Vox recurrió en Ceutí las municipales de mayo por irregularidades en el recuento, la Junta Electoral aceptó la denuncia, acaban de repetirse y el grupo que lo ha propiciado suma el edil extraviado en el cómputo fraudulento de donde se deduce que llevaba razón. Dada semejante infrecuencia, como para no resaltarlo.
Se trata de elecciones en un municipio de 12.ooo habitantes, las primeras con el barullo de la amnistía y el resultado ha sido que la candidata socialista repite mayoría, aunque precisará del apoyo de Ciudadanos para gobernar, pero el pesoe aumenta en votos y el pepé disminuye. El escrutinio llega a mi conocimiento mientras degusto una tostada de queso fresco aderezada con mermelada de higo fabricada en la localidad, dosis que necesito para subir el azúcar tras escuchar el asesinato a cuchilladas de una chavala joven y de su niña en Carabanchel dentro del volumen insoportable de esa violencia machista en torno a la que el socio preferente de la escuadra de Feijóo niega su existencia.
El caso es que el hombre que renunció a ser presidente de la nación incluso aunque no le salieran las cuentas ha realineado a sus mesnadas y ha puesto al frente de la portavocía en el Congreso a alguien de estricta obediencia en el afán de diseñar un frente tela de duro como si lo desplegado hasta ahora hubiese sido poesía pura. La encuesta calentita de esta casa señala que, de ir a las urnas de nuevo, podría con Abascal dar para gobernar consolidándose así como «rey de los sondeos». Por encima de Andalucía y Comunidad Valenciana, Castilla y León congrega el mayor rechazo al pacto con Puigdemont, la tierra de la familia de Zapateroman a la que se refirió en una reciente arenga: «Al verme, mi padre de 92 años me dijo que estaba más contento que cuando yo gané». Otra paisana de 105, mi suegra, con la cabeza mejor puesta que usted y que yo, respalda al mismo que viste y calza siendo felipista y qué decir tras elevar a los altares a Óscar Puente que le dio el ramo por vecina centenaria. Pues más vidas tiene Sánchez.
Autor: fesquivel74
La historia de la temporada
Luis Díaz es un jugador del Liverpool que ha sufrido el secuestro del padre por la guerrilla colombiana. Especialistas de los servicios de seguridad aconsejaron que no se moviera y Klopp lo liberó para que estuviese en casa. Mientras tanto el país cafetero hirvió. El habilidoso extremo es un ídolo. La familia de clase trabajadora es muy querida al igual que el hijo nada ostentoso en su comportamiento, al contrario que esas estrellitas que coleccionan ferraris. El clamor fue tal que los raptores dijeron desconocer el parentesco, recularon y anticiparon que lo soltarían. El hijo de Mané metió un gol ante el Luton y, como no estaba en lo que estaba, la mirada extraviada hacia el otro lado del océano lo empujó a hacerlo con el hombro.
Al haber cubierto sus interioridades puedo decir que a la mayoría de protagonistas de vestuarios, palcos y alrededores no hay por dónde cogerla. De hecho me atizo duramente por gustarme y sufrir tanto frente a esta distopía. Jorge Valdano, cómo no, hace prosa poética con lo más granado que por ahí campa y, sin embargo, cuando fue alto ejecutivo bajó en el descanso a acosar al colegiado y mostró la puerta de salida a un entrenador que no fue un cualquiera por encontrarse, entre otras razones, alejado del dandismo. El fútbol no tiene quien le escriba.
Y no tiene porque lo hace todo quisque, aunque una historia como esta se vuelve irresistible ya que, nada más producirse la liberación, Luis Díaz viajó a Barranquilla para enfrentarse a Brasil a la que su selección no le ganaba ni por casualidad. El estadio rebosaba realismo mágico. Los nietos de Pelé se adelantaron en el minuto 3 y el protagonista se vaciaba en incursiones que no llegaban a ningún lado. Pero en el 74 la enchufó y las cámaras enfocaron al padre sostenido por vecinos de localidad para no caer redondo. En 4 minutos, de otro cabezazo que no es especialidad de la casa, hizo el definitivo y solo respiré cuando «el hombre de la grada» parpadeó medio muerto que andaba. Habría pagado por ver la reacción de los secuestradores.
