Despertad, queridos

Cada día salen más trabajitos sociológicos en los que se señala que a una cantidad considerable de jóvenes les mola Franco y que preferirían vivir en una dictadura en lugar del régimen en el que han crecido, que es mucho decir. Un buen número de las criaturas de los cincuenta, sesenta y setenta buscaron su identidad en libros prohibidos y gran parte de las actuales se alimentan de lo que ese filántropo que es Elon Musk y demás compañeros de viaje ponen a su disposición. Igual esto tiene algo que ver.

     En la brasileña «Aún estoy aquí -Oscar hace nada a la mejor película internacional-, se muestra el retrato idílico de una familia que vive en una casa grande de Río, con su jardín a diez pasos de la playa. Hay tan buen rollo entre padres e hijos que no puedes dejar de preguntarte si tú le prestaste tanta atención a los tuyos, si jugaste de ese modo con ellos. Pero pronto todas esas disquisiciones pasan al olvido porque una sucesión de sombras amenazadoras van cerniéndose sobre el paraíso creado por Rubens Paiva y por Eunice, según recogen las memorias de un hijo de ambos que ha dado lugar a la cinta. Rubens, diputado del Partido Laborista, se exilió tras el golpe de Estado del 64, regresó y también a la ingeniería, aunque mantuvo contacto con los exiliados y fue conducido a un cuartel militar, torturado y sus restos, arrojados al mar, nunca aparecieron. La recreación no necesita reproducir ninguna escena violenta para que el espectador abandone la sala tocado del ala.

     La inmensa mayoría de los españolitos de la época no tenían idea ni tampoco de que una buena cantidad de brasileños estuviera durante el arranque en contra de que su selección triunfase en el Mundial de México ni que Tostao, el 9, repudiara a su Gobierno. Tras los tanquetazos en América Latina solía estar la mano negra de Estados Unidos para evitar que la Unión Soviética ganara terreno mientras ahora se alía con Rusia al son que expande el baranda de X. Lo siento, muchachos, pero Franco hoy cazaría moscas.

Como diría aquel, ¡al ataque!

Como ya saben, desde que volvió el gachó, cada vez que te asomas a la actualidad te entra un soponcio. Un fallo de seguridad en los envíos secretos de estos mamarrachos ha confirmado lo que sienten por los europeos: desprecio. Continúas y te topas con otro pasaje de ciencia ficción. Resulta que Groenlandia pide apoyo ante la visita prevista de la pareja del vice con uno de sus hijos porque, viendo cómo se comportan, no se fían ni de que vayan de turismo un finde. Ignoro cómo se encontrará la inseguridad por aquellos lares pero saben que, en el caso de que a Usha Vance le roben el bolso, estos toman la isla. Además ahora resulta que el ínclito también se apunta. Paso página y es un no parar. Una jueza del tribunal de apelaciones que revisa el bloqueo de la Ley de Enemigos Extranjeros suelta que, bajo su aplicación, «los nazis deportados obtuvieron mejor trato que los venezolanos enviados hoy en día a El Salvador». A este ritmo del telele no nos libra nadie.

     Tampoco se les escapa que lo del incremento del gasto militar tiene a Sánchez y a la colección de socios bailando el aserejé: «Dejebe tu dejebere seibinouva/Majavi an de bugui an de buididipi/Aserejé, ja, dejé». Oyes al Gobierno consigo mismo o con buena parte del acompañamiento sandunguero y es calcado. Ahora bien, como el «jí parei» informativo no da tregua, dentro de este mismo bloque me encuentro con el apartado en el que se especifica que fondos de capital riesgo españoles de defensa prevén invertir más de 500 millones en el rearme. Pero pásmense. ¿Saben quién aparece en el centro de la imagen capitaneando uno de ellos? Pablo Casado. Como lo oyen. Creíamos que estaba «muerto» y no andaba ni de parranda. Lo echaron del mando, no chistó, sin puerta giratoria al uso utilizó su red de contactos orientándose a la ciberseguridad y la movida de Trump le viene que ni pintada. Su apuesta impulsa sistemas de sensores, inteligencia artificial y fabricación mecánica de alta precisión. Si ven a Ayuso cubrirse, no es para menos.

Un conductor de primera

Durante la travesía del puerto los arces salían al paso con las hojas espolvoreadas de nieve, pero fue una llamada para alertar sobre la muerte de Rafa Simón la que heló la vista. Y el ánimo ni les cuento.

