Irrumpió Silvia Intxaurrondo en medio del fuego: «Está al teléfono Fernando Jáuregui, periodista. Vecino de Tres Cantos, ha pasado la noche en vela viendo cómo se sucedían los acontecimientos. ¿Dónde te pilló el incendio?». «En Santander». Ya se sabe, las cosas del directo.
El colega, con quien me adentré en la Amazonia venezolana viendo cómo Pepe Oneto ataviado a lo Tom Wolfe se estampaba contra la maleza, advirtió que al igual que siempre no había forma de contactar con los números puestos a disposición de los afectados por lo que desconocía qué es de su casa y recordó que unos años atrás cenando en esta un experto de Naciones Unidas en cuestiones de catástrofes naturales y demás «fuimos luego a dar un paseo y, al ver la de yesca seca que había, dijo que eso no podía estar dejado así de la mano de Dios». Fernando pasó un informe al concejal del ramo con el éxito que los acontecimientos señalan.
Fue sin embargo el día antes cuando algo chasqueó por dentro al escuchar a un nativo de Las Médulas enhebrar frases a duras penas para describir que aquello abrasado era toda su vida. Me tocó porque un verano penetramos por aquel imponente paraje tomado por castaños y robles y abrumaba. Si a uno le ha impactado no puede extrañar que Luis del Olmo, presidente de su patronato de honor, berciano donde los haya, haya transmitido que se le ha roto el alma. No es para menos.
Otra cosa es el consejero de Medio Ambiente. La alarma le pilló en una feria en Gijón y, al ser interpelado sobre qué hacía allí el máximo responsable operativo antiincendios, respondió que «tenemos la mala costumbre de comer a mediodía». ¿Qué le pasa a cierta plebe con la comida que ni en situaciones de emergencias se priva? Cuenta con antecedentes que completan el currículum. Tres años atrás echó la culpa de los incendios a los ecologistas y, el cuidado de los montes durante el año de cara a la prevención, tuvo a bien calificarlo de «absurdo despilfarro». Y lo más impresionante es que no se quema.