De la mano de ese Silencio de Octavio Paz moldeado con rotundidad por la voz limpia de Sacristán cuaja el regreso al cine que venía
fraguándose aquí dentro. Como los habituales no están por la labor, me
acerco sin perrito que me ladre. Al igual que las aguas del gimnasio,
donde los usuarios asoman con cuentagotas, le devuelven al cuerpo la
agilidad extraviada, la gran pantalla, no las plataformas, ha sido
alimento básico desde que la abuela me acercase a la reposición de La
vuelta al mundo en 80 días a cargo de David Niven, Cantiflas y Shirley
MacLaine, sin olvidar los estrenos de Marisol, con la paga del habilitado aún caliente.
Por el camino siento el aliento recíproco del manifiesto de un buen
manojo de fecundadores europeos, con Coixet entre ellos, que claman
por un socorro a la cultura y, cuando entro a la sala de casi trescientas butacas que forma parte de la escenografía familiar, la vuelta que ha dado el mundo lleva a que no haya un alma ni en esta ni en las restantes. De entrada resulta estremecedor pero al hacerse la penumbra se recobran constantes vitales. Las palomitas, los móviles y
las bolsas de chuches han sufrido un KO y la bendita ausencia lleva a
quedarse absorto con las cenefas que dibuja el proyector en el techo y
que en el histórico pasaron desapercibidas como tantas secuencias a
las que no prestamos atención dentro de lo que se suponía una
asquerosa normalidad.
Entre unas cosas y otras, Cate Blanchett y yo estamos a solas. Como
hoy muchos de quienes nos rodean, anda a la deriva. Se trata de una
creadora que, en el instante en que deja de lado las construcciones
que bullen en su cabeza, pierde el rumbo. Tras el parón sufrido, los
rodajes acaban de retomar la senda ajustando guiones y demás a la
nueva realidad en el afán de no dejar de insuflar lo que persiguen.
Cate huye hasta la Antártida para verse a sí misma. Dentro de la
oscuridad es inspirador no dar de lado a historias que, entre ellas,
moldean el esqueleto de los amantes perpetuos del séptimo arte.
Ustedes mismos.
Autor: fesquivel74
A fin de no inquietar
Los recientes sufragios periféricos se han producido en medio de un
preocupante estallido de brotes. Se nos venía por tanto encima el
momento indicado para comprobar si tanta convulsión como la
experimentada desde que el covid nos recluyó iba a afectarnos de modo significativo. Y no. Las reacciones de los golpeados en las urnas han sido del mismo tenor de toda la vida. ¡Ay, qué alegría!
Entre los primeros a los que el bipartidismo de antaño soltó para que se las maravillaran figuran Ábalos e Iturgaiz. El ministro de Transportes llevaba confinado desde que a finales de enero pasara
veinte minutos con la número dos del régimen de Maduro en una sala vip de Barajas con el coraje que posteriormente debió darle no hallarse
bajo el uso de mascarilla que le habría venido de perlas. El otrora
locuaz escudero del presidente contempló tras el recuento vasco &
gallego el estancamiento de su partido y, como secretario de
organización del mismo, fijó el rumbo diciendo: «El pepé, que tome
nota de lo ocurrido». Es de ponderar el enorme esfuerzo de los
portavoces que en estas horas se han batido el cobre para que nadie
fuera a asustarse ante un despliegue exhuberante de realismo y
veracidad al que no está acostumbrado.
El renacido tuvo, no obstante, un deliz en el que reconoció bajito que «los resultados del pesoe no son buenos». Mecachis, no se alarmen.
Afortunadamente, Iturgaiz salió al quite y afirmó que lo suyo –o sea,
el tortazo– es «una meta volante para acabar con el Gobierno de
Sánchez e Iglesias». Ahí sí confluimos. Es lo que toca y más si se viene del túnel del tiempo. Quien no perdió un instante en entrar a matar fue Errejón que, sobre Podemos, sentenció: «Eso ya no existe. Se llama UP y tiene los resustados de siempre IU». La cosa ha caído en gracia y lo repite todo quisque menos el que se imaginan. Este sigue callado tras la proclamación de un twit la noche de autos: «Derrota sin paliativos. Nos toca hacer una profunda autocrítica». Eso, Pablo, no lo digas, que se nos caen las ligas.