El afán por reinventarse
Acaba de darlo a conocer la Encuesta de Población Activa: los parados de 50 años ya son el 45% del total y suponen la mayoría de los registrados. Estarán los ocurrentes que digan que los cincuenta son los nuevos treinta. A ver si miran alrededor y se dan cuenta que no tiene gracia.
Quedarse colgado de la brocha a los cincuenta y tantos se convierte así en un trago difícil de digerir, del que no es sencillo ni mucho menos reponerse y los afectados lo afrontan de distinta manera. Aunque seguro que existen, no sé cuántos casos se dan que lo encaren como lo hizo un buen amigo algunos años atrás. Poco tiempo después de romperse la relación con la empresa en la que trabajó durante décadas, C. se puso manos a la obra y miró hacia la enseñanza para encontrar refugio en ella. Preparó el máster que lo habilita a la hora de ejercer como docente y a continuación se fue a por el Mitjà hasta conseguir formar parte de la bolsa de trabajo aquí y en Francia, de cuyo idioma con inmersiones vacacionales por las estribaciones de Carcassonne presenta un currículum «très bon». La oportunidad se produjo en pleno arranque invernal. Lo llamaron desde Viella y hubo de presentarse de un día para otro con el aliciente añadido de ser recibido por dos metros de nieve. De allí empezó a bajar, curso a curso, hasta situarse a tiro de piedra de la casa familiar. La semana pasada le confirmaron que en el transcurso del 25 alcanzará la meta lo que, acordándose del debut en el Valle de Arán, celebró con un par de montaditos en la orilla del mar bajo un sol de justicia poética.
Lo más grande es que su hijo se miró en el espejo y, dado que con una cría que está para comérsela no tenía ni chispa de ganas de volar a Galicia y demás por una estrategía de expansión, se sacó las oposiciones y puede llevarla al cole. Como entenderán decir que admiro a mi amigo es poco. Hay que tener decisión, sentirse inconformista y ser todo un carácter para sortear un atolladero de esas proporciones. También es verdad que es alcoyano.
La turbulencia
Me da que no es mal momento para darse a la comedia. ¿Desesperadamente? «Le prénom» se estrenó en 2012 y es una peli con la que uno se reconcilia con el género a pesar de sacar lo mejor y lo peor de lo que llevamos dentro. Y verse retratado cuando se descorcha la botella y salen disparadas nuestras miserias a la luz tiene su aquel. Sobre todo si, tras la perturbación, recuperamos la sensatez.
Los protagonistas van llegando a casa de Babou, apodada de este modo, profe de francés en un instituto de Vincennes, y de Pierre, su marido, que imparte literatura en la Sorbona. Vincent, el hermano de la anfitriona, es agente inmobiliario, un «bon vivant», amante de la coña, que mantiene un «tour de force» con el cuñado dada la erudición y la estrechez de cintura de este. Durante el aperitivo se le ocurre soltar, en ausencia de Anna, que han decidido el nombre del chiquillo que esperan: «Empieza por A». Los amigos, que lo son desde la infancia incluído Claude, trombón solista de la Filarmónica de Radio Francia, inician un bombardeo en busca del acertijo. No sé cuántos dirían. Cuando el cachondo estimó que los tenía a tiro disparó: «No, no, no… Se llamará Adolphe». «¡Pero cómo vas a llamar a tu hijo así!». El menda adujo que, al conocerse, el ejemplar con tal título de Henri-Benjamin Constant fue el primero que la pareja intercambió y de ahí la elección, ortografía al margen. «¡Para un libro que se lee en su vida -replicó el cuñado- y tiene que ser ese!». Ni siquiera. En ausencia del resto fue el primero que divisó y urdió el plan que desató la ira. Después de confesar la broma no evitó que salieran a relucir cuentas pendientes y que la cita acabase como el rosario de la aurora.
Con las relaciones recompuestas resultó que los especialistas erraron y nació niña. Por intensa que sea la exaltación pontificando sobre opciones que se las traen mientras nos tiramos los trastos a la cabeza, el desarrollo de la vida y de los acontecimientos son imprevisibles por mucho que, ojú, la criatura se llame amnistía.
