Esperanza de vida

De vez en cuando el Instituto Nacional de Estadística suelta unos datos que te dejan patidifuso. Los últimos vienen a cuento de la esperanza de vida. Me he agarrado a ellos para respirar. Tres semanas de sobrecogedor impacto inicial, posterior angustia, dolor, mucho dolor y un volumen asfixiante de vergüenza ante la respuesta dada y la asunción de responsabilidades perpetradas dejan huella en todo bicho viviente. Bueno, en todo, no.

     Desde el momento actual hasta 2050, el número de centenarios en la zona mediterránea que habitamos se incrementará alrededor de un 400%. En enero de 2018, en todo el estado existían 11.204 mayores de cien años, una rareza casi, cifra que a mitad de la centuria alcanzará los cien mil afortunados -siempre que se encuentren razonablemente bien- con tres velas que apagar a su alcance. Las claves no esconden ningún secreto. Atesoramos unos medios a nuestro alcance con los que nunca se había contado en la historia de la humanidad proporcionando una calidad de vida al respetable impensable hasta no hace tanto. No sabemos lo que tenemos al disponer de esa asistencia del sistema público de salud con una cobertura universal y gratuita, cosa que en otros países más potentes y avanzados como es Estados Unidos -no quiero señalar- puedes pasarlas canutas si las necesidades del enfermo pasan a contingencias mayores. Los avances médicos se sitúan a la última y en el envejecimiento no ya es que se sea más activo es que el personal no para: anda, corre, nada, hace yoga… Quién nos lo iba a decir cuando amanecíamos con la resaca a cuestas.

     De ahí el sentimiento que azota al enfrentarse a los caídos en la riada que, a sus setenta/ochenta años, se encontraban en plenas facultades físicas y mentales con la visión puesta en viajar, leer, disfrutar con los nietos, bregar con lo que bregaban sacándole jugo a todo el arsenal de sacrificios acumulados. Si más allá de 2050 Mazón se convierte en centenario, felicidades anticipadas. Que lo disfrute.     

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