La simbología de los céntimos

Don Juan de Borbón entregó el hijo al caudillo mientras él deambulaba por el exterior renegando de todo lo que emanaba el régimen. En el momento crítico de la muerte de quien lo adoptó el mozo entró en escena siendo un desconocido para el gran público, pero ya había labrado un caminito apoyado en Manuel Prado y Colón de Carvajal cuya misión era fraguar su fortuna. A modo de explicación de tales prácticas suele adjuntarse como especie de atenuante lo mal que lo pasó en la infancia esa familia. El mismo Juan Carlos relataba en una entrevista que su madre en Italia tenía que pedir prestado para pagar el alquiler. Esto conllevaría el propósito inequívoco de ponerse a cubierto ante cualquier eventualidad. Y se aplicó. No todo iban a ser borboncitos.

     En octubre del 73 estalló la guerra de Yom Kippur. Una coalición de países la emprendió contra Israel, quien tardó poco en reprimir las ansias con el general Sharon haciendo la envolvente tras cruzar Suez. Los árabes convencieron a la Opep de embargar el petróleo y, conocedor de que el príncipe había cultivado relaciones a base de bien en el Golfo y Emiratos, Franco le transmitió que a ver si se podía sortear la contingencia. Y aunque vinieron periodos de pasarlas canutas, nunca faltó suministro. Colón de Carvajal lo arregló gracias a las buenas relaciones del mentor con la monarquía de Arabia Saudita. Tan buenas que por allí anda.

     En agradecimiento, Franco autorizó al heredero a cobrar unos céntimos de comisión por cada barril -cientos de miles- que viniese desde donde hoy reside. Como diría un clásico, ni pedir ni rehusar. Con posterioridad ha ido descubriéndose que posiblemente aquel fuera el último contacto con los céntimos. Pero no le resta trascendencia al paso dado. Viendo los casos de aprovechamiento que se reproducen en las principales formaciones antes de traspasarse el timón, lo que hizo su majestad fue preparar la Transición en todos los terrenos posibles. Y subyace cierta ingratitud en no reconocerle el mérito.

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