Al igual que este año el 23-F fue lunes. Esa noche habíamos quedado en ir a ver el estreno de «El cementerio de automóviles», tengo dudas de si con presencia incluida de Fernando Arrabal. Son tantas las historias que se vuelven borrosas en la memoria que más que desclasificar, está uno para que lo descalifiquen. Por supuesto la première se suspendió porque cualquiera era el guapo.
No se sabe si los documentos que han de ver la luz siempre que el sistema -el informático, en este caso- no se venga abajo ante el subidón de curiosidad que anuncios de tal índole provocan. A quienes desdeñan la iniciativa habría que recordarles que, a estas alturas de la película, aún no se sabe con certeza siquiera si las imágenes del golpe pudieron verse por televisión esa tarde o como sostiene la mayoría no fue hasta el mediodía del 24 cuando se pusieron en danza. La mujer de Carrillo comentó que siguió lo que pasaba en directo a través de la radio y del uhacheefe, mientras que los máximos dirigentes del ente señalan que sí lo vieron por el circuito cerrado aunque no se emitió. La razón por la que se desdeñó ofrecer la sesión del Congreso también levantó sospechas puesto que el Consejo de Administración sustentó la decisión en que «la sustitución de un presidente del Gobierno dimitido es algo que debe considerarse normal en un país democrático». Para eso mejor no argumentarlo. El caso es que en buena parte los medios de comunicación convivían sensibilidades de todo tipo, aunque lo que sí se puso de manifiesto tanto en la Carrera de San Jerónimo como en Prado del Rey es que, muy por la labor de que los pilotitos rojos de las cámaras anduviesen encendidos, los insurrectos no estaban. Hasta lograr sus objetivos, preferían actuar en la sombra. Y no acudieron con burka de milagro.
Junto a otros compañeros, el miércoles me envió el redactor jefe a cubrir la mani por la libertad. Una intranquilidad latente por la asonada que no se esfumó hasta bastante después de que Felipe rompiese las barreras del refrendo, el mismo que en las próximas no votará al pesoe, sucedió al shock inicial. De los miles de angustiados que salieron a la calle, ya sí que todo quisque había visto la gallardía de Gutiérrez Mellado evitando que lo derribaran. El homenaje que el sábado le dieron los periodistas lo disfruté con el corazón encogido en el Trestellador de Benimantell, dentro de la receta anti estrés, donde a una chica de larga melena e irresistibles ojos con cierto aire a Ángela Molina, le pregunté si nos casábamos al mes de conocerla. Cuarenta y cinco años después acaba de salir de casa para dirigirse a otro colegio a mostrarle a los adolescentes cómo pueden darle a sus prendas una nueva vida. La que aquellos desarmados no lograron arrebatarnos.