Amanece nublado. El tono aplasta. En Edimburgo estaríamos ante la pinta de más de trescientos días al año. Pero aquí ese medio bochorno vuelve el cuerpo del revés. Previsión de lluvia con probabilidad de aparato eléctrico. Es 29, claro.
Por las ondas llaman a la alcaldesa de Catarroja. Las comparecencias se reproducen. Las huellas están ahí. Borrarlas es todo menos sencillo. Tiempo después de la catástrofe a Lorena Sirvent no se le ha ido el pesar por la garganta. Sufre al describir el panorama. Conoce de sobra la situación, pero le cuesta decirlo de corrido. Lo que se ve a simple vista y lo intangible. Resalta el acuerdo al que se llegó con el Colegio de psicólogos. Hay tratamiento para todas las edades. En la Ebau, los chavales de la zona afectada han sacado en general las peores notas de los alrededores. Es lo que más preocupa, la reconstrucción interior de las criaturas así como de sus progenitores y demás parentela. La otra, la externa de la que tanto se habla, la que se pone como paradigma para darle la vuelta a la tortilla de una carrera política que de manera inaudita ahí sigue, se mantiene manga por hombro según el relato. Lorena detalla que tienen más interlocutores que medios; que han de hablar con cada conselleria cuando lo que se precisa es establecer una prioridad en las obras a acometer y que se les suministren técnicos expertos en este tipo de mejoras o arreglos de los que el municipio carece. Produce reparo profundizar en el operativo desplegado por la administraciones potentes y en la coordinación llevada a cabo porque puede darnos un siroco. Con lo que se divisa si miramos hacia el exterior de nuestras fronteras, nos sobrepasa el caudal de espanto.
Aún bordándolo, superar lo ocurrido tiene un tocao. Da la impresión que nos encontramos lejos de poner los corazones en pie como Dios manda. No es que nos sorprenda, es que hiere. Y de ser así, ya va siendo hora de cumplir a todos los efectos. Son nueve meses y duele no tocar con los dedos el renacimiento.