Pillo en marcha el informativo de una cadena a la que el Gobierno le da sarpullido, con una gran imagen de Sánchez, en el instante en que agota una frase: «…ya no tiene sentido». Por los gestos contenidos descarté que estuviésemos ante lo que sería una noticia bomba cuando sin embargo la cuestión no era otra que la del cambio de la hora dos veces al año. El Ejecutivo aprovechó la señal para fabricar una teoría propia de una ponencia congresual: «Es una cuestión de sentido común, bienestar y coherencia con la evidencia científica. Queremos una Unión Europea más moderna, que piense en la vida cotidiana de las personas. Es hora de sincronizar Europa con la gente, no con el reloj». No es por nada pero los físicos alertan de que el horario de invierno continuo supondría un desfase de tres horas respecto al ciclo natural, por lo que la evidencia científica parece en cuestión.
Al que no le ha ocurrido nada es a Trump, que sigue a lo suyo empecinado en construir por 250 millones de dólares un salón de baile en la Casa Blanca. «Durante más de 150 años, todos los presidentes han soñado con ello para albergar grandes fiestas. Me honra ser el encargado de poner en marcha un proyecto tan necesario». Dí que sí. Como meses atrás aseguró que la iniciativa financiada con parné privado no tocaría el edificio, ha sido demolida la fachada del ala oeste. A él le habría gustado con Martin Sheen dentro, pero alguien de su pléyade de asesores ha debido decirle que aquello era ficción. Igual no se ha quedado muy convencido.
Las imágenes que se suceden ahora son las del recorrido de Sarkozy hasta la trena, tras esgrimir que «la sentencia no es contra mí, sino contra Francia» y que se ha humillado la imagen de la nación antes del autogol del Louvre, salpicadas con otras de Ábalos y Koldo con los presuntos pagos en metálico del pesoe, las de Crespo ante el último juicio de Gürtel y las de Bárcenas tras el señalamiento de la vista por la trama Kitchen. Qué fácil teorizar y qué enmarañado anda hasta el cambio de hora.