Acordes y desacuerdos
Tras la resurrección de los cuatro de Liverpool, vía inteligencia artificial aunque ya Lennon advirtió que eran más populares que Jesús, leo a un columnista declamar que los Beatles nunca estuvieron de moda por estos lares y que no entiende tanta fama y admiración. Vamos, que son unos don nadies. Ya se sabe que España es así, señora, y lo que te rondaré morena.
Además del Sgt. Pepper´s y de otras fruslerías previas, le recetaría que se metiera en vena las ocho horas de «Get Back», documental del taumaturgo de «El Señor de los anillos», que recoge el encuentro final y colofón del grupo hasta la coronación en la azotea. A los adolescentes de entonces, que seguían a distancia la ruptura anunciada les repara el sufrimiento aquel comprobar que esos amigos que se lo pasaron bomba desparramaran buenas dosis de afecto y sintonía pese a las discrepancias. En ningún otro momento compaginaron tantas creaciones como las que lograron cocinar en la fría nave industrial en la que se rodó la serie. Daban por terminada la sesión y a la mañana siguiente, antes de tomar el té, se sacaban de la chistera una y otra y otra más. Pone los pelos de punta ver cómo John y Yoko revisan propuestas para el escenario de la despedida a sugerencia de Paul y cómo este en segundo plano va componiendo al piano los acordes incipientes de lo que sería esa canción de nada llamada Le It Be.
Dirá usted: «¡Uf! ¡Cómo se está poniendo este!». Tranquilo, la edad atempera. Tengo enfrente un mupi de Bertín y me gustaría verlo por si descubro lo ocurrente que mi hermana dice que es. No canta el 20N, pero casi. Tuve la ocasión de estar con El Cordobés cuando reapareció en Benidorm, allá por el 79, y me ganó más en la cercanía que en el ruedo. Para despreciar a los Beatles con el peso de su obra en la historia del pop es bueno explorar el contexto, incluido el ego propio. Contemplando algunas de las actuaciones de estos días sobre el andamiaje patrio es como se constata que hay personas que sí son únicas e irrepetibles. Y menos mal, claro.
La caja de Pandora
Coincidiendo con las marcas de la estación en la que caen las hojas y con aquella sesión de investidura de pronóstico y repercusiones previsibles, cinco ediciones de sus obras y una selección de páginas de la biblioteca personal de Luis Cernuda fueron cedidas al Instituto Cervantes y depositadas en la Caja de las Letras donde se preservan joyas de destacados integrantes de la cultura bajo llaves de seguridad en el seno de una antigua cámara acorazada.
El autor de «Donde habite el olvido» abrió los ojos en la angosta calle hoy Acetres, cuya depauperada casa no ha recibido hasta este año el plácet para ser rehabilitada. Su abuelo tenía una droguería en la plaza del Pan y el militar de padre que le tocó en suerte le dio a la criatura de todo menos jabón. Tuvo que ser su profe Pedro Salinas quien lo catase a la primera. «Difícil de conocer. Delicado, pudorosísimo, guardándose la intimidad para él y para las abejas de su poesía que van y vienen trajinando sin querer más jardín… Por dentro, cristal». Con esta acusada tendencia a refugiarse en el interior se destapó al poner tierra de por medio y cuando llegó el estallido fatal no tuvo recato alguno en tomar partido. Le echaron un capote y en Londres inició la peregrinación, aunque fue con la dureza de Glasgow donde el mundo se le vino encima hasta el punto de buscar calorcito por la infancia trenzando «Ocnos»: «El aire, tan transparente, ¿se enturbia ahora con ondas oscuras? ¡Pajaros de nuevo! Básicamente se despliegan sus bandos en volandas por el azul. La agudísima espada de fuego del arcangélico otoño los arrojó del paraíso». Vicente, mi adorado Vicente, que se dio el piro del mismo entramado en el que se crió el poeta, levantó con Maruja un rincón dedicado a su recuerdo al abrigo del Puig Campana en el que compartieron inspiración junto a los más queridos.