     Mi abogado de cabecera era un jurista muy particular. Dirigirse bajo su tutela al palacio de Justicia podía convertirse a la hora de sentarse en el banquillo en algo similar a subirse de acompañante a un coche de carreras sin posibilidad de pilotarlo ni de bajarse en marcha. Y él, conociendo a lo que uno se enfrenta en cada sesión, iba tan seguro de sí mismo que cualquiera pensaría que comparecía sobrado. En una ocasión sacó a Zaplana y a Terra Mítica dibujando una figura hiperbólica que nada tenía que ver con el caso en cuestión y yo miraba a su señoría y pensaba «¡Nos van a detener a los dos!». Pero nada más lejos de la realidad. Montado en esa cabalgadura, haciendo uso de una exposición cargada de arabescos y expuesta a toda velocidad con una precisión que hasta al demandante supongo que lo dejaría a punto de entregarse, en mi presencia no perdió un solo caso. Pero, eso sí, a uno se le iba la vida en cada asalto.

     Una conducción temeraria  a ojos del incauto defendido solo puede acabar en divorcio o en amistad. Por si acaso era preferible optar por lo segundo. Y, sobre todo, porque con ella se abría todo un abanico de posibilidades. Que ibas a Londres, te decía que no te perdieras un concierto en St. Martin in the Fields y te recomendaba un restaurante indio del que salías levitando. Además de exquisito era un ilustrado. Más mitómano que madridista, que ya es decir, sus disertaciones sobre Tristán e Isolda podían durar más que el drama compuesto por su admirado Wagner. Pero es que se sentaba de introductor de Javier Gomá y no creo que este haya contado con muchos de esa altura, porque Rafa pasaba de los clásicos de la música a las ramas filosóficas con la naturalidad de quien casa la cerveza con las gordales dejándote sin palabras. Como estamos hoy los que tanto le hemos apreciado.

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De lo más barroco

Con dos meses de antelación, el 22 de enero en concreto, compramos entradas para dar un garbeo por el Sur y recalar en el festival de música antigua. La primera cita, concierto en torno a Bach a cargo de una formación de perlas y, la segunda, cantatas por un tubo pero en San Luis de los Franceses, una iglesia del XVIII en la que con solo poner los pies te transporta y zambulle con su halo virtuoso en la quintaesencia del barroco. En fin, todo preparado como habrán notado para, en plena entrada primaveral, degustar un genuino «boccato di cardinale».

     A continuación febrero se comportó y, tras decir adiós, se desplegó no una ni dos, sino tres borrascas denominadas Jana, Konrad y Lawrence a las que se ha unido una cuarta de nombre Martinho. Bonitos sí que son los apelativos, eso tampoco lo vamos a negar. Al parecer la razón de todo lo que ha caído estriba, según la meteoróloga Victoria Torres a la que sigo con fruición porque es muy didáctica y distraída, en un potente anticiclón de bloqueo situado en el norte de Europa, cerca de las islas británicas. Esto determina que las borrascas circulen por una latitud más baja, que es la nuestra, lo que deriva en que le estemos robando el agua a Irlanda y a otras cuantas demarcaciones. Lo único, Dios mío, que nos hace falta, que estalle otro conflicto.

     Y aquí me tienen informándome a través de todos los chismes habidos y por haber sobre la idoneidad para adentrarse en terreno desconocido. Acabo de presenciar la esforzada tarea de unos guardias por rescatar el cadáver de un motorista arrastrado por las aguas de un río y el testimonio de un hostelero cuyo chiringuito ha volado, ambos en el trayecto previsto para empaparse de las obras del compositor del arte del contrapunto como la alborotada previa del encuentro indica. Lo mejor es lo de los pantanos, aunque algunos están también de los nervios. Y tiene pinta de que los frentes abiertos seguirán las dos próximas semanas. Pero, bueno, tranquilos. Enseguida viene la Semana Santa.

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El hombre que nunca se fue

Mi padre asomó la cabecita y a su tiempo otros cuatro hermanos. Y lo hizo dentro del hervidero de una animada urbe cuyo centro andaba tomado por borricos y los designios por otros tantos, en este caso con menos patas y cabeza no digamos. La familia vivió décadas, y dando gracias, en casas que no pasaban de tener cocina, dormitorio y un eufemístico salón incluso en fechas en que las criaturas se transformaron en bigardos. Así se comprende que cuando a los catorce años, nada más dejar paso la guerra a una amplia temporada de armas tomar, el crío se colocó de ordenanza en el Hispano Americano se celebrara por todo lo alto de haber podido. Pero se disfrutó igual.

     El chaval fue escalando posiciones hasta convertirse en el eje del área de Cartera, inmerso en el estrés de cuadrar cuentas. Ahí, en el enclave de la cárcel en la que siempre se dijo que Cervantes empezó El Quijote pero donde no debió escribir una sola línea en medio de la jauría de plebe amontonada, pasó mi padre cuarenta y tantos años de su vida. Con una planta el mozo que para qué puso dirección al extrarradio a fin de conquistar metros cuadrados a los que habría que añadir los del 3º D porque entonces la vecindad era un grado. Hoy lo cuentas y te toman por loco.

