Me echo a la cara la intervención del nuevo portavoz del Consell que, dentro del apartado en el que da fe de que han dejado caer a los dos cargos más cercanos al expresidente, remacha del siguiente modo la referencia a los servicios prestados de quienes el fatídico 29-O se encontraban igual de lejos de donde ocurría lo que ocurría: «Han entregado todas sus capacidades a un servicio enormemente exigente dedicando lo mejor de su tiempo, de su vida. Por tanto les estamos enormemente agradecidos». Uno de ellos quiso dejar constancia por escrito de lo que en esta coyuntura siente hacia el que fuera su jefe: «Me quedo con todo lo vivido juntos, aprendiendo de cada paso que dabas, aprendiendo a ser buena persona…Una y mil veces más volvería a hacer todo de la misma manera a tu lado».
Me coloqué las zapatillas, fui a andar deprisa, deprisa y vino Serrat en mi auxilio, quien en México, donde alrededor de la feria del libro de Guadalajara, se vio obligado a suspender un encuentro con cientos y cientos de personas debido a que el alboroto de tantos como no podían acceder hacía imposible escuchar algo. Antes, mientras el Nano y un escritor muy cercano se desdoblaban en el relato de experiencias compartidas la cabeza, que para eso está, emprendió el recuento de la de veces que le hemos acompañado con su apostura y magnetismo sobre el escenario, en mi caso desde el verano del 72 la bendita tarde en la que confesó tenerla en «conserva» para a continuación estrenarla dejándonos estremecidos con las «Nanas de la cebolla» hasta la noche de la gira de despedida junto a la pareja de amigos nacida en aquella década y de la que no tenemos intención alguna de despegarnos mientras el cuerpo aguante.
Finalmente Serrat volvió, los asistentes emplearon el lenguaje de señas agitando suavemente las manos en el aire para que no se escuchara una mosca y a mí su compañía me recompuso el cuerpo. Ante lo que tenemos aquí encima, el bálsamo a emplear se torna cada vez más exigente.