No sé, ¿pero qué pensaba Carlos Mazón que iba a ocurrir si se negaba a asumir la responsabilidad en lo ocurrido tras el interminable espectáculo de versiones que ha venido ofreciendo en torno a su papelón en la dramática jornada? ¿Cómo es posible que alguien que sustancialmente se labró la carrera profesional por la forma en que desplegó las relaciones públicas se haya transformado en un ser incapaz de congeniar? ¿Se reconoce o ni siquiera se lo plantea?
Mientras comía tan ricamente y, cuando ya se conocían los estragos que la riada iba dejando y el peligro que la situación provocaba, todavía hay mucha gente que un año después no deja de preguntarse cómo nadie del plantel de confianza lo puso en alerta, le espetó pero qué hace ahí, presidente, y lo cogió de la solapa a distancia para que moviese el culo e inmediatamente se encaramase al puesto de mando. ¿O lo situaron y prefirió seguir con el menú? El equipo que lo rodea, ¿fue seleccionado a fin de realizar los análisis pertinentes de aquello a lo que hay que enfrentarse o está elegido con esmero para darle siempre la razón y, si se tercia, preparar una declaración institucional en su día más difícil con tal de que los acólitos «compensen» con palmas el recibimiento que los afectados le dispensarán a renglón seguido? Viendo el devenir de Mazón desde que se produjo el espanto la cuestión se responde sola.
En estos momentos ignoro si, después de que la periodista que intentó pasar desapercibida declare ante la jueza y de que las víctimas lo hagan en la Comisión de investigación del Congreso, el presidente de la Generalitat promoverá un cambio en su Ejecutivo para darle un mayor impulso a semejante tomate o si tomará las de Villadiego. Tanto en un caso como en otro se ha convertido en el dirigente más cuestionado de toda esta época democrática gracias a que la leña recibida ha sido transversal, lo cual tiene su mérito en medio de la polarización que nos invade. Y ese logro ya no se lo va a quitar nadie.