El club de los desahogados

Al poco de sufrir un fracaso parlamentario y en la antesala de visitar Milei el Vaticano, el politólogo Andrés Malamud señaló que ojo: «Puede andar loco, pero no es tonto. Cuenta con cierta inteligencia para los movimientos tácticos. Preparado para lo que venga tiene plan A, B y C». Y remachó: «Él almacena fe. Pero la fe política se consume; la religiosa no, por lo que apuesta a que la gente no deje de creer aunque las cosas le vayan mal. A pesar de la sequía algún día llegará la lluvia, hay que seguir rezando. La cuestión es que a la política la gente le pide soluciones; a la religión, no: espera consuelo».
     En escasas ocasiones me he encontrado con un diagnóstico tan bien trazado. Apenas realizado ya estaba el presidente argentino haciendo genuflexiones ante Bergoglio después de llamarle de todo en su desenfrenada carrera hacia la Casa Rosada, desde «representante del maligno en la Tierra ocupando el trono de la casa de Dios» hasta «personaje impresentable y nefasto, un jesuita que promueve el comunismo estando del lado de dictaduras sangrientas». Por todo ello contó quizá con una audiencia más amplia que las concedidas a Kirchner y a Macri, entre otros, de la que el singular Javier salió espitoso asegurando que «le expliqué todo, me entendió a la perfección». Ni que decir tiene que la Santa Sede guardó silencio al respecto dando por sentado que, tras lo acontecido, el Papa tiene el cielo ganado.
     El sujeto que lleva las riendas en Argentina es de lo que no hay. Diez años atrás dejó de ser hincha de Boca «por una decisión populista» -¡olé!- tomada por el máximo mandatario del club y, fruto de ello, confesó haber gritado de alegría cuando River le marcó el segundo en el Bernabéu al eterno rival en la final de la Libertadores. Fijo que si el pontífice llega a pedirle que se hiciese de San Lorenzo le hubiera enseñado que llevaba la camiseta puesta. Como dijo Borges, «El cielo y el infierno me parecen desproporcionados: las acciones de los hombres no merecen tanto». Salvo las de un buen ramillete, maestro.

En la sala de operaciones

Leo con interés a Quian Quiroga, el investigador que acaba de publicar «Cosas que nunca creeríais. De la ciencia ficción a la neurociencia» donde juega con el tránsito de la ficción a la vida real fijando su mirada en cintas como «2001: una odisea en el espacio», «Abre los ojos», «Origen» o «Desafío total» y el hecho de que aquellas historias producto de la fantasía que parecían inverosímiles de obtener hoy están a nuestro alcance. Aunque he visto todas esas películas no se trata ni de lejos de mi género favorito. En la sala de operaciones del proyector me inclino por cualquiera en la que salga Cary Grant,  «Centauros del desierto», del año en que nací, «Casablanca» y por supuesto «Con faldas y a loco». Para identificar tales avances prefiero las verdades del barquero desde que el profesor Carlos Belmonte me cogiese por banda y advirtiera que dejara de señalarme el corazón porque todo, absolutamente todo anida en el cerebro. En el suyo desde luego, porque hay otros…
     Es tanta la relación del autor de la obra con el cine que uno de sus estudios se denomina «Neurona de Jennifer Aniston» porque no es que responda a un estímulo visual o porque lleva el pelo de esta manera, responde a la actriz muestre lo que muestre de la misma. Cuesta creerlo, pero debe ser así aunque a mí la vertiente de su óptica que más me ha interesado es otra. Por una parte sostiene que la inteligencia artificial «anda lejísimos de acercarse» a la humana y no puedo ocultar, lo siento, que me produce sensación de tranquilidad pensando en que, cuando la alcance, el de ciencia ficción seré yo. Y por otra, su teoría acerca de que la clave del funcionamiento de la inteligencia humana no estriba en lo que recordamos, sino en la cantidad que olvidamos: «Yo creo que el olvido define la inteligencia humana, es la característica esencial de ella». Se trata de una tesis que me ha proporcionado un subidón difícil de describir. Me he dicho: con la memoria que tengo a ver si resulta que… También es cierto que Rodrigo Quian es argentino. Pero, bueno. Ya se me ha olvidado.

