El seguidor de «L´Estaca»

Lo retrata  Irene Lozano, lingüista, escritora, periodista relacionada con multitud de cabeceras, autora de no pocos editoriales en alguna de ellas, animosa interviniente en la cosa pública desde sus días en upeydé hasta coquetear con Ciudadanos y acabar en puestos de relumbrón dentro del universo Sánchez. En esta ocasión ha cogido por banda a uno de nuestros clásicos de quien, junto a otras veleidades, remarca que entre sus músicos preferidos anda Lluís Llach. Naturalmente hablamos de González Pons.

     En su memoria se activa el día en que quien fue abanderado de la Nova Cançó catalana actuaba en el Grec, la trola que metió -en este caso a sus padres- para saborear Vinyes verdes vora el mar y el resto del repertorio sin que le importase dormir al raso en la plaza de Catalunya, aunque admite que el concierto con el que alcanzó el «límite emocional» fue en el último que dio Moustaki cuando, afectado por una enfermedad pulmonar, enmudeció y el público acabó el recital por él. Dentro del relato se trasluce su emoción.

     Está claro que para ser considerado un verso suelto hay que trabajárselo. Sí, porque nada más iniciarse este año el nuevo mandato en la Casa Blanca, el vicesecretario institucional del pepé tildó al propietario de «ogro naranja» sin por ello dejar de añadir que «se ha proclamado macho alfa de una manada de gorilas» y que «será un emperador, pero no el fundador del imperio. Su poder se fundamenta en el caos circundante». No hace falta agregar que le asistía toda la razón, de ahí que la dirección de su formación se desvinculase y se pusiera de perfil que es como sigue.

     Y donde dice Trump se puede poner a Junts o a Mazón para repasar la singularidad de un hombre para quien una de las obras imprescindibles es «El contrato social» de Rosseau; en teatro, Lorca; en novela, Eduardo Mendoza y, en plan compositores, Aute y Sabina. Como él mismo ha repetido bajito en numerosos encuentros, «no sé que hago yo en este partido». Pues igual va siendo hora de saberlo, Esteban.

La otra cara de la moneda

Más de un cuarto de siglo después la gala de los Goya vuelve a Cataluña. En aquella edición de 2000 Pedro Almodóvar felicitó al entonces príncipe Felipe arrancando el cumpleaños feliz y los dineros del rey que salieron a colación fueron los de las piezas de colección de la moneda conmemorativa del quinto centenario de Carlos V con el retrato de Juan Carlos I en el anverso. Otra película.

     Por las puertas abiertas, veinticinco años atrás Barcelona se regó esa noche con el casticismo universal de Todo sobre mi madre, las convulsiones políticas y las pasiones emponzoñadas del Goya en Burdeos de Carlos Saura y el aldabonazo de sencillez, quejío y ternura para despedir el siglo de Solas propiciada por un chaval de Lebrija llamado Benito Zambrano. Productos frescos de temporada con una puesta en escena en la que creadores y comediantes buscan el refrendo académico para paladear con deleite el reconocimiento, hacerse fuertes en el oficio y a ser posible azuzar taquillas necesitadas, cuya celebración desapareció del mapa, al igual que otras desprogramaciones con acento hispano en la chistera, en cuanto el mando en plaza convergente y de radicales alianzas posteriores con chungos vericuetos hicieron que, al atravesar el Ebro, la cosa se hiciera difícilmente navegable para españolitos que vienen al mundo los guarde Dios.

     Un tiempo en el que, miren por donde, ha ido tomando cuerpo y de qué modo La Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña, la Escac, privada ella, reconocida internacionalmente, en la que se han graduado desde Bayona a Mar Coll pasando por Kike Maíllo entre el selecto puñado y en la que el fruto gira en torno a producciones e interpretaciones majas en historias con corazón que disponen de una factura reconocible y que da gusto verlas. En medio de estas realidades contrapuestas los organizadores de los próximos Goya tienen por delante el reto de plasmar normalidad. Y si además dan con la tecla de una puñetera vez y hacen la gala digerible, que no la saquen de allí.

Se agradece el calorcito

Me encuentro ante la pantalla en blanco debatiéndome entre la pesadilla en que se ha convertido acceder a una vivienda digna o bien fijar la atención sobre las deficiencias en lo que a la supervisión de los centros educativos se refiere cuando el chisme me pone en alerta. El Juzgado de Instrucción número 3 de Madrid ha imputado por primera vez a altos cargos del Gobierno de Ayuso por las muertes en residencias durante la pandemia, en concreto a los responsables de los protocolos que limitaron el acceso al sistema hospitalario de quienes allí vivían. A Ana Rosa, que está en directo emitiendo sus juicios de valor al hilo de la actualidad, y a su equipo también le ha debido saltar la alarma. Enseguida se coloca el aviso del asunto que preparan para poner a continuación: «Antonio Tejadillo, al banquillo. El juez considera que fue el autor intelectual del atraco en casa de su tía María del Monte». Ya ven. En la variedad está el gusto.

