Los criaderos de periodistas se pusieron en ebullición cuando un par de jóvenes reporteros hincaron el diente a un buen manojo de soplos y el tipo más poderoso del Lejano Oeste cayó al suelo como los que le salían al paso a Cassius Clay. El KO técnico se produjo cuando Franco apenas se tenía en pie al igual que hoy su legado por mucho que una ola turbia se harte de dar la matraca.
El «Washington Post» fue la estrella que irradió por estos lares el renacer de la mejor época para el oficio. Un deambular unido al papel que el editor de turno juegue en la partida junto al músculo que desarrolle. Katherine Graham tomó las riendas con escasa fe en sí misma, apremiada tras volarse su marido la tapa de los sesos y, a lo largo de cuatro décadas, elevó el diario a los altares. En 2013 lo compró el fundador de Amazon que como sabrán da codazos por formar parte de la cuadrilla de potentados que ríe las gracias de quien no tiene ni pizca. Bezos se dispone a echar al 30% de la Redacción, sobre 300, que ejecutan por correo. Una de las afectadas y enviada especial a Kiev lo confirmó: «Me acaban de despedir en plena zona de guerra. No tengo palabras. Estoy devastada».
Es innegable que los medios atraviesan por graves problemas de sustento. Lo que ocurre es que la irrupción del actual propietario ha despojado a la cabecera de su esencia, de lo que siempre representó y una multitud de suscriptores se ha ido en estampida, lo cual no parece la mejor fórmula de fortalecerlo. Con el nuevo tijeretazo se reduce la cobertura internacional, la cultural y la sección de Deportes ha sido suprimida. Don Graham, hijo que quien es legendaria, ha escrito: «Tendré que leer el periódico de una nueva forma ya que desde finales de los 40 empezaba por las páginas de Deportes». Mira por donde, tal como va mi equipo, a mi me vendría de cine que nadie dijera ni mu.
Las nuevas hornadas de periodistas han encarar tanto berenjenal como se cuece. Hay que echarle mucha vocación para hacer frente al arsenal de trolas que vía redes agitan los reyes del mambo. Lejos de matar al mensajero, lo del «Post» ha de espolear por mucho que sea inevitable atisbar desde el más allá la mueca de complicidad de Nixon, el muy tunante.