La previsión es que la borrasca Oriana sea la última de esta sucesión de ciclogénesis explosivas que tienen al país en un ¡ay! Desde diciembre hasta acá se ha combatido contra Davide, Emilia, Francis, Goretti, Harry, Ingrid, Joseph, Kristin, Leonardo, Marta y Nils sin descanso que valga. Menos mal que ya no teníamos inviernos.
¿Qué pasa, a qué responde esto, qué hemos hecho? Los estudiosos se han puesto a la tarea y han concluído que para dar con un precedente similar hay que remontarse a febrero del 41 cuando picos de viento nunca registrados azotaron el territorio provocando no pocos destrozos, aunque secundarios en comparación con los amontonados durante tres años sin parar de zurrarse en esa contienda que, según Reverte, perdimos todos como es bien sabido. Por aquel entonces el servicio meteorológico se encontraba dividido en dos, uno en Valencia y otro en Salamanca. Tras el estallido de la II Guerra Mundial se produjo un vacío de información puesto que los aliados no la suministraban. Igual pensaron que así compensaban haberse abstenido de echar una mano, mientras italianos y alemanes hacían de las suyas. Sobre el temporal que a continuación se vino encima apenas se pudieron registrar datos de las Azores detectándose que la presión caía de forma estrepitosa. Ya lo anticipó el poeta, «Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios».
Son las atmósferas de las que nos cuesta liberarnos. De la primera salieron unos entonando «al paso alegre de la paz» para remarcar el alborozo ante la llegada del nuevo régimen impuesto tras la guerra civil y, en la que nos sacude a día de hoy con tormentas civilizadas dentro de un orden, una parte de la izquierda se enfrenta a su futuro bajo el designio recogido en «un paso al frente» donde el optimismo entre sus extenuados seguidores es perfectamente descriptible. Pero las inclemencias bajo las que nos movemos son tan agudas que no es que las formaciones de derecha estén a partir un piñón cuando tienen a su alcance el oscuro objeto del deseo, sino que se ve que les va la marcha y, cuanto más se acercan, más se fustigan. Los negacionistas dirán lo que quieran, pero por aquí el calentamiento desde luego es global: el más centrado de los progresistas es un independentista convertido en la voz con más resonancia, pesoe por supuesto incluído; quien concita mayor refrendo cercano al éxtasis en sus intervenciones por parte de los votantes del pepé no es otro que Felipe en vista de los estandartes que les representan… En fin, que todo parece andar a punto de recomponerse de una vez por todas. Meteorológicamente hablando, claro está.