      Es lo que hay cuando, como bien saben, las familias de las víctimas no han dejado de querellarse ni de soltar sus desgarros por las condiciones en la que los suyos se fueron de este mundo en medio de lo que entienden fue una flagrante denegación discriminatoria de asistencia sanitaria. Estiman que había vías de sobra empezando por los traslados a hospitales. Los investigados como «autores intelectuales» y firmantes del protocolo, llamado de la vergüenza, son Martínez Peromingo y Carlos Mur. El primero es geriatra en la Jiménez Díaz y, el segundo, psiquiatra en Andorra. Poner distancia ha puesto. Ya veremos.

     Además hay que recordar que a lo largo de todo este duelo los afectados han contado con el calor de la presidenta de su Comunidad. En lo que va de año se ha volcado asegurando que le parece horrible «extraer a toro pasado lo que dijo el primo del amigo en un momento y lo que pasó en una residencia de una manera anecdótica», después de espetar «siempre están criticándonos con lo mismo, siempre con las mismas mierdas». No hay duda. ¡Qué bien! ¡Qué bien viene la compañía de Isabel!

El desvarío del «guan point»

Se ve a Franco apuntar a la presa, aunque la comitiva ya tiene las piezas preparadas en un matorral. Después comenta: «Ahí fuera nunca nos han querido, ministro» y, al señalar Fraga que eran 15 millones de turistas los que habían venido, el caudillo replica: «Sol y playa sí les gusta, pero luego magnifican algaradas de tres universitarios trasnochados. Mire, lo hablaba con Carmen. Ella es aficionada al festival ese… sí, el de Eurovisión. ¿Cuántos años llevamos yendo? Y no ganamos ni con Raphael», ante lo que el titular de Información y Turismo se atreve a exponer: «Es que son muchos países con muchos gustos». «Pues eso es lo que yo digo. Si nos quisieran ganaríamos alguna vez, ¿verdad, Sáez», a lo que el mariscal de campo agrega: «Seguro que el ministro lo arregla». Así arranca «La canción», serie cortita y pegadiza -también actúan los grises- sobre las vicisitudes que atraviesan los encargados de plasmar la orden con el «La, la, la» para complacer a doña Carmen. Eso sí, Massiel se negó a que el marido de esta le impusiera la Cruz de Isabel la Católica, más Serrat que los había dejado tirados por el catalán. Al menos un mes después aquello del Mayo del 68 fue en París.

      España solo ha alcanzado el entorchado en el certamen bajo el régimen del 39 y el portavoz nacional de Vox calificó el mismo lunes de «muy mala idea» politizarlo. Dí que sí, pero frena que igual no llegas al próximo. Diseccionando Europa, Muñoz Molina escribe que «igual que nos toca defender lo ganado tenemos que denunciar lo injusto, lo indecente, lo que desmiente los propios ideales europeos»… y, ya de paso, que por esa cita transfigurada de la canción en el planteamiento y resolución no campe a sus anchas alguien como Netanyahu. En su exposición, el escritor de Úbeda parte del complejo colectivo de inferioridad cuando más allá de los Pirineos nos miraban por encima del hombro. Pero no podemos quejarnos. Hoy nos codeamos con cualquier país gracias a que hacia el final lo único que ató bien atado el baranda fue Eurovisión.

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Conjuntos modélicos

Cuando vi a don Felipe y doña Letizia avanzar por el campo de concentración de Mauthausen en el 80º Aniversario del fin de la II Guerra Mundial entre algún que otro grito de «¡Viva la República!» en medio del sentimiento encendido de que el Estado debería pedir disculpas porque la responsabilidad de éste ante la complicidad perpetrada entonces no desaparece, la cabeza se me fue al viaje que emprendía Trump con el cometido de hacer negocio en países del Golfo -Pérsico me refiero- y en la posibilidad por esas cosas que tiene la vida que es tómbola, tom, tom, tómbola de que se topara en compañía del jeque más siniestro del contorno al emérito arruinando de ese modo el esfuerzo del hijo de darle a la Corona otra capa de barniz. En esta ocasión los monarcas en ejercicio debieron congratularse de que el abuelete solo estuviera pensando en Sanxenxo, sus regatas y el marisco. Lo único es que al final soltó eso otro de que «hace mucho que no voy a Santander» por lo que es posible que en las próximas recepciones de La Zarzuela solo haya anchoas.

