La primera vez que pisé Nueva York fue en el verano del 89. Aunque solo haya ido dos veces suena cañón arrancar de ese modo. Era un sueño. No lo sabía, pero yo ya había estado allí e iba adivinando edificios emblemáticos que nos salían al paso. Uno de ellos es el Waldorf Astoria, un hotel con el que se abren las carnes. En la preparación del viaje le comenté a un íntimo que había estado mirando las tarifas por curiosidad acabando en un hospedaje lúgubre de una de las calles que dan a Times Square, todo un lujo por permitirme tocar el cielo con los dedos desde lo alto del Empire State Building tras succionar a fondo la gran pantalla.
Con la silueta art déco en Park Avenue, el Waldorf ha estado cerrado ocho años y acaba de reabrir. Desde que naciera a finales del XIX en su emplazamiento entonces entre la Quinta y la 33 se ha vivido de todo entre sus paredes. Desde las primeras audiencias del Senado sobre el hundimiento del Titanic hasta el alojamiento de la nómina completa de presidentes, Obama el último. Especializado en exposiciones de arte no quita para que entre huéspedes del calibre de los duques de Windsor, Sinatra, Marilyn, Cole Porter y todo un elenco pletórico figuren gánsteres como Frank Costello y Lucky Luciano, cuyo sedimento debió inspirar a los encargados de buscar localizaciones para que unas cuantas escenas del Padrino III se rodaran en sus salones. Qué más se puede pedir.
Siguiendo la senda una aseguradora china lo compró once años atrás por cerca de dos mil millones de dólares y lo ha reformado por una cantidad similar. Este mes se han inaugurado los espacios para eventos, que es el pan de cada día, dispuesto a animar el cotarro, aunque con Trump de competidor a unas cuantas manzanas deberá andarse con tiento. Cuando se realizó el traspaso, el hoy inquilino de la Casa Blanca proclamó que China espiaba en los pasillos a las élites mundiales. Si próximamente se detectan grietas peligrosas o una intoxicación salvaje ya saben por dónde vienen los tiros.