Aún me duele el esqueleto tras el in crescendo de las horas de tensión acumuladas. El primer set lo seguí acompañado por uno de nuestros hijos al que ya de noche le puse: «Viendo historias de este calibre aquí solo en el sótano cualquier día me quedo en el sitio», a lo que enseguida respondió: «No te preocupes, te embalsamaremos en condiciones». Pero hay quienes debían andar peor. En una cabecera de cierto lustre tropiezo con un titular a todo trapo: «¿Quién es Carlos Alcaraz González, el abuelo del tenista que acaba de ganar la final de Roland Garros? El hombre con gafas y una bufanda con los colores de España». La foto revela que a quien se señala es al presi de la Federación Española en el palco de autoridades. Pues bien, 48 horas después el bloque informativo permanece inalterable. Posiblemente los miembros de la web estén embalsamados.
A sus 66 tacos, mi adorado McEnroe sigue dando juego. Uno de los dos diarios deportivos madrileño echa gasolina vendiendo que «incendia el mundo del tenis» al meter al campeón mallorquín por medio de lo visto el domingo en París. ¡Pero, por Dios! Si lo que ha venido a decir es que ambos podrían ganar a un Nadal en su mejor forma… Es tan sensato que no parece ni propio de las travesuras de John. Lo único es que está visto que comparar distintas épocas atléticas no tiene sentido. Santana, Rod Laver y otros cuantos disponían de muñecas sublimes, pero esta generación compuesta en buena parte por titanes te la doblan sin contemplaciones.
Además observan un trato exquisito con adversarios y jueces en los trances más angustiosos. A McEnroe le deben salir ronchas. Alcaraz tiene siempre tiempo para facilitar la tarea a los recogepelotas acercándoles la bola en medio del estrés. Lo contemplas y alucinas. Si hay que intentar ganar sufriendo se hace. Pero lo que le gusta es disfrutar. Se divierte como un niño chico y te lo hace pasar pipa. Yo me había retirado de las citas a cinco sets, pero aquí me tienen preparando Wimbledon. Y a la polarización que le den.