Es lo que han hecho los descendientes del hombre que no quiso volver después de haber sido silenciado: poner el legado a buen recaudo en puertas de desatarse una tormenta con los mismos collares.
Lo que hay que tener
Los ministros europeos del ramo científico debaten sobre si enviar naves propias tripuladas al espacio. Con su acerada carga de profundidad Tom Wolfe escribió «Lo que hay que tener» alrededor del embrión de la carrera espacial norteamericana. Se chupó unos cuantos años recopilando datos y alunizó en las librerías con las maneras que la Administración Eisenhower empleó para transformar a un saco de pilotos de pruebas en lo que los propios instigadores denominaron «carne enlatada». Ni que decir tiene que un número escalofriante de elegidos perdió el conocimiento y el control del aparato o terminaron congelados o estallaron en el intento. Luego, lógicamente, los condecoraron.
Diana Morant, anfitriona de la reunión enclavada en la agenda de la presidencia española del Consejo de la UE, rechazó responder a cuestiones de cualquier otra temática pese a que, tal como tenemos el patio, fíjense si hay gente suelta para mandar al cosmos y más lejos si me apuran. Además no estaríamos hablando de aquella barbaridad inicial sino de un avance científico con todo el conocimiento que se ha acumulado desde los años cincuenta. Así lo refleja Frances Northcutt, ingeniera de las misiones Apolo de la Nasa: «Necesitamos que los seres humanos tengan un lugar en el espacio». ¿Lo ven? Si es de cajón. Dentro del momento de la intrahistoria por el que atravesamos en el que ya uno pierde la perspectiva de si nos encontramos en el proceso de fijar una legislatura o de promover la guerra santa, lo único que sobran son candidatos para ponerlos en órbita. Es cierto que allá arriba en el quinto pino existe un gran riesgo por la exposición a la radiación, pero no hay más que asomarse en estos días a la ventana mediática para observar que se cuenta con gente muy preparada a la hora de propagar ideas incandescentes a tutiplén. No hay, por tanto, que sufrir por ellos.
«Somos criaturas -remacha Nortcutt- frágiles y el universo es un territorio hostil». Pues, anda que este. Por favor, antes de clausurar la cumbre, llenen los cohetes.
El efecto de las bolas
Nadie ha olvidado las dos citas intensas que nos deparó el pasado mes de julio y cuyos efectos marcan la actualidad a día de hoy. Una fue la victoria del chaval murciano en la central de Wimbledon sobre una superficie poco explorada por él a siete días vista del otro acontecimiento cuyo pronóstico llegaba visto para sentencia por la inmensa mayoría de aficionados: el adiós definitivo al del Falcon cuyo rival iba a la cita con las urnas convencido de arrasar. Enfilamos el fin de año y no hace falta que les diga quién de ellos es el que sigue desplegando su característico juego.
Es lo que tiene la competición, la de golpes que van y vienen. He tropezado con uno de los programas de la primera temporada de Broncano -gran aficionado a la raqueta, admirador de Federer– haciendo escarnio del gachó en funciones tras los desencuentros que afrontó en su propio partido: «De todas formas, Pedro, no te preocupes por tu derecho al olvido porque tampoco es que estés dejando una huella en la historia del país que tú digas fuá que la gente dentro de veinte años suelte ¡Madre mía Pedro Sánchez, el Manuel Azaña del siglo XXI! No, más bien, ¿Pedro? ¿¡Ah!? Sí, joder. ¿No salió un día en Salvados?». De proyectarse lo que no pocos aventuramos, cualquiera es el guapo que sale a la calle.
Mientras Alcaraz se ha desfondado y en el último torneo alguna que otra figura del escalafón ha dicho basta, el jugador en discordia por excelencia del grand prix patrio se enfrenta a lo que sea en varias pistas a la vez y a su modo va sacando el mogollón adelante con la asistencia de un equipo al que no le distrae del rumbo acordado el atronador ruido que hace insoportable seguir los movimientos cuando antes el tenis, al menos, no era así. El abierto de Bruselas, con la raqueta federada en Waterloo para meter un globo divino tras otro que valdrá aunque le dé con el culo, algo alejado del espíritu de Pierre de Coubertinsí que anda. 2023 tendrá el «número uno» cantado que no es otro que Feijóo. Es que sigue creyéndose Djokovic.
