El sabor de los placeres sencillos

Atento a las tendencias del sector, durante esta edición de Fitur me ha dado por hacer recuento de los viajes de placer. Ante un aniversario a mediados de los noventa me afané en preparar una sorpresa. Llamé al restaurante de la Torre Eiffel con el francés del Bachillerato y cuando mesié Castillo llevaba un buen rato escuchando aquello dijo: «Soy de Utrera». Antes y después la selección se centró en Venecia, Londres, Praga, Florencia, Varsovia, Estocolmo, Amsterdam, Edimburgo, Estambul, Nueva York… todas europeas, incluida la suya, por lo que es lógico que Donald no soporte al viejo continente.

     En los doce años largos que la husky tomó el mando miramos hacia Gredos, la Alpujarra, el Montseny… hasta que una mañana en casa se echó al suelo para no caminar más. Su paso trastocó la mentalidad y determinó que, aeropuertos en verano, tururú. De modo que ahí nos tienen un año comiéndonos Extremadura desde el Festival de Mérida a los racimos monumentales sin dejar de adentrarnos en Monfragüe; al siguiente Navarra, que no se acaba nunca, con gregoriano en Leyre, escalada a Irati paladeando Ochagavía, retorno por Zugarramurdi y el Señorío de Bertiz para comer como Dios en el Europa pamplonica y despedirnos escuchando barroco en el castillo de Olite antes de tomarnos un gin tonic en la plaza con Rafa Marañón que de crío dibujó en sus calles los goles que más tarde lograría. El caso era irse a la cama haciendo la ola.

     Con tal de evitar sobresaltos con las dichosas sorpresitas, ahora dispone ella. En noviembre logró entradas para un montaje fuera de lo común en un lugar de semblante industrial al que de otra forma nunca se nos hubiese ocurrido ir. El madrugador vuelo pertenecía a Volotea, no a Ryanair, con lo que el destino lo alcanzas de buen humor. Teníamos previsto acercarnos a un pintoresco pueblo del Cantábrico, pero llovía y en el sitio elegido empezamos a sentirnos abrigados. La del museo histórico nos adoptó al igual que en el hotel. El casco antiguo era pequeño, pero seductor. La función de marras nos puso en órbita y sin tener que pillar el metro hasta la siguiente estación. Acabamos picoteando con las recomendaciones de los lugareños, sobre todo las del rincón del desayuno. Y, con sus tres noches y tres días, regresamos encantados con la fórmula. Saber lo que quieres, buscarlo y, confortados por el relax, dejarte llevar por la cordialidad reinante. Que, pásmense, existe para dar y tomar.

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