La sombra del pantallazo

Barómetros del 26 indican que las huestes de Abascal se salen del mapa. El primero en abandonar el barco ha sido Marc Giró. Un diputado de Vox por Toledo fue quien saltó en su día para advertir que, en cuanto colocasen los pies en erreteuveé, pondrían al presentador de Late Xou de patitas en la calle. El diabólico chouman catalán es progre, pero no tonto por lo que  se ha entregado a Atresmedia no sin recalcar que su voluntad es «seguir con la misma vocación de servicio público». Yo de Sánchez aprovecharía las dos semanas escasas que le quedan en el ente para  que venda lo de los alquileres porque Urtasun seguro que se derrite antes que con cualquier colega socialista de gabinete.
     Silvia Intxaurrondo lo que ha hecho, en cambio, ha sido apenas separarse de la señal. Habrá pensado: a ver si me descuido… Tamaña incertidumbre no coartó un ápice la previa sobre la comparecencia de su amigo del alma ante la jueza de la dana: «Es que, fíjense, nadie obligó a Feijóo a entregar los mensajes. Y va y entrega la mitad. Entonces ahora claro va la jueza y dice entrégueme la mitad que voluntariamente no ha entregado. Creer que los mensajes de Feijóo son todos los que hay, esto ya tienen que saber ustedes que es un acto de fe. Porque cuando fue al notario éste le dice que son los mensajes que usted quiere mostrar bajo su responsabilidad… pero de haber borrado alguno no habría dejado rastro». En la mayoría de casos los colaboradores se limitan a corroborar lo expuesto por la conductora sin dar abasto hasta remachar: «Así que lo que sabemos hasta ahora es que Feijóo ha mentido 14 meses porque no estuvo puntualmente informado que es lo que dijo».
     El hombre no necesita de nadie para cubrirse de gloria. Entregó la documentación sin dejar de soltar que le parecía sorprendente la actuación de la jueza cuando esta lo llamó como testigo porque hay una asociación de víctimas mortales que así lo requirió. Y sí, está claro que Intxaurrondo cuenta lo que cuenta de la forma que ella cuenta. Ya se sabe. Andaluza perdida.     

Una vía de escape

Apenas llevamos unos días del nuevo año y vaya pinta que tiene esto. La primera semana del prometedor alcalde de Nueva York, seguro que no entraba ni en el peor de sus sueños: choques con Israel y eclipsado por Trump. Dado el dispositivo de funcionamiento con el que amenaza el inquilino de la Casa Blanca, mucha imaginación va a tener que echarle Mamdani al trasiego de vida en la ciudad de los rascacielos para que le echen cuenta. No ya es que Groenlandia ande por ahí a tiro de piedra es que cuando ocurre lo ocurrido en Mineápolis es JD Vance el encargado de coger las riendas para dejar claro que el agente que mató a la mujer goza de «inmunidad absoluta». Intentas digerirlo tras ver las imágenes y llega un momento en que no puedes más. Entonces desconectas y das la sesión por concluída.
     Lo apuntan los especialistas, aunque es el sentido común el que advierte que ha rebosado el vaso y que es necesario darle un giro al signo de los tiempos, descansar de la actualidad e ir en busca de relax. A eso me entrego. Busco, busco y busco. Y cómo tendremos la caja de cambios alojada en la mollera que cuando me doy cuenta he acabado echándome en manos de Bergman para distender. Ya me encuentro en «Secretos de un matrimonio», en el instante en que ella le propone un viaje y el hermético marido desprecia las incomodidades. Pasados unos días le confiesa a bote pronto a su mujer que se ha enamorado y que se va unos meses a París. Hasta ahí duró la aportación del «último existencialista». Que Dios se lo pague.
     Pero un amigo sale al quite con el enlace de «El fin es mi principio» a bordo de la que el gran Bruno Ganz recurre a su hijo para que lo acompañe en el tramo final durante el que revelarle detalles de una existencia que bien vale un ensayo. Ambos conversan, meditan, chocan, recorren un paisaje idílico de la Toscana que bien podría ser el Himalaya por su exuberancia. Qué difícil se hace volver a la cruda realidad que nos envuelve debiéndose despedir de un lugar así sin haber estado.

Acordes disonantes

Seguir el concierto de Año Nuevo en Viena se ha convertido en un tributo al padre. Para un empleado de banca cargado con tres churumbeles, carne de pluriempleo, presenciar allá por los sesenta la cadencia en los compases en torno a los Strauss, que llegaban desde la Sala Dorada, se convertía en un regalo de los dioses. Jamás dejó de acudir al encuentro en la salita de casa.
     En 2026 la batuta cayó en manos de Nézet-Séguin, el joven canadiense de uñas pintadas, con pendiente y su marido violista incorporado de manera excepcional al grupo a quien dispensó un beso durante la marcha Radetzky. Situado al frente de la Orquesta de Filadelfia y de la Metropolitan Opera House de Nueva York, propinó un puñetazo a los compartimentos estancos, se mostró divertido, cercano y se metió a la gente en el bolsillo. Seleccionó por primera vez piezas de dos compositoras alejadas de los valses tradicionales y, de entre los Strauss, apostó por los hijos. Conocedor al igual que tantos aficionados de la intrahistoria familiar no quiso dejar de mandar mensajes. Como es bien sabido y en contra del parecer de su mujer, el padre de la saga no consintió que ninguno de los vástagos estudiase música. Nada más irse el galán con una más joven, la madre apuntó a toda la descendencia al conservatorio y fue Josep quien en su momento le dedicó una pieza titulada «La dignidad de las mujeres», incluida por el innovador Yannick este primero de enero. Cuando siglos después ninguna mujer ha dirigido una cita de esa envergadura, todo el mundo coincide hoy en que ha llegado la hora.
     Al tener la compañía de los diarios era complicado que la vista no se fuera hacia el repertorio de Ábalos expuesto por una auditoría. Y me preguntaba: ¿Estará escuchando a la filarmónica? ¿Habrá apreciado los guiños tanto como se supone que degustó viajes y comidas opíparas que, en atención al rango, incluyen cargos de menús infantiles y lavados de coches? Capaz es. El pobre creería que estaba inventando algo cuando en lo suyo ni es el primero ni será el último. Valiente armonía se gastan.