Efervescencia hipocondríaca
Lunes, 6 de julio, suena el fijo a las doce, hora del chupinazo: «Este
jueves, a las 10,30 y en ayunas, en el quirófano de arritmias». Qué
alegría, ¡Viva San Fermín!
Empieza la cuenta atrás: ¿Por qué esta alteración del ritmo cardiaco? Dado que uno vive inmerso en la actualidad casi desde que nació, fija la atención sobre lo que emerge en estas horas y siente convulsiones por el papelón de los medios y de la justicia en los registros alcanzados por el campechano mayor del reino habiendo sido la prensa y un fiscal foráneos los que han desvelado el fondo de armario al no mirar para otro lado. Como por ensalmo se abre la cuenta en Twitter de Netflix: «Novedades en palacio». Ofú. Y sigue: «Nos confirman que habrá sexta y última temporada de The Crown». Por no llevarnos a la boca, da la impresión de que no podremos ni degustar una serie borbonesca fetén y eso que, de arrancar como la británica en tiempos del padre de la reina, desde las andanzas de Alfonso XIII hasta repertorio zarzuelero habría para rato. Sin embargo con lo que se especula es con el retorno de Farmacia de guardia, que tampoco viene mal porque de un buen tratamiento en este terreno sí que precisamos.
La sala de operaciones aguarda. En vísperas me despierto a las cuatro de la madrugada, me pongo ante la tele y aún no sé lo que vi dado que en lo único que pienso es en aspirar a que, nada más alcanzar el hospital, me seden en el ascensor pero mi destino se encuentra en la planta baja. A pesar de que a mi lado Woody sea Tarzán de los monos, el tacto con la hilera de pacientes tras meses con las camillas en cuarentena logra que hasta yo entre en razón. Qué manera de funcionar sobreponiéndose a hachazos por mor de esa forma tan
neoliberal ella de desviar el sentío del seguro hacia el interés más
desinteresado. Quienes velan por la salud, con a- traer la décima parte de atención que la princesa alemana van que chutan. Nadie aspira a tener la vida de Corina. Y si fuera posible no regar la de sus heredederos, esas palpitaciones que nos ahorraríamos.
El Indiana de los rincones
Se vinieron encima no pocas sombras que han intentado digerirse porque la resistencia humana es versada pero están ahí y, poco a poco, habrá que tratar de solventarlas como se pueda. En esas ando.
Se le había ido su madre días antes y quise volver a acompañarlo
desde la distancia requerida cuando sonó el chisme. Alguien se anticipó para darme otra mala noticia. Al mensajero le costaba tragar, incapaz de enhebrar palabras como al darle el pésame a la viuda. El fallecido tenía en un pedestal a esa señora mayor a cuyo hijo estaba a punto de dar el toque y al que, en lugar apaciguar, propiné un nuevo mazazo. Lo que es la vida y la muerte.
Acababa de írsenos Jaime Córdoba a los tres. En diferentes celebraciones, ambos coincidieron en sentarnos juntos, con lo que
tenía fiesta asegurada. Aproveché en una para pedirle sugerencias
sobre un viaje sorpresa de aniversario que estaba tramando. De su
mano, de la de Bonet y de la de Chari nos hemos sumergido en los
rincones más seductores de la vieja Europa, ala asiática de Estambul
incluída. Al día siguiente recibí cuatro folios porque todavía existían. Como dispongo de otros tantos para quienes se acercan por los alrededores de la Giralda, estuve tentado de dárselos hasta que dejó caer que el pavía de bacalao del Rinconcillo ya no es lo que era y me los guardé, pero da mucho coraje.
Ya que se me había metido entre ceja y ceja, la primera noche probamos el carpaccio en el sitio donde se inventó precedido de un
Bellini y bueno, el Harry´s Bar, bien. Pero lo que nunca olvidaremos
es la ostería que nos recomendó, con cuya media además compensamos la clavadita del antojo. Al Mascaron es una taberna frecuentada por el
vecindario, que hay que dar con ella en el entramado de Castello, en la que degustamos unos spaguetis al escollo que quince años después aún paladeo, a tiro de piedra de San Zaccaria, la iglesia en la que se casaron Natalia Figueroa y Raphael y en la que ni los invitados sabían a dónde iban. Siempre tuve para mi que aquello también fue cosa de Jaime.