     Es lo que tienen las familias de la tele: que cuando se besan es que no se pueden aguantar. González Pons debe estar a punto de hacerle una caricia al presidente de la Generalitat tras ser el elegido para dejarlo en evidencia desde Bruselas con tal de adornar los remaches que sujetan el cajón del cadáver hasta que hallen el modo de sacarlo de escena. Los de Sánchez, en cambio, le han cogido el tranquillo a las cámaras y ahí cualquiera es el guapo que se salta el guión, salvo que seas Page. Lo que le preocupa a la prolífica prole es que le reenvíen un guasa del jefe.

     Pero la que parte el bacalao aquí es Belén Esteban. Se vio venir la tostada y, antes de que en la pública sacaran la motosierra, dejó a su modélico grupo a cuadros: «No quiero estar en este programa. No soy la que quiero ser. No me aguanto ni yo». Comparada con miembros del resto de familias que componen la selección española es la única que mantiene la iniciativa. Como para que rescaten «La clave».     

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Un mayo de lo más florido

En el caso de que se convocara una recepción inesperada en el Vaticano de León XIV a Sánchez la clave estaría en averiguar si, tras tocar diversas cuestiones, le ha puesto diez Padrenuestros y cinco Ave Marías por referirse de ese modo despectivo a sus colaboradores menos estrechos o si en realidad lo que ansiaba su serenísima santidad era que le detallase el arte de supervivencia que practica de la «a» a la zeta. Con una semana de pontificado a las espaldas no sería de extrañar que más bien se haya interesado en lo segundo.

     Por si acaso se producía una eventualidad de estas características, Feijóo salió de inmediato a la palestra para advertir que «vamos a pasar del cónclave del Papa al cónclave del pepé». Pero en cuanto al morbo que puede deparar una colección de guasas del mismo que viste y calza con Ábalos o del que calza lo que calza con Bendodo es que confesémoslo: no hay color.  ¿Qué interés puede despertar una ristra de mensajes del aspirante galaico si el hombre está tragándose entero a Mazón cuando no hay Dios que lo trague? Los exabruptos inferidos por el inquilino de la Moncloa al ramillete de díscolos es algo que la mayoría del personal avezado barruntaba solo que al verlo blanco sobre negro corrobora que el modo de conducirse del ínclito en el interior está algo alejado del yoga. Susana Díaz ha tardado dos segundos en lucir cara de mártir y refrendar que se lo hicieron pasar canutas, aunque habría que escuchar a sus opositores del pesoe andaluz para ver la cancha que ella concedía. Es lo que identifica a buena parte de quienes alcanzan poder de tomo y lomo: ejercerlo con puño de hierro. Para lo que, evidentemente, hay que servir.

     La prueba es que por disentir de ciertos gestos el galán dijo años atrás de su ministra de Defensa que «es una pájara» y ella salió del consejo de ministros en este mayo florido con la consigna de sonreír ante las cámaras cuando le diesen el alcachofazo que iban a darle y es lo que hizo. El obispo de Roma lo tiene decidido y sobre Pedro edificará su iglesia.

El toque de distinción

Nos hallábamos en una cafetería enzarzados con amigos en la habitual conversación encendida cuando, tras unos compases de repiqueteo, es Rosa la que nos baja del guindo: «Chicos, que hay Papa». El eco de campanas fue aumentando y constatamos que enterarse por tan tradicional procedimiento tiene su punto. La iglesia que nos acercó la buena nueva antes que la factoría equis de Elon Musk es Santa María de Gracia, nada menos que el título más antiguo en el culto mariano de la orden agustiniana a la que, como ya sabe todo quisque, pertenece León XIV. Como mínimo nos ha tocado la pedrea.

    No sé si sería cosa del destino o la mano de Dios quien pocos minutos después nos puso en presencia de Albert Boadella. Si durante el torrente de trazos sobre la presumible identidad del pontífice ha sobresalido la calificación de poliédrico debido a su vasta formación y la multiplicidad de actividades, qué voy a contarles sobre el enjambre que arrastra el creador de Els Joglars y ex emperador de Tabarnia. Alguien que ha fustigado con sátiras de lo más guapas a Pujol, a la maquinaria que puso en marcha y a otros seres del universo próximo, no por ello deja de apreciar en el reciente montaje «El rey que fue» en torno al emérito la vida repleta de contrastes y lo extremadamente complicado que para él resulta ser heredero al trono. Nunca ha hecho Shakespeare convencido por razones de sobra contrastadas que lo suyo son las «boadellas», aunque en parte se metaboliza en el dramaturgo inglés convencido de que hoy a este le habría seducido más el Borbón del Golfo Pérsico que los monarcas que retrató.