De nuestras entretelas

La que se ha armado a cuento de «Zorra». Con lo templado que somos, qué raro.
De buena mañana saltó Jiménez Losantos a poner de manifiesto que no podía creerlo puesto que no tiene ninguna gracia: «Los elegidos son gente mayor. Es un karaoke del Imserso». Teniendo en cuenta que no es un púber, la crítica debe andar entre su irrefrenable ansia por darle a todo lo que se mueve salvo que sea Ayuso y el deseo de que vayan reservándole una plaza en Benidorm mismo. El diagnóstico vino a continuación de que otros integrantes del mundo del espectáculo dejaran huella. Manu Tenorio aprovechó para darse la notoriedad que hace tiempo se le escurrió y esculpió lo siguiente en redes: «Zorra: cuando ya este caos social en el que vivimos toca techo, cuando lo soez sustituye a la lírica, a la poesía, a la belleza…» a lo que su colega de profesión y mentalidad, el inasequible José Manuel Soto, puso lazo con su fina ironía: «Creo que la canción que representará a España expresa muy bien lo que somos hoy en día». Para rizar el rizo, a algún que otro grupo feminista tampoco le hace gracia cuando entre quienes aplauden lo catalogan de himno reivindicativo y transgresor. Un experto de Bosnia Herzegovina lo ha calificado de pieza icónica. La distancia siempre templa. Algo es algo.
Sánchez, como defensor de causas perdidas, ha salido en defensa de la apuesta: «A la fachosfera le hubiera gustado tener el Cara al sol». Vale, dale ideas. Los puristas advirtieron desde el principio que ni el título ni la letra pasarían la criba de la Unión Europea de Radiodifusión cuyas normas alertan sobre el desprestigio del certamen a través de un lenguaje inaceptable. Conscientes de que en caso de obligar a cambiar el término zorra ya me contarán en qué queda la propuesta, los rectores del festival se han dado prisa y han dicho que adelante. Al ver el revuelo los prebostes eurovisivos pensarían: antes de intentar interceder como ocurre en Bruselas con lo del Poder Judicial habría que comprobar si nos ampara la amnistía.

A vueltas con el algoritmo

Septiembre fue el mes en el que programamos unos cuantos días en Londres alojándonos en Bloomsbury. Estando por el barrio hubiese sido descortés no buscar el 46 de Gordon Square en el que Virginia Woolf fue a dar con ese grupo de intelectuales que le cambió el modo de relacionarse, a ella que tanto le costaba lograrlo consigo misma y donde junto a Leonard fundó una editorial en la que, a sus aportaciones literarias, se sumaron las de T. S. Eliot, Sigmund Freud y Katharine Mansfield, entre otros. Desde aquel instante no hacen más que saltarme historias relacionadas con la escritora. Lo último procedente de Viajes National Geographic, bajo el epígrafe «Desde Londres a las habitaciones propias de Virginia Woolf». Y así todos los días durante estos meses. Mira que me atrae su figura, pero tampoco era consciente de que fuera tanto.
Además ignoro a qué o a quién es necesario recurrir para avisar que, de necesitar algo más, ya lo buscaré por mi cuenta. Pero no hay manera. De hecho ahora mismo, mientras tecleo, acaba de entrarme otro volumen titulado «¿Por qué Virginia Woolf sigue siendo moderna a los 142 años de su nacimiento?». Y, dado lo perverso de la situación, el caso es que me pongo a responder mentalmente a los envíos y constatar de ese modo hasta qué punto voy adquiriendo soltura en la materia. Junto al sesgo de su obra y de cómo se fajó por desprenderse de los corsés victorianos, enseguida se me vienen sus habituales incursiones a la sala de lectura de la biblioteca del British Museum, que tenía a dos pasos, donde se halla cómoda convencida de que «si no se puede encontrar la verdad en estas estanterías, ¿dónde va a estar?» aunque, en su caso, resulta difícil no percibir que se trata de una casa de libros sobre mujeres escritos por hombres, de ahí que en las conferencias se hiciera en voz alta la pregunta acerca de qué es lo que precisan ellas para escribir buenas novelas y que la respuesta fuese muy directa: «Una habitación propia». Y aquí sigo en la mía, que también es suya.

