Desde el impacto que produjo dos años atrás la francesa «Anatomía de una caída» el reguero de crónicas, reportajes y demás que han incluido en el titular un término escasamente empleado ha sido incesante. El último, «Anatomía de un instante». Feijóo debía estar cansado y acabó con el ciclo de un plumazo. Algo es algo.
Podía dar una cierta pereza volver a coger el rábano del 23-F por las hojas. Pero qué va. La recreación da lustre al intríngulis a lomos de tres actorazos. Álvaro Morte procrea el espíritu osado de quien procediendo del régimen anterior aceptó el encargo de fundirlo. Encima cuando entraba Tejero en el Congreso él apagaba seis velas en su cumple tras haber venido al mundo el año en que murió el prota del golpe del 36. Predestinado parece que estaba. Habiéndose investido como profesor Marquina en «La casa de papel», estamos ante un perfil idóneo a la hora de conectar con las nuevas generaciones y hacerles llegar lo que concentran tramas de ese tenor. Y como cuenta con los aditamentos adecuados para enganchar, no quiero hacerme ilusiones pero la serie pinta de lo más oportuna para que jóvenes que se dejan seducir por quienes hacen tanto ruido capten que si estos cogiesen el timón, envueltos en la bandera que esconde las armas antes del trance propicio de imponer sus pisadas, iban a saber lo que es bueno.
Paralelamente ha llegado a la gran pantalla «La voz de Hind» con la historia de la niña gazatí gritando auxilio en puertas de ser asesinada, y me he encontrado con el círculo próximo de cinéfilos absteniéndose de acudir: «Tenemos el ambiente muy amargo y está afectando». Sí, entradas en prisión con papel estelar; la Judicatura a porfía… Y escrutando a los que desfilan por la actualidad en modo señoría, contertulio o estrella mediática, el que de lejos mantiene mejores exposiciones con fundamento es Arguiñano. Desde los tragos afrontados por los seres primigenios de la Transición, tras los de la clandestinidad, se ha recorrido un camino tortuoso para testimoniar que la ejemplaridad es la utopía.