      Albert ha contado con el toque de distinción de transferir a los actores el alma del personaje y clavarlo incluso sin que físicamente tuviesen nada que ver hasta lograr combinar lo disruptivo con la salvaguarda de la tradición. Para la puesta en escena que aguarda al Papa a la hora de tender puentes como pretende a ver cómo se las maravilla. Es posible que el Espíritu Santo recurra de entrada a un coaching.

Mirar y ver es la cuestión

Me he sumergido en la muestra fotoperiodística de un año revolcado en un otoño siniestro por la fuerza de la dana y por el desasosiego que se perpetró. Pero los diseñadores de la exposición han tenido el acierto de rodear de vida por todos lados el destrozo de aquellas primeras jornadas con lo cual el impacto de la gran herida es incluso superior. Porque, por mucho que cueste afrontarlo, el día a día se impone.

     A veces los cazadores de las secuencias que nos rodean remarcan ángulos extraviados que anticipan lo que está por venir. No es chamba, son las horas dedicadas a patearse la calle y la contrastada percepción de que, por difícil que parezca, en este territorio nuestros clásicos son capaces de superarse. Si no no se explica la instantánea captada en febrero del 24 y el ojo de detenerse para disparar al paso de la comitiva quedándose con ese encuadre y no con cualquier otro. En él caminan por el bulevar el tal Mazón con la consellera Salomé Pradas atendiendo es de suponer a las explicaciones del alcalde de turno y aparecen semi reflejados en el cristal de un comercio en el que, sobre la silueta de un astronauta, clama un llamativo artificio de venta: «Houston, i have so many problems…». Transcurridos unos cuantos meses no hace falta que les diga quiénes no pueden salir del escaparate.

    El recorrido completo acoge el desbordamiento solidario con estampas que sobrecogen junto al arraigo de tradiciones desparramadas por múltiples rincones y otras pasiones como vivencias en torno al esférico, destacando lo acontecido alrededor de la final de la última Eurocopa con España e Inglaterra en el frente. El gesto pescado por el «clic» en la zona guiri de Benidorm es de campeonato. Presenta a un hooligan sobre la muchedumbre con el culo a la intemperie pegado a la cara de asco de una señora. No se me ocurre una metáfora mejor para la más sucia por dentro de las prácticas deportivescas que vuelve loco a medio mundo y parte del otro. Y de ese modo, con semejante tino, quedamos retratados los que faltábamos.

El desparpajo del matador

Morante salió el jueves festivo con ganas a la Maestranza y la gente se daba codazos por comprobar si esta vez sería posible. Los veteranos de la plaza tienen ya buena parte de las extremidades en carne viva porque son los mismos que se acercaban a embelesarse con el paseíllo del Faraón de Camas que, en el noventa por ciento de las tardes, era lo único que les ofrecía Curro. Solo eso, pero ¡qué manera de envolverse en el capote! El de la Puebla se ajusta una montera dieciochesca que, según los académicos, es el único que puede llevarla. En esta ocasión la cara tampoco desentonaba. Anduvo aseado con el primero y aguardó bien pertrechado al segundo. La afición que, a estas alturas de la controvertida tradición tampoco está para muchas exigencias, sembró los tendidos de petición de trofeos. Mientras la presidencia se hacía de rogar, acérrimos del diestro desplegaron una pancarta que iba más allá: «Habemus Papam».

      Para este sector de creyentes el cónclave quedaba resuelto antes de arrancar y a un carro similar se subió en la misma jornada Santiago Abascal quien, tras la multa de cerca de un millón de euros a su formación por financiación ilegal, acusó de prevaricación a los consejeros del Tribunal de Cuentas, se empleó a gusto con el Gobierno y con ese desparpajo que lo contempla despachó la faena de los tejemanejes que se trae dándoselas de matador sin reparar en las costuras que asoman. Presume de hablar poco porque no puede piar demasiado pero, cuando se luce, aprecias lo bien que sienta su mudez.

      Lo de Morante es hacia dentro, pero en una campaña electoral invitó a Abascal a su finca: «Cuando empecé no recuerdo movimiento animalista alguno y yo era un orgullo para mi pueblo. Al cabo de 25 años se ha vuelto muy difícil y por eso la ilusión de Vox y de Santiago. Es una esperanza no solo para el mundo taurino, sino para los que viven de las costumbres de su país». Con eso de las costumbres lo clavó, maestro. Solo que a quien se llevó a una tienta, las que le tientan son las que le tientan