Apenas llevamos unos días del nuevo año y vaya pinta que tiene esto. La primera semana del prometedor alcalde de Nueva York, seguro que no entraba ni en el peor de sus sueños: choques con Israel y eclipsado por Trump. Dado el dispositivo de funcionamiento con el que amenaza el inquilino de la Casa Blanca, mucha imaginación va a tener que echarle Mamdani al trasiego de vida en la ciudad de los rascacielos para que le echen cuenta. No ya es que Groenlandia ande por ahí a tiro de piedra es que cuando ocurre lo ocurrido en Mineápolis es JD Vance el encargado de coger las riendas para dejar claro que el agente que mató a la mujer goza de «inmunidad absoluta». Intentas digerirlo tras ver las imágenes y llega un momento en que no puedes más. Entonces desconectas y das la sesión por concluída.
Lo apuntan los especialistas, aunque es el sentido común el que advierte que ha rebosado el vaso y que es necesario darle un giro al signo de los tiempos, descansar de la actualidad e ir en busca de relax. A eso me entrego. Busco, busco y busco. Y cómo tendremos la caja de cambios alojada en la mollera que cuando me doy cuenta he acabado echándome en manos de Bergman para distender. Ya me encuentro en «Secretos de un matrimonio», en el instante en que ella le propone un viaje y el hermético marido desprecia las incomodidades. Pasados unos días le confiesa a bote pronto a su mujer que se ha enamorado y que se va unos meses a París. Hasta ahí duró la aportación del «último existencialista». Que Dios se lo pague.
Pero un amigo sale al quite con el enlace de «El fin es mi principio» a bordo de la que el gran Bruno Ganz recurre a su hijo para que lo acompañe en el tramo final durante el que revelarle detalles de una existencia que bien vale un ensayo. Ambos conversan, meditan, chocan, recorren un paisaje idílico de la Toscana que bien podría ser el Himalaya por su exuberancia. Qué difícil se hace volver a la cruda realidad que nos envuelve debiéndose despedir de un lugar así sin haber estado.