El momentazo

Al ayuntamiento de Aspe no le ha quedado más remedio que cerrar cautelarmente el local donde unos días antes se había detenido a una veintena de gachós ante el anuncio de la celebración de una nueva pelea de gallos. Aunque podía parecer todo un presagio, la sesión en torno a la ley de amnistía se llevó a cabo con un número nada despreciable de espolones bien afilados en danza.
Siguiendo con la especie, ese sostén del dueto progresista radicado en Waterloo para quien inmigración y delincuencia caminan de la mano ha dejado claro nada más arrancar la legislatura que lo suyo es llevar cada requisitoria hasta una situación límite. No da la impresión de que vaya a detener la argucia con el caramelo que le ha caído encima. La incógnita está en saber cuánto aguantará el gallo más gallo del corral la envolvente. De seguir esto por el camino que va, ¿se despertará una mañana con su cresta roja y, antes de que se decolore, volverá a disolver las Cortes y aprovechará para decir que el Gobierno no está dispuesto ya a lo que hasta ahora lo estaba al igual que la medida de gracia era anticonstitucional por los cuatro costados menos cuando el recuento se puso flamenco a sardanazo limpio? Con el consistorio de Aspe que no cuenten para ningún paso más. Él, con el incordio de la Gallera El Chato, va bien servido.
Ignacio de Loyola avisó a la concurrencia sobre no hacer mudanza en tiempos de aflicción. Pero el momentazo se las trae. Tanto que no está de sobra recurrir uno tras otro a los clásicos. Para el siempre templado Iñaki Gabilondo la situación tiene miga: «El barullo formidable que se está produciendo hace prácticamente imposible llegar a poner en común algo. La democracia es discrepancia y enfrentamiento de posiciones. Para eso se inventó. Pero hay territorios que han de reservarse en pos del acuerdo y casi, casi no existen. De ahí que esto sea un manicomio». Hasta tal punto que extraña que García-Castellón pase de la pelea de gallos en Aspe. Para que luego digan que le entra a todo.

Facciones compartidas

Vengo acompañando desde la lejanía a Wael al Dahdouh, periodista palestino en el que se ha cebado el desastre que le rodea. La última imagen que se ha visto de él corresponde a una en la que, con el chaleco de «press» que no se quita ni para dormir, agarra la mano del tercero de sus vástagos muerto a los que hay que sumar los de la mujer y un nieto en una aniquilación insoportable de digerir, mientras con el otro brazo estrecha a una hija que aún se mantiene en pie con un semblante en el que se dibuja el ánimo destrozado. El del padre da horror. Mira ido el cadáver conteniendo el deseo de gritar a los cuatro vientos que los están matando en vida, pero ha de seguir informando. Y lo hace.
La jornada en que murió el grueso de la familia recibió el mazazo cuando fue a cubrir un incidente y continuó con la tarea pese a lo que acababa de descubrir. Las cámaras no perdieron su rastro mientras caminaba hacia una zona donde los cuerpos que no cabían en la morgue se encontraban en el suelo, imágenes que en su día conmocionaron a todo bicho viviente. Lo más reciente ha sido que Dahdouh ha dejado por primera vez la Franja de Gaza camino de Catar vía Egipto a fin de restañar las heridas sufridas con drones israelíes en un ataque ocurrido allá por diciembre en el que el camarógrafo de Al Jazeera que iba con él se despidió para los restos.
Con estos trozos de metralla en la psique cojo por primera vez a mi nieto Nicolás venido a este mundo en la madrugada de Reyes y la descarga de emotividad no impide que algo se rompa por dentro. Lo miro, lo abrazo, saboreo sus movimientos al igual que el hipo y cómo se estira en ese milagro de la naturaleza que te permite descubrir facciones compartidas por los seres más cercanos, algo que ocurre de forma idéntica en Jerusalén y en cualquier punto del globo salvo que un estropicio las borre del mapa. Cuando se le plantea que si una retirada a tiempo Wael pregunta que cuál es la otra opción, «¿Sentarnos en nuestras casas?». Y lleva razón. Para eso ya están los organismos competentes.