El router y la madre que lo…
No sé si Vox emprenderá acciones legales pero, qué voy a hacerle,
ocurrió este 14 de abril. Andábamos atenazados, con la poli vigilando
para evitar tonterías, lo mínimo abierto y el móvil que no carga.
¿Ahora qué? Bajo la prohibición de desplazarse, marco la tienda de
reparación. Tecnofix ocupa un bajo con mostrador y, tras él, dos filas
de chavales dale que te pego formando un cuadro que recuerda al de los garajes en los que, entre otros, vieron la luz Apple, Google, Microsotf, Amazon y, sin cuya intervención, navegaríamos más todavía.
Cogen el fijo a la primera, les explico, al poco tengo a un motorista que reparte por la zona, se lo lleva, cambian el conector, me lo devuelven en nada y, aunque fuera caro que no lo es sino todo lo contrario, un servicio público así en tales circunstancias sabe a gloria.
El otro certamen tecnológico de la ruta llega hace un mes,
desescalada en ristre. Interné se pone jaracandoso y no va nada. Con
el primer acercamiento, Movistar dice no sé qué del router y aquello
sigue colgado. Desaparece el operador y ahora cualquiera lo encuentra.
En la cuarta llamada indican que desconecte el enchufe de la tele sin
apagarla y, a la quinta, sueltan que son tres las carreteras y que va a cambiarnos porque con el fútbol la nuestra se ha colapsado. O sea, una jornada laboral completa sin erte que te acoja con lo que la compañía se ha embolsado en este marasmo porque, pese al machaque, resulta madre mía que el cliente eres tu. Por esa fecha, otro pagano está al borde. Se ha interesado en torno al porqué de la subida espectacular que ha sufrido la factura si el lote no se ha tocado. Según él, lo malo es que se lo explican. Por supuesto hacia el final deslizan que hay una oferta de dos meses que, casualmente, expira al arrancar la Champions recalcándole que nadie puede tirar del paquete de acá para allá para dejárselo tal como le venga en gana y claro, al ser urólogo, no desconecta.
Total que, desde el mundo analógico al que pertenezco, veo que sí,
que la tele es inteligente pero que los listos, virtuales no son.
A golpes de efecto
Sabina se ha casado y, por mi parte, he visto las dos horas largas del
debate a siete entre proclamados candidatos a la Xunta. Los efectos
colaterales del trance engullido desde marzo, que no han hecho más que aflorar.
Acceder al desconfinamiento y entrar a renglón seguido en campaña
electoral no parece al alcance de tratamiento alguno. El organismo de
las criaturas tiene un límite, sobre todo tras el impacto de unas
tribunas dando espectáculo del bueno. Como era de prever, los seis
concursantes que aspiran a pillar cacho –incluído el sobrino del alcalde de Vigo, que siempre se cuela– fueron todo el rato a por el mismo y, en un momento dado, Feijóo se plantó con pretensión de cerrar el círculo vicioso: «Si tuvieran que gestionar la pandemia no hablarían con tanta ligereza y demagogia». «Cómo sabe dar en la diana, es emocionante», pensaría Casado viéndolo.
La segunda vuelta francesa, colgada después de que la primera
desafiara todas las leyes de la precaución, ha supuesto un golpe en el
mentón de Macron y una dicha para el ecologismo. Cohn-Bendit, el que fuera líder estudiantil de la revuelta en el Mayo del 68 –o sea, que
este sí que estuvo– ha sentenciado que «la ecología es la matriz para
unir a la izquierda». Por si acaso, Macron se ha hecho ya más ecologista que el que lo inventó y el episodio conecta con las votaciones de aquí en dos de los territorios con una naturaleza más exhuberante y en los que, es verdad, la izquierda se caracteriza por estar verde.
