Una psicóloga ha compartido un vídeo en TikTok en el que anima a la audiencia a ver «Love actually» al menos una vez al año dado que «es casi una terapia emocional». Me he metido por el cuerpo un documental sobre la misma y con eso igual libero oxitocina en dosis apropiada. Almaceno muchas dudas.
Sí, porque veo otra vez al primer ministro Hugh Grant siendo descubierto tras la cortina en el colegio durante la fiesta de Navidad para asombro del patio de butacas y la cabeza se me va hacia quién daría la sorpresa en alguna de nuestras aulas, si el que no viene, el que no sale o el máximo responsable de la parcela educativa y se topa uno con que lo último en torno a Rovira es que los directores de la pública han condenado el desprecio con el que se ha conducido hacia una componente del colectivo. Y es una lástima. Aunque parezca arisco, le va el papel dentro del arsenal de historias cruzadas protagonizadas al son de la cinta en la que el amor se espolvorea por todas partes. De la mano de Diego Such, siempre ha estado por tender puentes. Acaba de dar una muestra en el contencioso sobre la devolución de Medicina a la Universidad de Alicante. Siempre tan neutral, tan ecuánime a la hora de posicionarse apretando hasta donde haya que apretar a quien no sea de la cuerda. Son muchos trienios en las alforjas dejando muescas de su leal saber y entender. No es Hugh Grant, pero es de la quinta y ahí sigue gracias a sus dotes interpretativas.
Innumerables son las secuencias llamativas que jalonan su carrera. La más sobrecogedora permanecerá lo que no hay en los escritos en la memoria colectiva. Corresponde a las horas cruciales condensadas a finales de octubre en las que se abstuvo de dar la réplica cuando terroríficos planos demandaban la intervención a fin de salir del marasmo y, en su lugar, optó por mantener un sonoro silencio. Hay que disponer de mucho cuajo. Pero es el estilo característico de la escuela a la que pertenece. Nadie a estas alturas va a decirle cómo ha de comportarse. Estaría bueno.