán dormir tranquilos los moradores de las poblaciones afectadas sabiendo que va a  quedar en manos de los mismos de eficiencia sobradamente demostrada? Y no nos engañemos. Si vamos más allá podemos encontrarnos con que una barbaridad vote a los responsables de los episodios registrados. De modo que de no estar dispuesto a soportar tanta ignominia diga se acabó y, en fin, dimita.   

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