El que lo parecía es Illa y hoy es el más reclamado para mítines donde hay partido. En un pis pas pasó de un departamento vaciado a convertirse en el tótem protector. Al perfil dialogante, católico y
periquito une la formación como filósofo en cuya materia los clásicos
ya observaron que «amar la vida es amar también sus dificultades», por lo que su visión existencial puede que fuera de las más adecuadas para pilotar una travesía de esta magnitud nada más arrumbar la sombra y ser nombrado ministro en enero. Este Sánchez…
El eje del zarandeo
El acoso y derribo de Zaplana dejó a Pedreño tocado del ala. Tachó al
rector de todo menos bonito y la tropa del molt regó el campo de
exterminio con asertos subidos de tono, la mayoría en torno a que el
catedrático de Economía Aplicada era un rojo peligroso. Pasado el
periodo de carencia fue palpable que el diagnóstico no podía ser más
atinado. El rojo peligroso, como es lógico, fue fichado por Botín y el
liberal alcanzó el ministerio, la portavocía junto a Acebes en el
descarrilamiento tras el 11-M y, con el correspondiente periodo de
carencia, el hueco en la planta fantasma de Telefónica para los ex donde no se gratifica mal del todo los servicios prestados. No es de
ahora, ya lo dijo San Pablo: los caminos del Señor, que son inescrutables, hijo mío.
El trauma alcanzaría su máximo esplendor con la cerrazón de la
administración autonómica a c0nceder el plácet al parque científico
propuesto por la uni mientras se ponían en pie, es un decir, Terra Mítica y la Ciudad de la Luz. Esto llevó al profesor a reinventarse. Podía haberse quedado en el bosque académico, pero no. Ya lo advirtió el cachorrín de Aznar cuando «por sus» no pudo presidir aquel acto de
inauguración: «Pedreño es un provocador». Y en ello sigue. A día de hoy, sus iniciativas son el eje del zarandeo de la red que ha puesto al distrito en órbita y al que las instituciones se han sumado como han podido. Ha creado además contactos de apoyo a los que lleva locos
haciéndolos partícipes de una actividad frenética. Cuando no les llega
un mooc les cae chatbots hasta reventar y acaba de entrarles Europa
frente a EE.UU. y China. Prevenir el declive en la era de la Inteligencia Artificial, un libro de 500 páginas realizado con Luis Moreno para que cada cual emita opinión. Debe ser bueno porque hasta yo lo estoy entendiendo.
Mientras tanto Zaplana centra los esfuerzos en apartar a la jueza que investiga sus andanzas, pero le queda la indudable satisfacción de palpar que parte de los cimientos de la proyección digital de esta tierra que impulsa su rector favorito la propició él. Y eso debe suponer un gran consuelo.
Demonios alrededor
He dejado de ver a Ferreras a lo bestia y estoy mejor. Eso de darle
vueltas y revueltas al pico de la curva hace estragos en el más pintado. Este mes la cifra de espectadores de sobremesa ha vuelto a los doce millones habituales cuando durante el estado de alarma se disparó hasta los diecisiete. No es imprescindible tenernos al rojo vivo más de lo que estamos, cariño.
Retomo al fin el equilibrio en las tradicionales vías de acercamiento a la actualidad y me acurruco sobre aquellas que miran al interior de lo acontecido. Por esa senda me acerqué a la desaparición de Carlos Ruiz Zafón quien, con La sombra del viento, zarandeó en su día el mundillo editorial. Por Sant Jordi, un escritor dormitaba en su caseta a la espera de que alguien tuviera a bien acercarse. Una chica se volvió loca al caer por allí y, tras soltar que para su padre era el mejor escritor del mundo, fue en su búsqueda con idea de hacerse una foto. Mientras la persona cazada al azar para hacerla se familiarizaba con el chisme, el escritor escuchó cómo el padre le decía muy bajito a la hija: «¿Y este señor quién es?». Pues un poeta, crítico y novelista llamado Carlos Zanón que ya solo por empezar así el recordatorio póstumo del colega superventas merece que lo visitemos. En estos tiempos, en los que todos los demonios danzan alrededor, he soñado que se moría una de esas personas que nunca querría tener que enfrentarme a su necrológica, sabedor de que, sin ella entre nosotros, la vida se convertiría a estas alturas de la película en toda una desconocida.
Dado que preciso de salas, también he dejado las pelis y me he vuelto idiota con series de larga duración cuando era incapaz de seguirlas. Ha arrancado la quinta temporada de Oficina de infiltrados, que se ha hecho esperar por mor de los dobladores, y, tras rematar la tercera de La maravillosa señora Maisel, pegué un respingo al ver que está rodándose la cuarta. Cuesta lo suyo reconocerse. De cualquier modo oteando los arbitrajes al Madrid, tampoco es que esto haya cambiado tanto.