La dos caras de la moneda

Antonio Garamendi ha dejado caer que la negociación para la reducción de la jornada laboral que ha planteado el Ejecutivo debería tratarse en el ámbito de la negociación colectiva entre patronal y sindicatos en función de la productividad de cada sector y ha denunciado que el afán regulador del Gobierno puede acarrear una deriva intervencionista de la economía: «Si acudes a una mesa donde se encuentra marcado el resultado, ¿dónde está el diálogo social? Es como si vas al campo de fútbol y ya te dicen cuál es el final». Por favor no politicemos la cuestión.
El caso es que el Madrid, el Barça y el Atleti son los que más cargas de profundidad sueltan contra el colectivo arbitral, los que más repercusión obtienen y quienes más mella hacen en el statu quo porque qué más da que se queje el Almería. El preboste de la patronal ha lanzado la piedra pero no ha querido profundizar no fuera a ser que alguien le recordara los dardos que él ha tirado sobre la subida del salario mínimo y la manera tan rotunda de oponerse que ha tenido con sus 400.000 talegos anuales por lo que no iban a ser becarios ni escalafones circundantes los que pusiesen a parir algo de mejora en el terreno de juego, aunque aquel que tanto se queja de la manera de proceder en asuntos que afectan a la mayoría de la afición se quede en fuera de juego dada su proverbial visión de la jugada.
Mi padre siempre estuvo con el pluriempleo a cuestas y yo me juré que nunca caería de modo que no se me ha olvidado cuando mi hijo adolescente me endiñó, una mañana festiva a mediados de los 90, que él pretendía «trabajar para vivir, no vivir para trabajar», convertido en lema de toda una generación con la diferencia respecto a la de sus progenitores de que, a los que curran, no les da. La prueba manifiesta es que desde investigadores hasta a especialistas en enfermería y en lo que se tercie no les queda otra que buscarse la vida en el quinto pino, fuera de nuestras fronteras. Y si recurren al var ya saben lo que dictamina: que se la sigan buscando.

Una vuelta a las andadas

Santiago Abascal ha remodelado la cúpula de su barcaza y ha dado cancha en ella a los sobresalientes periféricos a fin de echar el candado y cercenar las voces discrepantes que ven en el traspaso de fondos millonarios de Vox a la Fundación Disenso, presidida por el mismo que viste y calza, un seguro para una jubilación holgada. O sea, alcanzar la orilla a través de un chiringuito más de la rica colección que atesora el baranda.
De cara a las gallegas el pepé implora a su socio que se abstenga de concurrir para que los restos no pongan en peligro la mayoría absoluta de su bastión por antonomasia recogido de la estela dejada por don Manuel antes de ser desalojado de la Xunta y de comparar por aquel entonces a Franco con Napoleón con tal de concluir que «el franquismo ha sentado las bases para una España con más orden» en el afán de respaldar a Mayor Oreja dado que el hombre se había puesto en evidencia al negarse a condenar el régimen del Caudillo. Aún con todo eso, uno de los mayores reconocimientos que el partido se llevó durante sucesivos ciclos fue el de que, al aglutinar en su seno desde liberales por decirlo de algún modo hasta nostálgicos poco temerosos de Dios, los presentes nos ahorrábamos la irrupción de la atribilaria tropa danzando a sus anchas. Parece lógico, pues, que hoy se le atragante la alianza y que su política de pactos no despierte gran entusiasmo.
En las últimas horas unas hordas encabezadas por Monasterio y por el parlamentario Ortega Smith se han manifestado contra la celebración de una obra de teatro, cuyo local ha debido ser protegido por furgones policiales de cara a poder representarse. Juan Mayorga, que está al frente de La Abadía, ha elegido dirigirse al público para darle las «gracias por estar aquí», para señalar que los que acuden a la sala son quienes han de «juzgar lo que han visto y escuchado» y para recordar que «antes que con discursos la libertad se defiende ejerciéndola». Vamos, las bases que indudablemente sentó el franquismo.

