Tuve la potra de meter la cabeza en un periódico poco antes de iniciar la carrera. No estoy con ello menospreciando los estudios. En absoluto. Es más, recuerdo con veneración las diatribas en Historia del pensamiento político impartida por alguien que se convertiría en alcalde de una urbe de setecientos mil habitantes. Bajo su tutela surgían cruces dialécticos de lo que no era sino el germen de una polarización de la que hoy disfrutamos. Empaparse de ideas contrapuestas es el lujo.
Al dire lo metieron en la trena por publicar unos movimientos estadounidenses en la base de Rota que puso a Exteriores de los nervios. Meses antes, en octubre del 74, detuvieron a otro por entrevistar a Felipe. Turnos de guardia anticiparon la muerte por excelencia con la incertidumbre de lo que supondría. Un colega fue secuestrado en la puerta del diario por hermanos de su ex para darle una paliza. Nos saciábamos de teoría en el aula y, en la redacción, de realidad. En el examen final de Sociología de 3º me dormí. Pedí ir al aseo, tomé un gintonic y el tema que era El cambio social se rindió a las burbujas y a las lecturas y discusiones hechas por mi cuenta. También caímos rendidos ante Tierno en un mitin con cargas de profundidad bienintencionadas. ¡Ay, profesor!
Noelia Núñez ha visto cercenada su carrera política por aparentar. Es de los pocos casos que en esta especialidad han caído a las primeras de cambio. Difícilmente vas a saber quién eres si no eres quien dices ser, lo que suele llevar aparejado falta de consistencia para lidiar con el nido de víboras en el que desenvolverse cuando te han aupado de forma vertiginosa. El patrón acababa de incluirla en la cúspide de la organización por la pegada en TikTok para lo que la vida te demuestra que tampoco era sustancial inventarse un currículum jondo. Génova ha ensalzado la ejemplaridad de Noelia. Aprovechando la circunstancia pensó en recalcar que resulta absurdo pedir la dimisión de Mazón porque su licenciatura en Derecho es fetén. La gente, que no aprecia lo importante.