Las nuevas hornadas
La princesa llega en este instante a las puertas del Congreso. Supongo que se habrán enterado. Tengo puesta La 1 después de anunciar una encuesta con tropa joven a propósito de lo que le parece la figura de Leonor pero se queda en nada porque tampoco es cuestión de que Silvia Intxaurrondo presente armas.
Surge de antaño Miquel Roca para situar la acción: «Un acto como el de hoy no es más que la solemnidad de la normalidad», aunque esas trazas a la que se refiere uno de los padres de la Constitución poco tenga que ver con la jornada en que fue el hijo de don Juan Carlos quien la juró. Entonces el lehendakari y el president de la Generalitat abogaron por la continuidad de la realeza, mientras que en esta ocasión miembros del grupo minoritario del Gobierno y el resto de socios que pululan han puesto pies en polvorosa por lo que se revalida el esfuerzo que hizo Rubalcaba, cuando Pablo Iglesias vino a tomar el cielo por asalto, de afianzar al partido nacido en el XIX de las entrañas del republicanismo como bastión de la Corona. ¡Caramba! La propia presidenta de la cámara y anfitriona en Palma en los veraneos de la familia real, que no se ha privado de abogar por una consulta sobre la monarquía a lo largo de su singladura, es la encargada de entonar ¡Viva el rey! en cumplimiento de la obligación institucional lo cual depara un compuesto apreciable que a quienes dimos los primeros pasos con la iconografía de las Cortes franquistas de fondo no deja de darle gustirrinín.
Lo malo para los que aún anidan en su interior las esencias de la democracia orgánica es que los testimonios señalan que las prioridades de la heredera van desde aquello relacionado con la cooperación hasta la inquietud por el cambio climático. Los nostálgicos deben reconcomerse. Todo lo contrario a lo suelto que se vio a Javier Mohedano, presentable chaval de buena dicción al que la cadena puso a esperar a la comitiva. A ver si con el tiempo resulta que, bajo el tiro de cámara, la tradición en este terreno también persevera.
Los reinos de este mundo
Tras recibir el premio Enrique V. Iglesias al «Desarrollo de Espacio Empresarial Iberoamericano» de manos de Felipe VI, el empresario mejicano de origen libanés, Carlos Slim, ha entrado de lleno en el debate surgido a raíz de la iniciativa de pesoe y Sumar en torno a la reducción de la jornada laboral sobre la que ha venido a decir tararí que te vi. Si a la condición de multimillonario se une la de su íntima amistad con Felipe González tampoco le quedaba mucha escapatoria el hombre.
A la propuesta de dejar la cosa de forma gradual en 37,5 horas semanales por parte de la coalición gubernamental en funciones de amnistiar lo que calgui, el empresario en un buen racimo de sectores considera que «la medida es una tontería» ya que lo que habría que hacer es currar «tres días con peonadas de doce horas» con tal de dar cabida a más plebe el resto de jornadas. Al ser un experto en sostener grandes dominios laborales estaba convencido de que plantearía recomendaciones que garantizasen el rendimiento adecuado en el tramo final de una escalada horaria de esa magnitud e, ingenuo de mí, pensé que en algún momento de la disertación saldría la palabra siesta. Pero en absoluto. De modo que como para esperar algo a propósito de la conciliación.
Todo lo contrario. La exhortación se completó con el apéndice según el cual habría que jubilarse a los 75 «y no a la edad actual que cuando se estableció a los 65 la esperanza de vida era esa». O sea, que este señor tan espléndido apuesta porque de la jubilación al hoyo el personal se entretenga lo menos posible. No dejar que conviva con hernias, arritmias y lumbalgias acumuladas frente al ordenador, sirviendo mesas o levantando paredes. Más considerado no se puede ser. Igual que el otrora Isidoro, que le sirvió de enlace con un buen elenco de mandatarios entre los que figuró Mohamed VI, quien no consta que lo recibiera al extraviarse habitualmente de palacio atento como suele hallarse a sus temitas. En este caso igual se tomó otro día de asuntos propios.