Las vueltas que da la vida

La cifra está calentita. Es oficial. La han reproducido los principales medios internacionales y otros menos señeros. No es otra que el número de deportaciones realizadas al cumplirse el primer año de la actual Administración estadounidense. Han sido expulsados 622.000 de los llamados extranjeros ilegales. Alguien dirá a bote pronto: qué barbaridad. Pero no pierdan de vista que el actual inquilino se reenganchó a la Casa Blanca prometiendo que los desalojados del país serían un millón. Al ínclito le pirra que los recaditos queden redondos.

     Pero dentro de este estadillo están las comparaciones que muchas veces son odiosas y, si no, aguarden. En su último año Biden desterró a 778.000. Entre lo que le gusta a Donald darle bombo a sus hazañas y el sesgo de las cabeceras más influyentes entre Washington y Nueva York, en más de una ocasión perdemos el norte. Y, ahora, siéntense, porque les puede dar un pasmo. El habitualmente brillante Barack Obama, hijo de inmigrante keniano, que nos embarcó en un cúmulo de emociones durante el discurso tras acceder al poder desprendiendo una fragancia desconocida, puso de patitas fuera del territorio a 2.749.706 durante sus dos mandatos, más que ningún otro presidente en las últimas tres décadas. Para hacérnoslo mirar.

     Y ahora voy a trasladarles un extracto del discurso de despedida de un antecesor del trío: «Creo que es apropiado dejar un pensamiento final. Cualquiera de cualquier rincón de la tierra puede venir a vivir a América y convertirse en estadounidense. Porque es la gran fuerza vital de cada generación, la que garantiza que el triunfo de Estados Unidos continúe sin igual en el próximo siglo y más allá. En este terreno ningún país se acerca. Somos líderes porque sacamos nuestra fuerza de todos los países y rincones del mundo. Y, al hacerlo, renovamos y enriquecemos continuamente a nuestra nación. Damos vida a los sueños, creamos futuro. Si alguna vez cerráramos la puerta nuestro liderazgo se perdería. Los que se convierten en estadounidenses aman aún más a este país. Y por eso la estatua de la Libertad levanta su lámpara para darles la bienvenida. Dan más de lo que reciben. Trabajan y tienen éxito. Renuevan nuestro orgullo y gratitud». Firmado: Ronald Reagan. Sí, el vaquero aquel.

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