La huella del galán
Hay quienes el mayor gozo lo hallan en Bayreuth con la tetratología
wagneriana El anillo del nibelungo y, en las quince horas de duración,
pierden el sentido. No es para menos. En mi caso la cita anual que
aguardo con ansia las últimas cinco décadas es la de Woody, a la que no ha faltado ni siquiera esta vez con la industria a la que pertenece
encallada logrando realizar el primer sueño que persiguió: ser mago.
Aquí lo tengo tras el gustito que da pasar el dedo por el relieve del tipo de letra Windsor de la portada de sus memorias similar al de los créditos, que tiene a las librerías sin dar abasto como en aquellos estrenos de Annie Hall y de Manhattan en los que la cola daba la vuelta a la manzana. El verdadero deleite transcurre en esta ocasión por Brooklyn cuando de bien crío intenta poner en pie los trazos de su existencia que no apuntaba nada bien. «Tuve una gran madre -confiesa-, inteligente y trabajadora, pero no, digamos, físicamente agradable. Al deslizar que se parecía a Groucho, la gente pensaba que bromeaba. Mi padre, en cambio, además de mujeriego y ludópata, llevó pistola hasta que murió». A Allan Konigsberg, ese renacuajo sin estudios ni vocación para tendero aunque hábil y tramposo con las cartas, la vida criminal le parecía más interesante, pero se cruzó el mundo del espectáculo que tampoco es manco.
Y, si no, ahí está la pesadilla que lo persigue. «En su día no hice
esfuerzo porque pensé que la verdad se impondría y no ha sido así. Una
buena historia, cierta o falsa, puede con todo». No es cualquier aval. Más de un treintañero, que ha aprovechado el encierro para meterse en
vena Hannah y sus hermanas y Delitos y faltas, se ha percatado de que
a los guionistas de Friends, con la que crecieron, les influyó quien les influyó. Y ahora que al entrevistador le advierten que hable alto porque el neoyorkino está como una tapia, tomo una cervecita con mi maestro, que es seguidor empedernido y suelta: «Entre los audífonos, las gafas y la mascarilla, cuando me echo mano, a saber lo que estoy ajustándome». Es que sí. No hay forma de sacárselo de encima.
Al hospital de cabeza
Se acerca por casa una pareja que forma parte de nuestra vida. Al
terminar con lo divino y lo humano, él desenfunda un aparatito de esos
que toman la frecuencia cardiaca puesto que es un enfermo de lo último de Amazon quien llama a su puerta más que Avon cuando la casa de cosméticos se repartía el machaque con las firmas del Círculo de Lectores. Total que, al final de la ronda, pongo los deditos y certifica que estoy con una arritmia de manual. El gachó se despide dejando el pedeefe con la media docena de gráficos de barras tras meterse por el cuerpo una ración completa de boquerones.
Tiempo atrás ya me trató de una descompensación que hasta hoy soy
incapaz de detectar uno de los mejores especialistas cuyo diagnóstico y envasado me tranquilizaron. Se jubiló en plena forma y siempre albergué dudas sobre si la obra de Boris Johnson que le regalé en
agradecimiento habrían sido determinantes en su salida. A la mañana
siguiente los míos me empujan a urgencias. Detecto que la frecuencia
de paso se recupera y compruebo que las medidas de precaución se
aplican con sumo rigor. Alguien me saluda desde la sala de espera y, tras la mascarilla, está el compañero de fatigas de un artista de esta
tierra que habita en la espesa bruma provocada por la demencia senil y
cuya contemplación provoca un golpe mucho más severo que lo que puedan radiografiarme desde cardiología. El acompañante alude a la falta de control y atención que prestan en la residencia por la que sueltan una pasta y clama porque de una puñetera vez algún gobierno ponga orden en el desbarajuste. Prefiero no trasladarle mi sensación y la ternura del beso entre ellos antes del adiós deja el corazón bien provisto.
Conocedores de que me quedan unas horas allí clavado, recibo
mensajes de ánimo como el de que estoy bien acompañado por Woody.
«Pero ayuda poco», respondo. «Es más hipocondríaco todavía y además se me empañan las gafas». Lo único que puedo decir es que fue un honor estar en manos del personal que atiende.