     Ni él ni ella tenían carné de conducir ni salieron al extranjero. A la playa y la pinada, a bordo de amigos y con que los tres se empaparan en clase de todo lo que a ellos se les escurrió, objetivo cumplido. En el timbre el Ocaso ponía la nota fúnebre y el Círculo de Lectores abría compuertas, junto a la colección de Salvat, tras  el periódico que llegaba primero. Con los de la nevera y el tocata, ya estaban los alimentos servidos. Para que no faltasen mi padre se dio al pluriempleo empuñando dos paquetes diarios de Cheste sin boquilla. Eso condujo a que su semblante adusto con fondo guasón se consumiera antes de tiempo perdiéndose el resopón listo para ser saboreado. Me he tomado la licencia de rendirle tributo ante ustedes en el centenario de su nacimiento. Qué menos.

El arreón insano

Cuando por las cuatro esquinas se rememora la entrada en vigor del confinamiento aquel, la imagen con la que tropiezo es la de un poli sujetando del cuello a una enfermera en el afán de ofrecer unas instrucciones básicas para defenderse ante el incremento fino filipino de agresiones que viene sufriendo el personal sanitario. Vale que no salgamos al balcón a aplaudirles, pero hombre…

     A mi padre le hacía tilín que hubiese estudiado Medicina, pero el día que la puerta de un bus le espachurró los dedos a mi primo Jesús y el que se desmayó al ver lo sucedido fui yo comprendió que su deseo tenía poco recorrido. Creo que lo que pretendía en el fondo es que me convirtiese en su especialista particular porque no sabría decir si alguna vez fue al médico. Yo sí y a mucha honra. Tengo ya una edad y ni una sola queja. En Atención Primaria disfruté durante muchas temporadas de todo un profesional comprometido hasta la médula como es Blas Cloquel. Cuando vino la pandemia llevaba tres años jubilado y no conocí a su sustituto porque gracias a la arritmia debuté en el hospital y, por mor de alcanzar los sesenta, fui de planta en planta hasta doctorarme con un par de intervenciones o tres nada despreciables. El caso es que, al venirse encima lo que se nos vino, recurrí al de cabecera que ya no era ante el tembleque causado por tocarme en el sorteo la de Astrazeneca o para corroborar cuánto debía aguardar para visitar a mi madre tras ponerme la segunda dosis. Llegué por los pelos, pero lo hice antes de que dijera adiós. El de familia que me ha tocado en suerte hoy en día se llama Serrat. Con eso lo digo todo.

     Por eso cuando, por mucho que falle el sistema y aunque la mayoría se muestre comprensiva con ciertos déficits de atención, te echas a la cara la cantidad de amenazas, coacciones y ataques con las consiguientes secuelas que padece personal destinado a velar por tu salud en unas condiciones de presión de la que cada vez es más difícil evitar contagiarse, uno concluye que, joder, ya hay que estar enfermo.

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Lo que está por venir

El auto de la jueza de Catarroja empujó a Mazón a contravenir una vez más las sugerencias del jefe y no solo es que se dejara ver, sino que se lanzó al ruedo entre cámaras y micros: «Nos hemos enterado a través de los medios de comunicación y por tanto habrá que analizarlo y de cualquier modo no es firme. Total respeto por supuesto, faltaría más, y total colaboración como evitar cualquier valoración, que la puedo tener y me la voy a reservar».

    Detonó sin concesiones el quid de la cuestión, certificó que nadie de su asistencia jurídica se ha planteado la personación deslizando, pues, que no tiene la menor intención como era fácil imaginar de aceptar la invitación de la magistrada para acercarse a dar su versión de lo acontecido. Lejos del estrado, sí: «Yo estoy muy seguro de que la Generalitat actuó con la mayor diligencia. En cualquier caso lo que habrá que hacer cuando llegue esa notificación es, con total respeto y con la máxima colaboración, responder a lo que la jueza pueda requerir aunque mi opinión personal me la voy a reservar». Segundo toque de atención en escasos lances a la titular del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción 3, Nuria Ruiz Tobarra, siempre con total respeto y la máxima colaboración faltaría más. La exconsellera de Justicia e Interior sí que habrá de acudir a la citación como investigada al igual que Argüeso, su número dos, si es que en esta ocasión alguien da con él. Salomé Pradas ya ha adelantado que estuvo atendiendo a las funciones que le correspondían por lo que solo quedaría por desembrollar qué entiende ella por eso o si en realidad lo que sugiere es que otros no pueden decir lo mismo por mucho que estén aforados.