Retiros a porfía

Me embebo con las imágenes de nuestro dúo de prebostes por antonomasia que han reunido al grueso del Gobierno, por un lado, y a la dirección del partido, por otro, el mismo fin de semana y ambos en un contorno toledano. Para que luego digan que no coinciden en nada.
Cuando veo a Feijóo acompañado de los suyos no puedo evitar sufrir cada vez más por Gamarra. Desde que el capitán de la nave decidió relevarla del puesto de mando en la portavocía del Congreso Cuca hace lo posible y lo imposible por salir en las instantáneas lo más cerca del que manda. Repasando algunos de los selfies del último encuentro a uno le asiste el temor de que en el próximo esfuerzo gráfico para no perder comba se descoyunte quedando para la posteridad con esa sonrisa forzada propia de quien quiere trasladar a toda costa que ella sigue tan contenta. Va a juego con la del jefe que aún no sabe por qué no es él quien conduce al gabinete que es para lo que emigró a Madrid. Intentando resituarse aseguró que el retiro espiritual servirá para rearmar de forma «reflexiva y sosegada» al equipo de cara a las diferentes líneas de ataque sin cuartel contra Sánchez para causarle el mayor desgaste, por lo que este no sabe de lo que se libra si la reflexión no llega a ser sosegada. Encima el gachó del «Manual de resistencia», que no da puntada sin hilo, le ha puesto voz al Ejecutivo con Alegría. Tanta que Pilar, a la hora de detallar que la reunión sirvió para dar impulso al proyecto de estos cuatro años, no tuvo problemas en decir que está basado en «tres pilares», valga la redundancia, por lo que no quiero ni pensar en el respingo que daría Cuca.
También habrá a quienes les choque que ambos mandatarios primen a las mujeres en los encuadres igual porque es un significativo cambio del XXI. Y luego que en la finca de Quintos de la Mora no estuvo Santos Cerdán porque no es del Consejo de Ministros pero es quien lo lleva todo, mientras que en la otra convivencia uno de los participantes fue Javier Arenas. Y, claro, tampoco es para resaltarlo.

El círculo emocional

Tenía 18 años y una impresentable pelambrera en modo abisinio de la que debía estar orgullosísimo porque, para el padre, no había manera. Corría junio del 74 y a la cita con el subdirector llegó montado en su beache. José María Requena, hombre del sur curtido en el norte que se había hecho con el Nadal, apenas planteó la cuestión cuando obtuvo respuesta: «Mire, yo es que creo que sirvo para esto».
La puerta se le abrió en el momento en que todo estaba por contar en medio de un régimen moribundo con un paisaje plagado de incógnitas y convulsiones. Una noche, cuando la rotativa soltó amarras, tomó las de Villadiego con tres más y el erreocho pegó tantos botes que parecía una atracción cualquiera de feria. A tres kilómetros un artefacto estalló antes de ser colocado y uno de los que lo transportaba acabó despedazado con la cabellera coronando una palmera de los acogedores jardines. Fueron un par de años de una intensidad a prueba de bomba con los que el joven aprendiz creyó estar listo para cortar amarras, cambió en la ciudad a un proyecto al que otros de su quinta se sumaron convencidos de que los nuevos Woodward y Bernstein iban en el paquete pero, en la línea Nixon, el que aquí duró ná y menos fue el prometedor invento de grandes pretensiones. Lo normal entre quienes se creen los reyes del mambo.
Tras un tiempo como Dios a la bartola tiró de contactos y preguntó dónde recuperar la ilusión. Le dijeron: «Jesús Prado». Y en el destino más insospechado dio con un maestro, con la mujer de su vida y pudo llevar a cabo todo un sueño en unas condiciones inexistentes de no haber virado tela de grados al este. El editor que lo hizo posible persevera en la aventura y se ha hecho con El Correo de Andalucía, medio siglo después del paso que dio aquel nada más aparcar la bici, con lo que ha cerrado el círculo emocional de alguien que el día de Reyes miraba alrededor saboreando a esos hijos, a esos nietos y a esos adheridos que no habrían sido de no escribirse la historia con renglones torcidos.