Muñoz Molina es de la familia. Los hijos suelen preguntar cómo está hoy, conocedores de que es cita obligada. A través de sus vivencias nos hemos ido zambullendo en Madrid, Lisboa, Nueva York y en los diferentes saltos que ha pegado. De ahí que supiéramos que llevaba un tiempo en Ademuz donde ha recuperado los orígenes entregándose a la tarea de limpiar las matas en el afán de conseguir unos tomates que sepan a tomate.
Pero la cosecha que recogen los lectores del ubetense es que, al mismo tiempo que contempla las plantas como seres vivos que entran en contacto con abejas y gusanos, aprovecha para acercar el detonante de Rachel Carson, bióloga marina y autora de «Primavera silenciosa», sobre el efecto de los pesticidas cuyas consecuencias hila con una precisión que provoca escalofríos: «Los compuestos químicos de los insecticidas y herbicidas matan rápidamente a los peces y a los pájaros; el destinado a eliminar una especie de hormiga dañina para la agricultura se filtra a la tierra y envenena a los gusanos de los que van a alimentarse los pájaros; eliminados estos, se multiplican las especies de insectos que hasta entonces ellos se comían, convirtiéndose en nueva plaga contra la que harán falta venenos más potentes».
En su faceta de articulista no rehúye ningún asunto mollar, a los que reviste de un estilo impagable lo que no impide que, una vez desbrozado el panorama, emplee el bisturí para destripar a quienes hacen de esto un lugar menos habitable de lo que fue concebido. Apenas ha dejado de acudir a la cita con sus seguidores en un par de ocasiones desde que enfrenta una depresión que tuvo a bien compartir con multitud de televidentes. Su forma de abordar las cuestiones de actualidad que más nos separan están diseccionadas con tal grado de sensatez y sentido común que los que no comparten sus ideas encuentran verdaderas dificultades para disentir. Es lo que tiene defender que hay que ponerle límites a la cultura del despilfarro desde ese preciado sostén que es la decencia.