Ando revuelto en la cama. Las bujías de la atmósfera me llevan frito. El pelo rizado y un dolor en la sien hacen de las suyas. Acudo al salvador, el ibuprofeno, y durante un buen rato me pierdo en el país de los sueños. Nada más despertar me lanzo a ver qué ha hecho Alcaraz y me lo encuentro rapado al cero. Qué coraje da. Esta criatura, que se anticipa a cualquiera.
Descubro que en solo una semana han fallecido por aquí cerca de ochenta personas por la ola de calor, los días en que precisamente se quebró la fuga al frescor del pueblo y lo pasé chungo, conocedor de que la arritmia es factor de riesgo mientras tomaba la dosis diaria de acetato de flecainida, Apocard para los de la cofradía. Por si fuera poco, Gobierno y oposición retoman el curso político. Feijóo lo ha hecho a la virulé. De sus propuestas se extrae que los causantes de la España devastada son los cinco desequilibrados a los que las llamas les ponen y, sin embargo, quienes pasan de gestionar lo que tienen entre manos, unas bellísimas personas. También han sido llamados miembros del gabinete a retratarse en el Senado y la primera en desfilar, lógicamente la titular de Defensa. El Consejo de Ministros sale de la madriguera repartiendo ayudas y Sánchez preside la reunión de cambio climático con intención de fijar la hoja de ruta para alcanzar el cacareado pacto de estado. Sí, sí, pero con jabón Rosil.
Antes de despoblar la cabeza en la pelu me topo con la Ley de Montes donde se dice: que las comunidades autónomas deben elaborar y aprobar planes anuales para la prevención, vigilancia y extinción de incendios; que el ministerio de Transición Ecológica, de la mano de las comunidades, tiene que marcar directrices y criterios comunes para elaborar esos planes que han de publicarse el 31 de octubre del año previo y que deberán aplicarse de manera continua durante todo el año. En el supuesto de que se arbitraran prioritarios y se dotasen como tales, dónde y quiénes establecen los criterios comunes. Se lo pedimos a los Reyes Magos, ¿verdad?