     Conociendo el modo atávico de proceder del personal en el ojo del huracán lo inquietante es que solo se oigan alabanzas de la instrucción y no se haya filtrado ni un pie del que cojee la autora de la misma o se deslice la verdadera prueba de cargo y es que en el pueblo todo el mundo sabe que ¡Nuria es sanchista! Debe estar al caer. Dense prisa que se echa el tiempo encima.

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Las flatulencias

Llegaba de Cehegín y se encontraba en Lorca donde las imágenes de ramblas desbordadas volvían a poner de manifiesto que estos fenómenos han venido para quedarse. López Miras ensalzaba la actuación de Aemet, de la unidad de Emergencias y de los Cuerpos de Seguridad del Estado. A la mañana siguiente era el alcalde de esta última localidad quien ofrecía el parte. Y como ellos, guardianes a porrillo de la cosa pública desde esos lindes hasta la Vall de Uxó y más. Para ninguno ha existido otra historia en el pórtico del fin de semana y en este propiamente dicho que estar pendiente de las crecidas y de actuar. Por lo que a comer se refiere ni acordarse.

     Estoy convencido de que la gran mayoría habría actuado con la misma diligencia en cualquier circunstancia, pero resulta complicado evitar pensar que el efecto Mazón no haya jugado un papel de activación. Esto nadie se lo puede negar. Él mismo suspendió la agenda de una tarde ante el temporal menos bravío que el de octubre, se desplazó al Centro de Coordinación de Castellón sobre las cuatro aunque no pertenece a él para hacer seguimiento tardándose ná y menos en enviar la alerta roja de Aemet y se mantuvo presencialmente al frente del operativo hasta pasadas las once de la noche. Un día antes se habían cerrado no solo las universidades, que suelen ir a su bola ¿verdad, presidente?, sino más de 1.500 centros educativos en ciento setenta y tantos municipios, además de suspenderse las citas médicas, la entrada en museos e incluso la actividad parlamentaria, aunque de esto francamente ni nos dimos cuenta.

     Aseguran que el mandatario del Consell ha recibido consignas para que se deje ver menos. Que no se exponga tanto. Y pueden llevarse de Valencia el congreso de los correligionarios europeos para que no les salpique la marea. Pero aunque esto no sea plato -con perdón- de buen gusto, Mazón hará lo que ha perpetuado desde el primer día. Levantarse de la mesa, lavarse las manos y encarar una memorable digestión. Eso sí, entre eructo va, eructo viene.

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Cuerpos sin entrañas

El presentador salió del cuerpo de Demi Moore y hubo de volver a meter el brazo en busca de un zapato. La actriz se quedó destrozada, pero por ver pasar de largo la estatuilla. Los académicos igual entendieron que así le ahorraban más tute después del que la mujer llevaba ya encima.

     Nada más coger su sitio, Conan O’Brien encadenó el rosario de bromas. Tiene todo el derecho. Tras un porrón de años en la cumbre al frente de un late-night, hoy tiene un podcast. Con el estado en el que se hallan los medios tradicionales, cualquiera se ríe. Así que Conan no paró. Certificó que Karla Sofía Gascón se encontraba en la sala: «Si vas a tuitear sobre los Oscar, recuerda, mi nombre es Jimmy Kimmel». La controvertida Emilia Pérez se delató al dejar patente su interés por saber quién era ese, que no es sino otro Buenafuente anglosajón en el que refugiarse cuando Andreu está ausente.

     Uno de los que más disfrutaría con lo sucedido en el Dolby fue Abascal. Disculpen la brusquedad, pero es que la tropa jolibudense apenas si le tocó un pelo a Trump. El que no se llevase distinción alguna el actor que lo representa ni el que coge el testigo del abogado influyente y extorsionador a cuyos pechos se crió  puede entenderse igualmente como una concesión porque el coaching de Zelenski tampoco debe estar muy contento con el ambiente cargado que recrea el biopic. Lo contrario a la intervención de la pareja ganadora al mejor documental, un chaval palestino y otro israelí quien aseveró que «la política exterior de este país ayuda a bloquear el camino que acabe con la injusticia y la limpieza étnica».

     En medio de la que está cayendo, se recurrió a Cuando Harry encontró a Sally para cerrar con la peli coronada. Junto a Meg Ryan, el otrora anfitrión Billy Crystal hizo una ligera inclinación, subió una especie de turba, le arrebataron la figurilla y  forcejeó para hacerse invisible. Es la vida, desengañémonos. Y, por tremendo que sea el documental, pensar que traerá la paz es mera sustancia del cine: soñar despiertos.