Un buen amigo residente en El Campello mostró una pila años atrás su alegría porque estaban a punto de rematar a tiro de piedra la piscina cubierta del complejo deportivo y proyecto estrella de los gestores locales con lo que por fin se animaría al resultar menos costoso y más cómodo coger la rutina de una de las prácticas recomendables para evitar anquilosarse. Se empieza por combatir la pereza decidiendo hacer unos largos con tal de serenar a la L4 y L5 cuando se ponen flamencas y se termina enviciado al comprobar que encima limpia el coco. Sé de lo que hablo. Al entrar en los cuarenta la columna pegó tal traquido que me vi en unas condiciones de calidad de vida lamentables para los años que me quedaran por delante. Mi Pascual, el fisio que me recompuso, me soltó al cabo de un tiempo prolongado y sentenció: «¡Hala! Y desde mañana a nadar cada día una hora de espalda». Si a mi padre le hubiese dado por resucitar y llega a verme con la mochila a las ocho de la mañana no me habría reconocido. Me tenía bien calado, pero es que me vi impedido. Si no de qué.
Tras quince años de idas y venidas desde que se iniciaron las obras con licitaciones estériles en medio por diferentes causas, el pleno de septiembre pasado aprobó la adjudicación de las instalaciones por un plazo de 14 años a una mercantil con sede central en Almería y el incondicional vecino de la iniciativa tuvo a bien hacerme llegar, tembloroso de placer, los pormenores expresados por el equipo de gobierno municipal del que, para dar la buena nueva, intervino el alcalde y cuatro ediles. El primero aseveró que una ocasión así era para sentirse orgulloso y el responsable de Deportes alardeó de que había llegado el momento de mojarse. Sin duda, querido, pero especifica dónde porque, por si ustedes no lo saben, permanecen cerradas. Nadie puede negar que lo que tienen intención de poner en marcha, complejo, es.
La de veces que mi amigo habrá dicho «parece que ya está resuelto». Pues me temo lo peor puesto que el Ministerio de Hacienda acaba de anular la concesión por un recurso de Arena Alicante, segunda en el concurso. Yo ya ni pregunto por el aprecio que le dispenso. Y menos recordando otra de las consideraciones eufóricas del concejal de Deportes cuando, en una de las etapas de este periplo convencido de vislumbrar la meta, recomendó a los pobladores interesados: «Vayan sacando los bañadores». No descartaría que el ínclito se haya comprado un par de diseños y gafas apropiadas. Bueno, siempre le quedará Wallapop.