Para los nacidos a mediados de los cincuenta en los límites recién urbanizados de una señora ciudad, la calle era el hábitat natural y el balón su profeta. Tras hacer la tarea, la sesión vespertina se remataba a la grupa del «Llanero solitario», ese justiciero enmascarado, activista de la no violencia, que disparaba con balas de plata para herir a los malhechores, nunca matar, y despedirse echando una mano a los más necesitados. Entre eso y llenar las huchas del Domund, el listado de criaturas dispuestas a ir a las misiones era de aúpa.
Superada la frontera de la adolescencia, el de corresponsal de guerra se convirtió en predilección para los que detectaron con mira telescópica que el oficio de contar qué ocurre sin afán evangelizador no tenía nada que envidiar. Lo que pasa es que entonces estalló el Watergate y, por si fuera poco, al año siguiente le dio a Franco por morirse por lo que, entre un laberinto y otro, quienes se sentían atraídos por los portales de noticias comprendieron que no hacía falta irse muy lejos a la hora de localizar artefactos de largo alcance en los cajones de un partido, de una institución financiera, de un club o de cualquier otra sede, incluidas las episcopales dado que todos somos hijos de Dios.
Una vez recompuesto el suelo patrio a fin de que dejara de ser tan antiguo, costó lo suyo hacerse al nuevo formato. Conociéndonos no era de extrañar que unos estiraran de aquí y otros de allá. Aún con nubarrones amenazantes amaneció y no pocos consumaron asignaturas pendientes. Efectivamente la galaxia periodística retomó su sentido y vivió la época de esplendor gracias, entre otras fruslerías, a la tendencia de un buen racimo de gobernantes a las perfidias. Sin embargo la singladura anda en solfa porque los gestores no están siendo capaces de dar respuesta a agobios como el de la vivienda mientras el plantel representativo se enzarza en litigios estériles a la vista de todos. Y es esa desazón extendida la que le viene de perlas a los que quieren volver atrás. Con lo que ha costado subir la empinada cuesta, tiene bemoles.