En la madrugada que escribo se cumplen 34 diciembres de la muerte de mi padre, la misma en la que hace un cuarto de siglo se le rompió a Carlos Cano el único trozo de arteria que quedaba suyo, uno de la pléyade de cantautores que nos llevó en volandas hacia un tiempo que devolviera plena identidad al españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Y cuando se echen esto a la cara hará un año que se fue alguien muy querido, el mismo lapso en el que evito caer por rincones compartidos. Ya se sabe que conforme vamos dejando atrás hojas del calendario estas fiestas remueven y no se hacen fáciles de digerir.
Hoy, cuando parte de las ensoñaciones se quiebran, viene bien buscar subterfugios. Lo desliza la neurocientífica Menéndez de la Prida a fin de evitar el desasosiego: «No es normal una vida en la que andes permanentemente buscando placer. Es importante aburrirse, estar tranquilo y dejar que el sistema neuronal se relaje». Dicho y hecho. Desconecto la habitual cita mañanera con episodios denigrantes de la actualidad y, mientras encaro los ejercicios de fuerza, me enchufo un concierto de la Filarmónica de Berlín bajo de dirección de Claudio Abbado con el Orfeón Donostiarra haciendo suyo el Réquiem de Verdi. Entre cuadrar el llamado «Gato-vaca» y la madre que lo parió dándole alegría Macarena a las escápulas y la melancólica sonoridad de la composición de Giuseppe cojo tono. Envío guiños a los hijos; me bebo un vídeo de los nietos entonando el «Navidad, Navidad, dulce Navidad» sin dejar de sorber yogures y picoteo con los de nuestra quinta de confianza para reirnos de las lindezas compartidas.
Entrada la noche viene a visitarnos «Para que no me olvides», una de las últimas pelis protagonizadas por Fernán Gómez con un guión que encaja como un guante: que ante las pérdidas hay que convivir con ellas para no venirse abajo intentando eliminarlas. Dejar que nos acompañen, darles cuartelillo. Y sacarle jugo a tanto como nos rodea. Siempre que sea eso sí cuanto más respirable, mejor.